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1 - (Relato 26) - Un día en el Batallón de Cabrerizas - (24-08-2006) |
Un día en el Batallón de CabrerizasPor Albert Marín Ausín - Incluido el 24-08-2006 |
| UN DÍA EN EL BATALLÓN DE CABRERIZAS El Batallón de Infantería de Cabrerizas en Cabeza de
Playa, era un cuartel con extrema disciplina, por lo menos durante el
período que en él permanecí (Finales de Junio del
73 a Marzo del 74), , con Varios oficiales y suboficiales castigados
en aquel destino, los cuales frecuentemente nos proyectaban su frustración
y amargura. El concepto ortodoxo de lo militar del Tte. Coronel hacía
más dura la vida en aquel destino cuyas instalaciones no estaban
preparadas para acoger a tanto personal: Dormitorios hacinados, letrinas
saturadas, sin agua para nuestra higiene personal, etc., todo ello hacía
que nos sintiésemos más como castigados que como soldados.
En cualquier caso, pasar un día o una semana en Cabrerizas no
hubiese sido duro, pero sí lo era pasar toda una mili. El centinela situado en el exterior de la esquina Nordeste del Cuartel de Cabrerizas empieza a distinguir el bulto de la “Duna Madre”, la tenue claridad del cielo dibuja los contornos de la gran duna anunciando el inminente amanecer. El frío y húmedo viento azota las reducidas y austeras edificaciones de Cabeza de Playa. El soldado está en el ecuador de su turno de dos horas, la manta a modo de capote le protege de la humedad, la arena le golpea el rostro cuando intenta distinguir las formas del BIR, por lo que vuelve a enseñar la espalda al viento del norte -posición ideal durante las eternas noches ventosa- y su mente vuelve a activar los recuerdos de hace solo cinco meses, cuando se despedía de su novia con un largo beso, y de los últimos días con ella ¡que lejano le parece!, es como si llevase una eternidad en aquel desierto. De pronto, el corneta lo devuelve a la realidad, empieza otro día para los casi quinientos soldados del Batallón, un día menos que queda para regresar a sus casas, pensamiento y obsesión permanente de todos ellos. El “turuta” alarga el toque de diana un poco más
de lo que sería normal en la mayoría de los cuarteles,
sabedor que mientras dura la “melodía” el Sargento
Semana de la 2ª Cia refrena su “ataque” al dormitorio
de la tropa. Caras serias y soñolientas componen la formación, está
empezando a amanecer y las paredes del cuartel inician su blanqueo cuando
los tres sargentos de la 1ª, 2ª y Plana Mayor ordenan que
en fila de uno entren en el comedor para desayunar, orden bien recibida,
el viento enfría el cuerpo y cuando la moral está baja
todavía se hace más insoportable. Al salir del desayuno se distribuyen los diferentes servicios, más de un tercio del Batallón sube a los camiones para ser trasladado a la construcción del nuevo cuartel de Cabrerizas, allí trabajarán durante ocho horas como albañiles y peones. El resto, durante una hora hará gimnasia y correrá por el patio, después otra hora de instrucción de la que no se libra ni el Cabo Furriel, si bien esta mañana no la efectúa ya que ha sido arrestado por el Tte. Coronel a 14 días de calabozo, aquel había puesto servicio de refuerzo al artista pintor; este tenía su estudio junto al despacho de Tte. Coronel y su labor consistía en pintar cuadros con temas militares para el nuevo cuartel. El pintor solamente estaba rebajado de servicios diurnos, pero aquel día el Tte. Coronel había llegado al cuartel una hora antes y el pintor no había regresado del destacamento de Atlas; al no encontrarlo pintando se enfureció y, siguiendo su costumbre represora e inflexible, lo “empuró”. A la vista de que se quedaba sin furriel, el Capitán Borreguero convenció al Tte. Coronel de cambiar el calabozo por prevención y, tres días después, levantarle el arresto. A las 10,00 horas la tropa se disputa la única mesa de la cantina; hoy han intentado vender la imbebible cerveza Breda, cerveza que había llegado para ser suministrada gratuitamente a la tropa y que intentaban venderla para mayo negocio de algunos; por fortuna fue rechazada por casi todos debido a su asqueroso sabor, por lo que días más tarde volvieron a vender la San Miguel. Aquel día en la cantina se rumoreaba que vendría un camión cisterna y que después de tres meses lavarían las sábanas, las cuales se pegaban a la espalda debido al mugre que tenían. Lo de lavarnos nosotros quedaba, como siempre, para la playa, pero “estrenar” sábanas limpias iba ha ser algo fantástico (Y fue “fantástico” cuando días después llenaron de sábanas hasta los topes la vieja lavadora y, teniendo en cuenta la enorme cantidad de mugre que acumulaban y el poco agua que pusieron, gran parte de la suciedad no se eliminó, formando unos curiosos dibujos como si de mapas mundi se trataran por efecto del agua-achocolatada al vaciarse. Ante la imposibilidad de devolver cada sábana a su anterior usuario, se tuvo que compartir la suciedad, excepto con las del “Lebrijas”, ya que estas antes del lavado, además del mugre, también contenía innumerables manchas de sangre y esperma (su cuerpo estaba lleno de granos pustulantes y se masturbaba casi todas las noches, evacuando la leche directamente en la cama), por lo que una vez pasadas por el “lavado” continuaban manteniendo la “espléndida” y personal decoración surrealista, con lo que volvieron a ser entregadas a su legitimo dueño). A las 10,30 todos vuelven a sus destinos y un pequeño grupo
asiste a clase de teórica, sentados en el bordillo de la acera
del patio de armas. De súbito, el Sargento que imparte la clase
grita ¡de pié! el Tte. Coronel se acerca y desaprueba la
lentitud con que A media mañana, el soldado vasco “Arregui” sale hacía el hospital del Aaiún; llevaba varios días rebajado de servicios, en las últimas semanas tosía constantemente y había perdido mucho peso, quedando en los puros huesos. Irónicamente había sufrido arrestos por “cuentista” al apuntarse a visitas médicas sin apreciar el Teniente médico enfermedad alguna. La intercesión del furriel ante el Capitán Borreguero, convence a este de que “Arregui realmente está enfermo. Nunca volvió al cuartel, tiempo después tuvimos noticias de que después de transito por un hospital de Canarias, había ingresado en el hospital militar de Madrid con tuberculosis pulmonar. Hacia el final de la mañana, inspección oficial de los dormitorios, el oficial de servicio, por orden de Tte. Coronel, comprueba que fuera de los petates no haya nada; se revisa bajo los colchones y almohadas, siendo castigados los que han osado no guardar en los petates, las botas, comida recibida de la península e incluso revistas. Hace días que sopla el viento y en la comida es habitual encontrar arena. Hoy toca lentejas estofadas y pescado, este tiene un sabor que dentona que fue pescado hace muuuucho tiempo. Después de la comida, mientras la tropa se encuentra en los
dormitorios, el brigada de obras descubre a un cabo robando agua de
un pequeño aljibe: “Lo siento mi Brigada, pero tengo muy
sucia la ropa y, como usted sabe, no disponemos de agua para lavarla” Poco antes de las 6 de la tarde un sargento hace poner firmes a tres soldados, propinándoles a continuación sendas bofetadas. Al parecer se habían ido antes de lo debido de la obra del chiringuito de oficiales de la playa. A las 6,30 tocan marcha de frente, solamente salen dos soldados, perfectamente uniformados de paseo van a pasear a la playa, único lugar posible en aquel lugar, los dos llevan bolsa de costado, lo cual denota que más que pasear, van a lavar la ropa a la orilla del mar. Los dormitorios están muy animados, es el único lugar
donde pueden acomodarse; en la cantina no hay sillas y en el patio no
está permitido sentarse en el suelo. El “esquilador” tiene cola, el último domingo arrestaron a varios porque el oficial de guardia consideró que tenían el pelo demasiado largo (competíamos con los reclutas del BIR en el corte de pelo, un domingo arrestaron a toda la Compañía menos a uno porque el Teniente de turno estaba de malhumor y apoyándose en que todos teníamos el pelo demasiado largo, nos arrestó a no salir del cuartel durante todo el día; el soldado librado del castigo se había cortado el pelo al cero el día antes. Aquel domingo el Peluquero pasó la maquinilla al cero a toda la compañía, batiendo todos los records). A las 7,00 se prepara el pelotón que va de refuerzo a las instalaciones
de Atlas. Como cada noche, después de pasar retreta, el Batallón
forma en el patio de armas para cantar el himno de infantería.
Como cada noche, no nos vamos a dormir hasta que no se cante el himno
al completo según la entonación que el Teniente encargado
del canto desea. Parte de la formación sabotea para que el himno
no se cante correctamente, el Teniente lo sabe y nos putea sin dejarnos
ir a dormir hasta que no sale minimamente correcta. Finalmente el turuta
toca silencio con tres cuartos de hora de retraso.
Albert Marín Ausín, - Cabo Furriel de Agosto del 73 a Enero del 74 en la 2ª Cia. de Cabrerizas |
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