| PATENTE DE CORSO
05.12.10 ~ El soldadito de El Aaiún ~ |
EL SOLDADITO DE EL AAIÚN
Lo que voy a contarles ocurrió hace treinta y cinco años
exactos, casi día por día, en diciembre de 1975; pero me
acuerdo bastante bien. Es una historia que en su momento -yo
era un jovencísimo reportero, enviado especial del diario
Pueblo en el Sáhara desde hacía ocho meses- no me dejaron
publicar. No eran buenos tiempos ni para la libertad de prensa
ni para otras libertades, pero uno se las apañaba allí lo
mejor que podía. Aunque en esta ocasión no pude. Recuerdo el
episodio con mucho sentimiento, por varias razones. De una
parte, los últimos sucesos en el Sáhara le dan, para mí,
especial significado. De otra, algunos testigos fueron muy
queridos amigos míos. Casi todos de los que tengo memoria están
muertos, excepto el entonces capitán Yoyo Sandino, de la
Policía Territorial, que creo estaba presente. Yo mismo viví
la última parte del episodio; pero ya no recuerdo quién más
estaba allí, aparte del teniente coronel López Huerta y el
comandante Labajos, ya fallecidos. Acababa de morir Franco, y
España entregaba el Sáhara a Hassán II. El Aaiún era una
ciudad en estado de sitio, con toque de queda, cuarteles y
barrios en poder de los marroquíes, y otros aún bajo
autoridad española. Uno de éstos era Casas de Piedra, feudo
del Polisario; la custodia de cuyo perímetro, rodeado de
alambradas y caballos de Frisia, correspondía a la Policía
Territorial. En sus sectores, la gendarmería real y las
tropas marroquíes se comportaban con extremo rigor. Había
innumerables detenidos. Y cada día, muchos jóvenes saharauis,
así como veteranos de Tropas Nómadas y de la Territorial, huían
al desierto para unirse a la guerrilla que ya combatía en las
zonas abandonadas del este.
Aquella noche, una patrulla marroquí que pasaba cerca de
Casas de Piedra fue tiroteada desde el otro lado de la
alambrada. Los dos soldaditos españoles de guardia a la
entrada del barrio -reclutas de mili obligatoria, destinados
forzosos al Sáhara como policías territoriales- se apartaron
de la luz, inquietos, y se quedaron allí hasta que hubo ruido
de motores con resplandor de faros, y varios vehículos se
detuvieron en el puesto de control. De ellos bajó nada menos
que el coronel Dlimi, comandante general de las fuerzas
marroquíes en el Sáhara, acompañado por todo su estado
mayor y una sección de soldados de las fuerzas reales. Todos,
incluido Dlimi, venían armados con fusiles de asalto, y
estaban dispuestos a entrar en Casas de Piedra y arrasar el
barrio como represalia por los tiros de media hora antes.
Imaginen la escena: la noche, los faros iluminando la
alambrada, el coronel en contraluz con todas sus estrellas y
galones, y los dos soldaditos con todo aquello encima.
Acojonados.
Lamento no recordar sus nombres, o tal vez no los supe nunca.
Pero esto fue lo que hicieron: mientras uno de ellos echaba a
correr hacia donde tenían la radio para avisar a sus jefes,
el otro tragó saliva, se cuadró y les dijo a los marroquíes
que no pasaban -yo conocí a su oficial superior, el eficaz y
duro teniente Albaladejo, y estoy seguro de que el chico
prefirió vérselas con ellos antes que con el teniente-. Como
pueden ustedes suponer, Dlimi se puso hecho una pantera. A
gritos, descompuesto, mandó al territorial que se quitara de
allí o le iban a pasar por encima. Tengo órdenes de no dejar
entrar a nadie, dijo éste. No sabes con quién estás
hablando, etcétera, aulló el otro. Luego blandió su arma e
hizo ademán de cruzar la alambrada, seguido por todos los
suyos. Fue entonces cuando el soldadito dejó de ser lo que
era, un humilde recluta forzoso que hacía la mili en el culo
del mundo, para convertirse en otra cosa. En lo que juzguen
ustedes que fue. Porque en ese momento, casi con lágrimas en
los ojos y temblándole la voz, montó su fusil -clac, clac,
chasqueó el cerrojo al meter una bala en la recámara- y le
dijo en su cara al poderoso coronel Dlimi, jefe de las fuerzas
marroquíes en el Sáhara, estas palabras extraordinarias: «Mi
coronel, por mi pobre madre que, como alguien pase de ahí, le
pego un tiro».
El aviso me pilló en el bar del cuartel de los territoriales,
y a Casas de Piedra me fui, quemando neumáticos en el Seat
600 con el cartel Prensa que teníamos alquilado a medias
Pedro Mario Herrero, del diario Ya, y el arriba firmante. Tuve
así oportunidad de asistir al último acto del episodio,
cuando llegaron los jefes españoles y tras una tensa
negociación lograron que Dlimi se retirase con su gente. En
cuanto al soldadito que le paró los pies salvando el barrio
de una represalia, no eran, como digo, tiempos para la lírica.
Me temo que la única recompensa que obtuvo aquella noche fue
el cigarrillo Coronas que el comandante Labajos le ofreció de
su paquete, la palmada en la espalda del teniente coronel López
Huertas y esta página en la que hoy lo recuerdo.
XLSemanal, 5 de Diciembre de 2010
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