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Otros relatos de Albert Marín 1 -
Un
día en el Batallón de Cabrerizas - (24-08-2006)
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3 - Mi traslado al SaharaPor Albert Marín Ausín - (07-11-2006) |
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13-Abril-1973: Caminando por el lateral sur de la Rambla
Nova de Tarragona llevando un petate a mis espaldas, me dirijo hacía el
Regimientos de Infantería Badajoz, punto de reunión de los veinticinco
reclutas de la caja de Tarragona del segundo reemplazo que nos ha
correspondido el “alentador” destino del BIR-1 en el Sahara Español. El Sol se proyecta en las fachadas
orientadas a poniente, aunque luminoso, la tonalidad ligeramente
amarilla de su luz denota que la tarde ha madurado. Los radiantes días
de primavera, como este, alimentan mi estado de ánimo, pero hoy parece
como si no fuese suficiente; estoy inquieto y me dirijo al Regimiento
con un petate casi vacío a mis espaldas. Ayer me despedí de María y hace un rato
de mis Padres, desconozco cuando volveré a verlos, pero seguramente
pasarán varios meses, En el Sahara dan un solo permiso o se pasa toda
la mili de un tirón, dejando aquel para el final. En el cuartel nos recibe un Cabo 1º
“reenganchado”, lo conozco, su hermano mayor estudió conmigo en el
Instituto, o sea, es más joven que nosotros. En el patio nos hace
formar y, aunque todavía no tenemos ninguna instrucción militar, la
mayoría de nosotros tenemos cierta práctica a formar en grupo, las
clases de gimnasia de los institutos y, en mi caso, también en la
formación diaria matinal en el patio del instituto de enseñanza
secundaria “Martí Franqués” de la Rambla Vella para cantar el
himno del “Cara al Sol”, dirigido y supervisado por el Profesor Montón
de León, conocido personaje falangista en Tarragona. La tarde ha llegado a su ocaso y la
ciudad ha cambiado los tonos luminosos y dorados por lo grises. Mientras
camino pienso en María, ayer a esta hora estaba con ella, con sabor a
despedida, besándonos más intensamente que otros días, sabiendo que
podía pasar más de un año sin volver a vernos y a estar juntos Cuando pisamos el andén acaba de
anochecer. Algunas novias han seguido la “comitiva” y tímidamente
se acercan a sus chicos. La estación “mi estación”, de la
que tantas veces he iniciado viajes, he recibido y despedido a
familiares, hoy me parece triste, incluso extraña, como si la estuviese
viendo a través de un sueño. Por la megafonía anuncian la inminente
llega del expreso con destino Madrid, ello provoca un cierto nerviosismo
en algunos reclutas, los cuatro o cinco que tienen compañía de sus
novias se apresuran a besarlas, pero apenas sus labios se rozan el Cabo
1º nos ordena que formemos y estemos preparados para subir al tren en
cuanto este llegue. El expreso hace su llegada en el andén
principal, nos espera un viaje nocturno de más de 10 horas. Apenas
tres minutos después el convoy arranca. En Zaragoza suben al tren más reclutas,
entre ellos entablo amistad con Hernando, Pablo, Pedro y Ramón.
Hernando se convertirá en un buen amigo durante toda la mili, ya
que siempre estuvimos en la misma Compañía, tanto en el Campamento
como en el cuartel; con los otros tres mantendré una relación casi
diaria hasta la Jura de Bandera, después destinos dispares nos separarían. 14-Abril.- De madrugada llegamos a Madrid, apenas
hemos dormido; largas conversaciones entre los nuevos compañeros y un
ajetreado movimiento de reclutas a un departamento ocupado por tres
chicas que aceptan conversación y bromas (sin llegar a más), hace que
el viaje se haga corto y ameno (el cabo 1º afloja el control durante el
viaje). Mi tía Ana casualmente viaja a Madrid a ver a su hermano, y tío
mío, Vicente; durante el viaje la he visitado un par de veces. En la
estación de Chamartín, mientras formamos en el andén, tengo ocasión
de saludar muy brevemente a Vicente, cosa que me reconforta en esos
momentos. En
camiones nos transportan a
“Barrás”, se trata de un antiguo cuartel de Automóviles que
actualmente se usa como lugar de tránsito. Tiene un enorme patio de
tierra rodeado de edificios bajos y algo desconchados, en un extremo hay
dos o tres cuerpos de naves formando un solo volumen, estas debían
haber sido los talleres o cocheras, ya que están llenas de grandes
fosas cubiertas con tablones de madera. A
las diez, en una fresca mañana del Abril madrileño, nos formaron en el
enorme patio vestidos de cintura para arriba, en camiseta o sin ella,
para pasar un ligero reconocimiento médico. Como éramos un grupo de
aproximadamente 500 almas, el reconocimiento se prolonga más de una
hora, con lo que se rifaron los resfriados y el temblequeo. A
continuación nos forman en las naves y un Sargento irritado que
transpira muy mala leche por todos sus poros y que no sabemos por qué
está tan cabreado, pues no grita continuamente. Analizo al sujeto:
¿Podía ser que le apretara la úlcera, que hace días que no
defeca… no sé, intentaba entender qué le estábamos haciendo para
que nos tratará así ¿era esa la forma en que nos tratarían los
mandos durante toda la mili? En
cualquier caso, aquel individuo me estaba pareciendo un autentico
cretino y no daba como creíble que fuese a cumplir alguna de aquellas
amenazas. Cuando estaba absorto en el análisis del individuo, Dios me
castigó por mis malos pensamiento: el suelo se abrió bajo mis pies,
dos tablones se salieron de la guía yendo a parar al fondo de la fosa y
yo juntos con ellos. Una herida sangrante en el muslo derecho y el
tobillo dolorido fue el resultado de mi breve “viaje” aéreo. El Sargento comprobó la
herida y, con gesto de hastío, sentenció que no revestía gravedad
alguna, que de esto no iba a morir y que el Sol Sahariano se encargaría
de curarla. Sin bajarme el pantalón, ya que este se había rasgado en
la caída, até mi pañuelo a otro que me había prestado un compañero
y envolví el muslo cubriendo la herida. Cuando
el Sargento estaba acabando de pasar lista (de momento le faltaba un
recluta), hizo acto de presencia un soldado acompañando a un joven (al
parecer era el que faltaba) el cual dirigiéndose al Sargento le dice:
-Me llamo fulano de tal… y venía a decirle que… -¡A formar imbécil! le gritó el
Sargento sin dejarle explicar -Mi Sargento, no pienso hacerlo porque yo
ya hice la mili como voluntario y solo he venido porque estaba citado,
pero debe ser por algún error administrativo y comprenderá que no voy
ha hacer por segunda vez el servicio militar -¡Me importa una leche lo que digas, tu
estás en la lista y debes formar! el fulano se negó y,
por lo tanto, se lo llevaron detenido. Probablemente tenía razón,
ya que no volvimos a verlo. En el misma nave nos entregaron una
bandeja metálica de esas que tienen varios recipientes y, después de
esperar en una larga cola, nos llenaron uno de puré u el otro con una
tortilla francesa; con tan “opulento” menú, la mayoría de la
reclutada se quedó con apetito. Al
finalizar el “sabroso y abundante” condumio, nos indicaron que debíamos
lavar la bandeja en un grifo que se encontraba al final de un callejón
detrás de la nave y entregarla limpia como los chorros del oro. Una larga y cansina cola se
interponía entre mi y el mediocre chorrillo de agua, exigían que la
bandeja quedase realmente limpia, y sin jabón con aquel insignificante
hilo de agua no podía hacerse en menos de 30 segundos… 500 reclutas
por 30 segundos = Varias horas de espera. A
media tarde llegaba mi turno frente al tacaño grifo y una vez limpia la
dichosa bandeja, fui a sentarme en un rincón del inmenso patio. Un
compañero se acercó al verme el muslo ensangrentado y me ofreció un
pequeño botiquín que llevaba en el petate. su previsión me hizo un
buen servicio, pude limpiarme y desinfectarme la herida; con gasa y
esparadrapo la cosa fue mucho mejor, de hecho estaba acostumbrado a las
heridas, en mis años de ciclista amateur tuve varias caídas y era algo
habitual para mi. Después
de estar “tirados” el resto de la tarde por el soleado patio, al
anochecer nos pasaron por las duchas (recuerdo que el agua estaba muy fría),
nos cargaron a los camiones y nos llevaron a otro cuartel con enormes
dormitorios. Al abrir la manta de mi camastro aparté de un manotazo una
chinche y, como la limpieza de la sábana dejaba bastante que desear,
decidí entrar vestido, en aquellos inicios todavía no me había
acostumbrado a la realidad que me esperaba y mantenía cierta
escrupulosidad. 15-Abril.- Me
despiertan los gritos de un sargento. -¡Rápido, gandules! Quiero veros a
todos antes de dos minutos ahí fuera. Después de tomar un café con leche y
unas galletas, nos cargan en camiones y, tras numerosos bandazos dentro
de la caja del vehículo militar, llegamos al aeródromo de Getafe. La
primera imagen que nos atrae es la formación en batería de varios
viejos cuatrimotores DC-4. Nos entregan una chapa de
identificación numerada y un trozo de cuerda para colocarla en nuestro
cuello. Hernando me comenta que la función las chapitas es la de
reconocer los cuerpos cuando estos quedan irreconocibles después de un
accidente, especialmente cuando están carbonizados, y yo le contesto
que la cuerda de cáñamo también se quemaría, con lo que la dichosa
placa se separaría de nuestro cuerpo y no nos iba a identificar ni la
madre que nos parió. Al entrar en el aeroplano leo en la placa
de fabricación: “1936“, aquello sumado al nerviosismo de mi primera
experiencia aérea y de la condición de recluta, me dio un escalofrío
y pensé que aquello podía ser el final. Poco más tarde, con sentido
práctico, decidí que si habían aguantado desde el 1936, es que debían
ser fiables los cacharros. El rugir de los motores acentuó la
inquietud de todos nosotros y minutos después nuestro avión despegaba
de la Base Aérea de Getafe. Muchos de nosotros contemplamos los
campos desde el aire por primera vez. Hicimos
parada en la Base de Sevilla (no recuerdo por qué) y después de
sobrevolar el Estrecho y parte de Marruecos, nos encontramos sobre el Océano
Atlántico. El Comandante del avión sale de la cabina para saludarnos y
darnos ánimos, volviendo prontamente a los mandos. Poco más tarde el
copiloto sale para decirnos que si miramos abajo veremos el
porta-aeronaves “Dedalo” (antiguo portaaviones de la marina USA que
había participado en la 2ª guerra mundial y que España lo había
reconvertido en porta-helicópteros. Inesperadas pequeñas y bruscas perdidas
de altura hace que más de la mitad del personal vomite dentro de las
bolsas preparadas para tal menester. Después de más de cinco horas de vuelo
aparece la costa sahariana, nos llama la atención la cadena de dunas
que, desde el aire, se ven como medias lunas semi-cerradas en dirección
al sur. El aeropuerto de El Aaiún se encuentra a apenas 27 Km. de la
costa por lo que rápidamente descendemos y aterrizamos. Lo primero que me llama la atención a
través de la ventanilla del avión, son una serie de tiendas de nativos
(Jaimas) y varios camellos entre ellas
que se encuentran muy cerca de la alambrada del aeropuerto. La tarde es joven y al salir del avión
noto la temperatura, es de pleno verano aunque estamos a 15 de Abril. Una extraña sensación me envuelve,
nunca había estado en el Sahara, pero en el breve paseo del avión
hasta los camiones que nos llevarán al Batallón de Instrucción de
Reclutas, ya percibo algunos de los sentidos que durante más de un Año
me impregnarán. El
breve viaje de apenas media hora transcurre por una recta carretera
entre dunas que, si la memoria no me falla, tiene solamente tres curvas,
curvas que los conductores legionarios efectúan con cierta alegría, lo
que produce que en la primera todos los reclutas que estamos en un lado
salgamos despedidos de nuestros bancos de madera y retocemos por el piso
de la caja del camión, en la segunda curva ya no nos coge
desprevenidos. Las dunas que presenciamos por la
abertura trasera de la lona nos atrae, hasta aquel momento únicamente
las habíamos visto en películas y documentales; sin duda, aquello era
el Sahara y empezábamos a estar envueltos por aquel paisaje, exótico
para nosotros. Albert Marín Ausín, Cabo Furriel de Agosto del 73 a Enero del 74 en la 2ª Cia. de Cabrerizas |