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Encontrar
Smara Ángel Benito “...
en la desnudez terrible del desierto sin vegetación, apenas a
ochocientos Llegué
a Smara el día 8 de Septiembre de 1974 con la 1ª Mia del Grupo III de
la Agrupación de Tropas Nómadas que había salido de su base de
Edchera a primera hora de la mañana, rumbo a la ciudad del desierto.
Recuerdo que a esa hora la temperatura era agradable, el siroco nos había
concedido unos días de indulgencia y el cielo estaba limpio de nubes y
polvo de arena. El sol, que pronto nos martirizaría, se elevaba rojo
por encima de las dunas evaporando, rápidamente, cualquier atisbo de
rocío en las talhas y la arena. No
es que tenga una memoria privilegiada para las fechas, pero es que aquel
no era un día como otros. Ya sabíamos que iban a trasladarnos porque
unos días antes se había instalado en la base una compañía de la
Legión y Radio Macuto informaba de incidentes en el interior, Hausa,
Mahbes, Echederia.... Además, aquel día se celebraba en Barcelona uno
de esos acontecimientos familiares que llenan los álbumes de fotografías
y dejan para la posteridad constancia de todos los presentes, pero también
de los ausentes; y el ausente era yo. Mi familia había escrito una
carta calculando que la recibiera ese día, y así fue. El cartero que
traía la correspondencia de El Aaiún la distribuyó poco antes de que
saliéramos y leí la carta ya en el Land Rover, camino de Smara. Un día
para no olvidar. El
convoy de camiones y Land Rovers fue recorriendo, lentamente, la
estrecha carretera maltratada, con baches donde el asfalto se derretía
cada mediodía para volver a solidificarse por la noche y con tramos
medio invadidos por las dunas. Alrededor, toda la soledad del mundo.
Hicimos una parada a los 100 Km. (la distancia es de unos 200 si no
recuerdo mal) y la gran visión de estratega del teniente, o capitán,
que mandaba la compañía nos llevo a acampar en el fondo de una pequeña
hondonada donde el sol apretaba con todas sus fuerzas y apenas si corría
una brizna de viento. Hacía un calor insoportable y no olvido a mi
amigo el armero, que llevaba en una caja de madera los detonadores de
las granadas, la caja envuelta en una manta que humedecía de vez en
cuando con agua de la cantimplora mientras vigilaba el termómetro que
llegó a marcar 50 grados. Acampados,
protegiéndonos del sol bajo la lona de un camión, me decía señalando
la caja de madera: “Como eso explote aquí no queda ni el
apuntador”. Cuando
reemprendimos el camino el sol empezaba a descender, pero sólo era una
intuición. A esa hora la canícula y
el polvo en suspensión apenas permitían distinguir el disco
brillante que nos abrasaba. Acostumbrado a la humedad del aire en
Edchera, apenas a 20 o 30 Km. del mar, la sequedad del interior abrasaba
los pulmones y la sensación era la misma que respirar en la boca de un
horno. El sudor se evaporaba antes de aflorar en la piel y sólo protegiéndote
una zona del cuerpo con la palma de la mano durante un momento, y levantándola
después podías ver, durante un instante, como fluía el sudor que podía
deshidratarte. Cruzamos algún wad, llanuras pedregosas, y poco a poco
el desierto cada vez se mostraba más duro y auténtico. Ahora la
carretera discurría por una llanura de guijarros enormes, negros del
sol que los consumía desde siglos, y auténticos espejos del calor que
recibían. Daba la sensación de que el fuego brotaba del suelo y mirar
al cielo era un alivio. Por fin, tras ascender una pequeña elevación,
apareció Smara. Lo primero que pensé al verla fue: ¿a quién se le ha
ocurrido hacer una ciudad aquí? En medio del desierto, vigilada por la
pequeña elevación del Gorg El Berg, y rodeada de mínimas elevaciones
estériles y descarnadas que aumentaban la sensación de soledad; en el
cauce de un wad seco y arenoso, con pequeñas matas de juncos, alguna
talha y apenas dos grupos de palmeras que alegraban un poquito el ánimo
del viajero: Smara, auténtica imagen del desamparo, aparecía entre la
canícula de la tarde como un espejismo. Y
sin embargo luego sentí cómo llegar a Smara podía llegar a ser
gratificante. Apenas sobrepuesto de la primera impresión, tenías la
sensación de haber llegado a algún sitio. Porque a Smara, rodeada de
aquella soledad, siempre se llegaba desde ninguna parte y los edificios
cuadrados, blancos, con la cúpula en forma de huevo, invitaban al
frescor de su interior. Las instalaciones del cuartel de Tropas Nómadas
eran confortables y después de los meses transcurridos encerrado entre
los muros de Edchera, la posibilidad de salir a pasear algún rato por
la ciudad y ver gente, curiosear en las escasas tiendas del zoco, poder
ir al cine en el cuartel de la Legión, significaban una novedad. Durante
los casi tres meses que estuve en Smara recorrí sus calles
polvorientas, su zoco, sus cuarteles... pero no puedo decir que
entendiera nada de Smara. Frente al cuartel de la Legión vi ruinas
abandonadas, restos de algo que podría haber sido una mezquita, de
piedras negras y confección rudimentaria, arcos medio derruidos y también
los restos de un edificio que podría haber sido una alcazaba. Pero
nadie me dijo qué era aquello, qué significaban aquellas ruinas en
Smara. Los edificios de los cuarteles, relativamente nuevos, se convertían
en protagonistas y el movimiento de soldados y vehículos militares
ocultaba cualquier otra realidad. Y sin embargo, allí había algo más.
Smara siempre había significado mucho más. Pero...
¿Qué era Smara?, ¿quién había construido Smara?, ¿por qué aquella
ciudad perdida en el desierto y aquellas ruinas sin sentido? Mucho
tiempo después he podido saber que Smara era, sobre todo, el sueño de
un romántico, la obra de un soñador. Smara era el sueño del Chej Ma
el Ainin, el fundador de la
efímera dinastía de los “Sultanes Azules” que quisieron hacer de
Smara el centro cultural, político y religioso del Saguiat el-Hamra y
Wadi ed Dahab. En
algún sitio he leído que Ma el Ainin quiere decir “Agua de mis
ojos” y también “Fuente de mis ojos”, pero en cualquier caso era
el apelativo cariñoso con el que lo llamaba su madre, Manna, para quien
era el hijo predilecto. Dicen que le puso este sobrenombre porque era su
único hijo varón y si lo perdía sería como perder el líquido que
permite la visión. Su verdadero nombre era
Mohamed Sid el Mustafa y había nacido, según algunas fuentes,
en el territorio de la actual Mauritania y según otras, en Ulata, cerca
de Bamako, Malí. Pero... ¿qué importa a un nómada el lugar donde
nació? Su casa es el inmenso desierto y el lugar donde ese día se
asentaba la jaima es algo intrascendente. Ma el Ainin era el doceavo de
los cuarenta y ocho hijos varones y cincuenta hijas que tuvo Mohamed
Fadel uld Maminna del Ahel Taleb el Motjar fracción Taleb Mohammed, un
prestigioso chej fundador de la cofradía Fadelia que presumía de que
entre él y Alí, el yerno de Mahoma, sólo había 35 individuos
perfectamente identificados en la genealogía de la tribu. Era por tanto
un sorfa, un descendiente directo del profeta. Sobre la fecha de
nacimiento de Ma el Ainin los historiadores no se ponen de acuerdo Julio
Caro Baroja, en Estudios Saharianos, la sitúa en el mes de saban
de 1246 de la Héjira, es decir 1830-1831 y otros afirman que nació “El
año del trazo luminoso (del cometa)” año 1838. Por
tanto, Ma el Ainin no había nacido en el territorio que ahora conocemos
como Sáhara Occidental,
pero su familia, a pesar de vivir preferentemente en la zona del Níger
y el Senegal, también nomadeaba más al norte, hasta el Adrar, el Tiris,
el Sahel y el Zemmur. Parece ser que su padre le mandó a Marrakés a
los 16 años para perfeccionar sus estudios y no se sabe cuánto tiempo
permaneció allí, pero debió entrar en contacto con la familia del
sultán Muley Abderrahman, iniciando así una relación con los
sucesivos sultanes que mantendría durante toda su vida y que influiría
definitivamente en su trayectoria. Ma el Ainin debía estar dotado de
una inteligencia excepcional, pues la tradición dice que a los 7 años
sabía el Corán y a los 18 había completado sus estudios. Dice José
Ramón Diego Aguirre que llegó a escribir 300 libros y tenía fama de
gran jurista, gramático y teólogo. Poeta de versos improvisados, proféticos
y enigmáticos, sabía despertar la inquietud y el entusiasmo de sus
seguidores. También debía poseer una gran condición física, dicen
que en una ocasión recorrió junto a otros veinte hombres la distancia
entre Tinduf y Uadan de 850 km. en doce jornadas. Su
prestigio religioso se debía en gran parte al hecho de haber visitado
La Meca entre los años
1954 y 1956, algo poco corriente entre los saharauis, acompañando a
unos hijos del sultán de Marrakés. Pero también era admirado por su
religiosidad, sus dotes de predicador y su fama de milagrero, que
posiblemente incluía conocimientos de magia aprendidos de los negros de
Mali y Senegal. Cuando el año 1858 regresa de La Meca al Sahel se
encuentra con que gran parte de las tribus del sur, algunas bajo
autoridad de sus hermanos,
se habían sometido al dominio francés. Ma el Ainin, más rebelde
e independiente, no acepta la situación y se dirige al norte,
donde tras recibir de su padre el turbante que simboliza la dignidad del
chej, impone su autoridad en los territorios de Atar y Singueti. Su
principal actividad, aparte del nomadeo y el comercio con caravanas, era
el tráfico de esclavos para el nuevo sultán de Marrakés Muley Hassan,
con quien mantiene una buena relación. Pero Ma el Ainin no se considera
vasallo de nadie y su prestigio en el desierto sigue creciendo. Su fama
de jurista, gramático, teólogo y poeta hace que sea respetado por
todas las tribus del Sáhara, que
lo consideran el heredero de los Eruditos del Tiris, un grupo de sabios
que recluidos en los recovecos del Saguiat el-Hamra durante los siglos
XVIII y XIX desarrollaron una cultura extraordinaria en el Sáhara. De
jaima en jaima se transmiten las profecías en las que se quiere
identificar a Ma el Ainin: “Se nos aparecerá un cherif; pertenecerá
a la descendencia de los Ausine: tendrá los dientes separados entre sí.
Su estandarte será verde. Tendrá treinta y cinco años” y también
“Las gentes del velo que vienen de Masa, montadas en camellos: ¡Si
yo estuviera en momentos tales! Desearía acompañarles cuando el
pueblo se arrodille ante ellos” y el relato de sus sueños proféticos
y sus milagros recorre todos los rincones del Sáhara. Cuenta la leyenda
que resucitó a una joven camella blanca cuya muerte violenta amenazaba
con desatar un grave enfrentamiento entre dos tribus, y también que
cuando en 1877 visitó en
Mauritania a su madre, Manna, la encontró ciega y enferma; con sus
oraciones consiguió que recuperara la vista para contemplar por última
vez a Ma el Ainin. Manna murió unos días después, pero antes pudo ver
“el agua de sus ojos”. Julio
Caro Baroja en Estudios Saharianos recoge el relato de un francés,
Camille Douls, que es secuestrado por miembros de la tribu Ulad Delim en
la bahía de Río de Oro. Para salvar su vida se hace pasar por musulmán
y ante la duda es llevado a presencia de Ma el Ainin. Así describe el
francés el campamento del chej: “A la tarde llegamos ante el
campamento del gran chej. En medio de una llanura, una multitud de
tiendas, apretadas las unas contra las otras, rodeaban una tienda más
alta, cuyo color y forma revelaban fabricación europea. Era octogonal,
en forma de cúpula y en tela blanca cruda. El campamento estaba muy
animado y una masa de guerreros, pertenecientes a todas las tribus nómadas
del Sáhara se dirigían
con rapidez a la tienda del chej. Esta tienda, también de tela, no tenía
ni la forma ni las dimensiones de la primera y se hallaba casi
perdida en un rincón del campamento”, y al propio Ma el Ainin:
“...sentado sobre un hermoso tapiz marroquí, rodeado de sus
tolbas, Ma el Ainin mantenía la postura de un “pusah” hindú.
Velada la faz y coronada la cabeza por un turbante de dimensiones
inverosímiles, oculto bajo los pliegues de un jaique de color azul
celeste, de su persona voluminosa no se percibían más que dos ojos
brillantes y las manos, que apoyaba sobre sus rodillas. Los moros, desde
el umbral de la tienda, se prosternaban poniendo la cara contra la
tierra, y casi rampando iban a besar la mano
del pontífice nómada. La mayoría pedía remedios. El chej
ofrecía un puñado de arena, sobre el que insuflaba su respiración
sagrada y los nómadas se llevaban esta preciosa reliquia, con las
demostraciones del mayor respeto.” Es posible que este francés
fuera uno de los pocos infieles cristianos que tuvo la oportunidad de
cruzar su mirada con la del venerado Santón de Smara. Ma
el Ainin se casó en Adrar, el año 1860, con Maimunna mint Ahmed uld
Alien, de 15 años, y un año después con Lasa mint Ahmed Baba, de los
Arosien, tribu por la que debía tener una predilección especial, ya
que se llegó a casar hasta con doce mujeres diferentes. Pero también
casó con una de Ulad bu Sabsa y antes de su peregrinación a La Meca ya
había tenido dos mujeres: Mamma mint Habibi y Fatima mint Ahmed Delil,
ambas de su misma familia. Tuvo veintisiete hijos varones, pero sería
Maimunna quien le permitiría formar un linaje que heredó, en parte, la
vitalidad y el prestigio del gran chej: Sebihenna; Sidi Aozman; Hadrami;
Taleb Hiar; Mohamed el Agdaf; Ahmed el Heiba y
Merebbi Rebbu. Todos ellos, junto a el Ueli, hijo de otra esposa,
soñarían con un Sáhara libre
de infieles cristianos. En
su ruta de nomadeo Ma el Ainin ya había fundado entre 1871 y 1872 en
Tasdaient el lugar de oración de Dar Hamra en un intento de
sedentarización, y allí nacieron varios de sus hijos. Después de
vivir allí durante unos seis años decide volver al nomadeo y celebra
su regreso componiendo un poema memorable que canta la belleza de la
vida nómada. Pero la idea de construir una ciudad persigue a Ma el
Ainin. Piensa en un lugar donde acoger a las caravanas que cruzan el Sáhara
desde el Uad Nun al Adrar, que pueda servir de punto de encuentro
a todas las tribus y que invite a la sedentarización de los nómadas
errantes del Sáhara . Quiere un lugar para descansar los últimos años
de su vida -tiene en ese momento alrededor de 68 años- y también un
centro de oración y estudio donde sus fieles seguidores puedan
continuar su labor. Dicen que cuando en 1898 acampó cerca del sepulcro
del fundador de los Arosien, Sid Ahmed Larosi, tuvo un sueño. Soñó
que había cerca de allí un lugar, en el Wad Zeluan, abundante en
juncos y que cavando se
encontraba una piedra dura de la cual brotaba el agua. Manda a sus discípulos
a buscar la roca y estos la encuentran, y brota el agua: allí construirá
Ma el Ainin su ciudad. El
junco, “smara”, dará nombre al sueño de Ma el Ainin y pronto Smara
se convertiría en el centro de la resistencia contra la penetración
francesa en el territorio saharaui, y con la presencia en ella de Ma el
Ainin sería conocida como “la Ciudad Santa del Sáhara ”. Parece
ser que para construirla no contó con la ayuda de los Erguibat, tribu
dominante en aquella zona del desierto; desconfiaban de que la ciudad
despertaría la apetencia extrajera y rompería el aislamiento y la
independencia de la que gozaban. Pero sí tuvo el apoyo del nuevo Sultán
de Marrakés, Muley Abdelaziz, un joven de 16 años caprichoso y soñador
que se siente fascinado por el mundo de los nómadas y considera a Ma el
Ainin como su abuelo. En el año 1900 se trasladan hasta Tarfaya, desde
Marruecos y España, todo tipo de materiales en dos barcos, el Turquí,
propiedad del majzen de Marruecos, y el Cartagena, que es alquilado a
los españoles. Cada seis meses los barcos pondrán en las costas
saharauis todo tipo de materiales para la construcción de la ciudad,
despertando el recelo de los franceses, que sospechan que mezcladas con
los materiales llegan armas para alimentar la resistencia. Abdelaziz
autoriza el transporte de los materiales desde Agadir al wad Zeluan a
lomos de camellos, se contratan maestros constructores y peones en las
ciudades de Marruecos y acuden a ponerse al servicio de Ma el Ainin
santones y visionarios que creen ver en su proyecto el nacimiento de un
nuevo poder. Cuenta la leyenda que llegó desde Fez el maestro
constructor, Hammad uld Alí uld Omar, simplemente porque había soñado
tres veces que en el Saguiat el-Hamra un santón estaba levantando un
gran santuario y que debía dirigirse allí para contribuir a su
construcción. Él dirigiría la construcción de la mayor parte de los
edificios de Smara y cuando Ma el Ainin quiso retribuir su trabajo,
cuentan, que sólo aceptó una pequeña cantidad de dinero para poder
satisfacer una antigua deuda En
dos años el sueño de Ma el Ainin comienza a tomar forma; Smara,
perdida en la inmensidad del desierto, será la primera ciudad que se
construirá en el Sáhara desde
el siglo III. Los
aduladores de la época dijeron que habría podido llegar a ser una
segunda Alhambra, pero esto habrá que considerarlo una gran exageración;
siempre faltaría el telón de fondo del Mulhacén y la Saguiat el-Hamra
nunca podría ser la vega de Granada. Con una actividad frenética,
acuciado por la prisa que le impone su avanzada edad, perfora pozos en
el wad Zeluan y planta palmeras -los dos tesoros del desierto- construye
una kasba para su residencia, una gran mezquita, almacenes de mercancías,
alojamientos para las caravanas, un zoco para comerciantes... en total
unos 16 edificios. Pero lo más importante: alrededor de Smara se
instalan hasta 3000 jaimas ocupadas en su mayor parte por los seguidores
y discípulos del chej. La ciudad se convierte en el centro de atención
de todos los nómadas del Sáhara y
Ma el Ainin en un líder político y espiritual. Ma
el Ainin siempre había predicado el rechazo a la presencia de
cristianos en el Sáhara y
con su influencia sobre varias de las tribus nómadas había incitado a
la resistencia, principalmente contra los franceses, que ya dominaban
gran parte de Mauritania y el Senegal y no tanto contra los españoles,
que se limitaban a ocupar algunos puntos estratégicos de la costa. Pero
es a partir de la fundación de Smara cuando se involucra realmente en
la guerra. Tal vez en algún momento Ma el Ainin pensó en convertirse
en un nuevo Abdallah Ibn Yasin, el fundador de la cofradía almorabetín
que en el siglo XI, a partir de un grupo de fieles congregados a su
alrededor en un islote del sur saharaui, creó el imperio Almorávide
que conquistó todo el norte de África y Al Andalus, donde derrotaron
al rey castellano Alfonso VI en la batalla de Sagrajas en el año 1086,
poniendo en peligro los reinos cristianos. Tal vez Ma el Ainin sólo
pensó en frenar la colonización francesa que ya dominaba gran parte
del Sáhara argelino y
mauritano poniendo en peligro una cultura de siglos y unas formas de
vida ancestrales, prohibiendo el lucrativo comercio de esclavos y
marcando unas invisibles líneas fronterizas, que limitaban las rutas
del nomadeo, allí donde sólo
había la infinidad del desierto. Pero lo cierto es que un Ma el Ainin
en la cima de su prestigio, sabedor del apoyo del sultán de
Marrakés y adulado por los jefes de varias tribus que reclaman su
liderazgo, declara la Guerra Santa
a Francia. Dos
hijos del chej, Hasenna y El Ueli, se ponen al frente de grupos armados
que hostigarán al ejercito francés con algunos éxitos remarcables.
Pero es el 12 de mayo de 1905 cuando se produce un acontecimiento que
marcará el futuro de Ma el Ainin y de Smara: Sidi uld Muley Zeinun, un
nómada del Adrar, acompañado de 20 jóvenes consigue llegar después
de una formidable marcha por el desierto hasta el palmeral de Tidjikja,
en Mauritania, y sorprender al Comisario del Gobierno General, el francés
Xavier Coppolani, dándole muerte. Coppolani era el encargado de llevar
a cabo la ocupación y de organizar la vida de los nómadas bajo la
tutela francesa al norte del río Senegal, y para ello había sabido
ganarse la confianza de varias tribus de la zona y algunos chejs, entre
ellos Saab Bu, hermano de Ma el Ainin. Los franceses no dudan en culpar
a Ma el Ainin de ser el instigador de la muerte de Coppolani; Sidi uld
Muley Zeinun y sus acompañantes son considerados fanáticos seguidores
del chej de Smara y miembros de una cofradía, los “Gudfiya”,
fundada por un discípulo de su padre, Mahammed Fadel. A partir de ese
momento los franceses considerarán a Ma el Ainin como el responsable de
la resistencia y todos sus esfuerzos irán dirigidos a evitar las
incursiones de sus seguidores hacia el Sur. Pero esta acción ha hecho
aumentar el prestigio de Ma el Ainin y el sultán de Marruecos le recibe
en Fez con todos los honores, reconociendo su carácter de jefe
religioso, entregándole armamento y enviando al Sáhara
a un pariente suyo, Muley Idris, que organizará ataques
unificando bajo su autoridad a los combatientes de varias tribus. Por su
parte, Ma el Ainin se dirige a todos los santones del Sáhara
incitándoles a la Guerra Santa y prometiendo su apoyo a
todas las tribus que ayuden a frenar la penetración francesa. Soberbio
y desafiante dirige una carta al capitán francés Mangin: “¿Por
qué has venido a esta tierra de Alah?. Tu renombre ha pasado los
límites de este país, pero no te tememos. Iremos a combatirte con
la cara descubierta, en igualdad de número. Sois ciento veinte; iremos
ciento veinte, y venceremos con la ayuda de Alah”. Ma el Ainin
consigue crear un clima de rechazo contra la presencia cristiana en el
desierto y reivindica, en nombre del sultán, la propiedad del Sáhara
hasta Senegal. Pero
los acontecimientos posteriores no serán favorables a los intereses del
chej de Smara. La presión francesa en el sur aumenta y por el norte
ocupan Casablanca. El Sultán se ve obligado a negociar con el gobierno
francés y a olvidarse de los problemas en el desierto, ordena retirarse
a su enviado al Sáhara, Muley Idris y casi al mismo tiempo una caravana
de 500 camellos de Ma el Ainin que se dirige a Cabo Juby en busca de
armamento es atacada cerca de Tarfaya por orden del Sultán. El 16 de
agosto de 1908 el sultán Muley Abdelazis es depuesto por su hermano
Muley Abdelhafid apoyándose en el descontento de la población, que lo
considera débil en su oposición a los franceses. Ma el Ainin apoya al
nuevo Sultán y éste le recompensa recibiéndole en Marrakés y
proporcionándole armas que revitalizarán la lucha contra los
franceses. Su hijo Hassenna organizará algunas acciones importantes,
como la ofensiva contra Taganet en la que murió el capitán Mangin.
Pero los franceses tampoco se han olvidado del chej de Smara y a finales
de ese mismo año organizan la ofensiva desde Mauritania, obligando a
Hasenna y sus seguidores a buscar refugio en la Saguiat el-Hamra,
mientras otro hijo de Ma el Ainin, El Uali, es derrotado y las tribus
mauritanas se someten al dominio francés. El
prestigio de Ma el Ainin disminuye y va perdiendo protagonismo mientras
la presión francesa aumenta. Todavía
intentará la unión de las tribus contra la presencia europea y a
finales de 1909 abandona su querida Smara, donde ya no se siente seguro.
Apenas han pasado 9 años del inicio de su construcción y la Smara de
Ma el Ainin será para siempre un proyecto inacabado. No volverá a
ella. Se dirige a Tiznit y tras entrevistarse con el Sultán comprende
que éste se ha doblegado ante los franceses. Desesperado, con una
religiosidad fanática y visionaria, se proclama mahdi, el
elegido de Dios, y se dirige a Chebeica y Aglú. En el camino van uniéndosele
guerreros desplazados de Adrar por la ocupación francesa. Dicen que el
Sultán los había convocado secretamente en Fez para ponerlos a
disposición de Ma el Ainin en un último intento desesperado para
evitar lo que ya era irremediable, pero el 23 de junio de 1910 es
atacado por los franceses al mando del general Moinier en la llanura de
Tadla, al pie del Atlas. Dicen que el combate duró todo el día y Ma el
Ainin sufrió una terrible derrota. Sobrevive, pero en su retirada no
encuentra refugio entre las tribus, que no dudan en robarle y exigir el
pago de tributos para dejarle continuar, lo que le obliga vender sus
pertenencias, entre ellas los libros que lleva consigo. Finalmente, en
su triste viaje hacia el sur, consigue llegar a Tiznit donde muere el 28
de octubre de 1910. Dicen que antes de morir aconsejó a sus hijos: “Si
alguna vez os veis obligados a pactar con los cristianos, que sea con
los españoles, porque ellos sabrán comprendernos y amarnos”. Es
posible que esta frase sólo sea una invención de las autoridades españolas
para justificar los posteriores pactos con sus descendientes. También
es posible que sólo sea una leyenda más en la vida del chej de Smara,
pero si realmente la pronunció tendremos que reconocer que en el año
1975 no estuvimos a la altura de su confianza.
Ma
el Ainin murió como mueren los personajes destinados a la leyenda,
mientras Smara, con apenas diez u once años de existencia y perdida en
su soledad, se convierte en una ciudad casi abandonada. Parece ser que
sus hijos nunca vivieron ella de forma continuada. Julio Caro Baroja en Estudios
Saharianos comenta: “Los edificios y palmerales fueron
encomendados al cuidado de un discípulo del chej llamado Mohammed Nefa
uld Hammuadha de los Ulad Delim y de un negro fiel, Mabrok”. El
hijo predilecto de Ma el Ainin, El Heiba, se proclama su sucesor
dispuesto a continuar la lucha contra los franceses y en el mes de julio
de 1912 una asamblea de tribus lo proclama Sultán en Tiznit; ha nacido
la efímera dinastía de los Sultanes Azules. Sale de Tiznit con un gran
ejército y se dirige hacia el norte, en un claro desafío tanto al sultán
Muley Abdelhafid como al colonialismo francés. El 18 de julio entra
triunfante en Marrakés después de permitir a los militares franceses
que se retiren de la ciudad. El Heiba recibe el homenaje de los notables
y la noticia recorre el gran desierto; las tribus de Mauritania se unen
de nuevo al mando de Mohamed el Agdaf, otro hijo de Ma el Ainin, y se
recrudece la resistencia a la presencia francesa en el Sáhara. Pero
los descendientes de Ma el Ainin no han heredado las dotes de su padre y
el 6 de septiembre El Heiba es derrotado por los franceses y a pesar de
que su hermano, El Agdaf, consigue una importante victoria en las dunas
de El Buirat-Ahmeyin, en territorio mauritano, eliminando una columna
francesa y apoderándose de gran cantidad de armamento, la suerte de
Smara y sus Sultanes Azules ya está decidida. El 9 de febrero una
columna francesa al mando del teniente coronel Mauret parte de Atar, en
territorio mauritano, dirigiéndose hacia el norte, y en un recorrido
que no encuentra resistencia llega ante Smara el 28 de febrero de 1913. Las tropas francesas tienen ante sus ojos el santuario
de Ma el Ainin; el lugar que ningún infiel ha pisado hasta ese momento;
la Ciudad Santa del Sáhara y
el corazón de la resistencia a los infieles. Parece ser que estaba
deshabitada y sólo quedaban en ella los guardianes, que huyeron ante la
presencia francesa para avisar a Mohamed
el Agdaf. He leído diversas versiones de este ataque a Smara. Dicen que
los franceses permanecieron en ella dos días saqueándola e incendiando
la biblioteca del chej, pero también que no se atrevieron a poner los
pies en el santuario y sólo algunos soldados volaron la cúpula de la
kasbah. Smara está llena de leyendas y en el momento de ser profanada
por los cristianos no podía escapar a otra más. Dicen en el Sáhara
que el fiel servidor Mohammed Nefa logró rescatar durante la noche un
solo libro que no pudo consumir el fuego del saqueo: la obra del
historiador Abd al Rahman ibn Jaldun, el libro preferido de su señor, y
aferrándolo con sus brazos quemados caminó durante días hasta
depositarlo en manos del hijo del chej, Merebbi Rebbu, muriendo a
continuación. Lo cierto es que después del asalto francés, Smara
perdió su halo de misterio y su aureola
de inviolabilidad. El santuario de los saharauis había sido profanado.
A partir de este momento la corta historia de los Sultanes Azules y la
Ciudad Santa será un constante retroceso. Hay
continuos enfrentamientos con los ocupantes franceses de los cuales casi
siempre salen perdiendo los fanáticos seguidores de los sultanes.
Mientras, Smara va cayendo en el olvido. Los Erguibat prefieren el
nomadeo y la provisionalidad de la jaima antes que el sedentarismo y la
solidez de la ciudad. El Heiba mantendrá viva durante años la ilusión
de la resistencia contra los infieles y a su muerte, el 23 de junio de
1919, su hermano Marabbi Rebbu se proclamará Sultán Azul. Dicen que
Marabbi Rebbu tenía un gran prestigio entre las tribus por sus
conocimientos y su bondad, que estaba más dotado para la poesía que
para la guerra y que prefería el dialogo a las armas. Tal vez por ello
fue el último Sultán Azul, el último señor de Smara. En el año
1934, tal vez siguiendo el consejo dado por su padre, se acogió a la
protección de los españoles refugiándose en Cabo Juby. Pero
la decadencia y el abandono de Smara no es suficiente para que caiga en
el olvido. La leyenda que rodea a la Ciudad Santa hace que en Europa se
dude de su existencia real. Tal vez Mauret no dio demasiadas
explicaciones, tal vez sea verdad que no llegó a poner los pies en
ella, lo cierto es que en Francia un poeta y aventurero, Michel
Vieuchange, decide descubrir el secreto de Smara, aunque para ello
arriesgue su vida. Ayudado por su hermano Jean,
que se quedará esperándole en Agadir dispuesto a salir en su
auxilio si es necesario, Michel organiza una expedición que parte de
Marrakés el 10 de septiembre de 1930. Pasará todo tipo de penalidades
en su viaje, los guías contratados lo extorsionarán y tratarán de
venderlo para pedir rescate, serán atacados por bandidos y tendrá que
hacerse pasar por mujer, para protegerse, desatando la apetencia de un
jefe de caravana que fascinado por sus blancos tobillos tratará de
canjearlo por un caballo. Después del incidente se tiñe los pies para
evitar nuevas tentaciones. La dureza del clima, la desconfianza hacia
sus guías y la dura marcha por el desierto debió poner a prueba la
resistencia física del francés, pero no su voluntad. La última parte
de su viaje la realizó atado dentro de un cesto de mimbre a lomos de un
camello y cuando al fin intuye a través de las rendijas del cesto los
edificios de la ciudad soñada logra liberarse..., ¡y ver Smara!: “Tras
una elevación del terreno, en la desnudez terrible del desierto sin
vegetación, apenas a ochocientos metros, distinguí una ciudad como si
fuera de cristal transparente”. Michel
de Vieuchange llegó a Smara el 1 de noviembre de 1930, acuciado por sus
guías que temían ser descubiertos por los Erguibat, cuyos camellos
pastaban por los alrededores, sólo podrá permanecer en la ciudad
durante tres horas, durante las cuales recorrerá los edificios
abandonados, toma notas y hace fotografías de ella y antes de partir
enterrará en la arena un frasco de cristal con una nota: “Mi
hermano Jean y yo, Michel de Vieuchange, hemos realizado en común la
exploración de Smara, encargándonos cada uno de nosotros de una parte
de la operación. A mi hermano le ha correspondido la responsabilidad de
socorrerme si cautivo o herido le llamase. Yo me he adentrado en el
oasis el 1 de noviembre de 1930” El
viaje de regreso debió de ser terrible. Enfermo de desintería y al límite
de sus fuerzas, todavía tendrá que ingeniárselas para evitar que sus
guías lo vendan, y cuando consigue llegar a Tiznit pide auxilio a su
hermano. Éste lo recoge y traslada en avión a Agadir, pero su estado
es tan grave que muere el 30 de noviembre. Tenía 26 años y era poeta,
romántico y soñador; no le importó desafiar las penalidades del
desierto por ver a su enigmática Smara y murió por ello. Su hermano
Jean publicó sus notas de viaje en varias revistas de la época bajo el
título de “Ver Smara y morir” y también un libro. Acaba de
reeditarse el relato del viaje por la editorial francesa Phebus con el título
“Michel de Vieuchange. Smara carnets de route d’un fou de desert”. Todavía
le quedarán a Smara cuatro años de anonimato y soledad, hasta que el
15 de julio de 1934 llega a la ciudad una Mía española al mando del
capitán Bullón. Las tropas españolas, que hasta ese momento se han
limitado a ocupar la costa, no encuentran ninguna resistencia en su
viaje a la ciudad. Les acompaña como guía Mohammed Fadda, sobrino del
chej Marabbi Rebbu y son
recibidos en el palmeral por El Ueli, hijo de Ma el Ainin. Ramón
Mayrata en “Relatos del Sáhara ” recoge uno de José Antonio
López Garro, testigo presencial, publicado en 1935 en el que describe
la Smara que encuentran a su llegada: “La edificación principal la
constituye la gran Kaasba. Tiene un patio central cubierto de una cúpula,
bajo la cual y sobre un estrado se colocaba el Chej en los actos
solemnes. Las paredes se hallan encaladas y pintadas, en parte, con
dibujos toscos. Se
han encontrado algunas arcas con libros, vasijas, depósitos de aceite,
los hierros de la cama del Chej, el armazón de madera del estrado y
arados con rejas de hierro, conservándose también algunas puertas y
ventanas. Fuera del recinto de la gran Kaasba, en el ángulo N.E., se
encuentra la mezquita, que debió de constar de nueve órdenes de arcos,
no terminados de construir más que cuatro, con nueve arcos cada uno de
ellos. Se halla también sin terminar de construir el Mehrad, así como
el Membar, el techo de la mezquita y el minarete. También existe otra
edificación, destinada a posada y hospedería. Las restantes
construcciones del gran conjunto de edificios la componen dependencias
para servidumbre, cárcel subterránea, corral para camellas de leche,
otros para cabras, etc. Todas
las edificaciones están hechas con piedras negruzcas, y en su mayoría
sin repelar, de arte análogo a otras construcciones saharianas, muy en
consonancia con la severidad del paisaje. Cuando
al atardecer se suaviza la cruda luz del desierto, estas ruinas
silenciosas, sobre las que parece vagar el espíritu del gran Chej Ma el
Ainin, se destacan patéticamente sombrías en la inmensidad de la
llanura, llenando el espíritu de misteriosa melancolía”. Perdido
el sentido inicial de su construcción no debió cambiar mucho el
aspecto de Smara en los 20 años siguientes. Julio Caro Baroja la visita
entre los días 29 de enero y 3 de febrero de 1953. Fascinado por la
leyenda del chej, dedica a él y su familia 50 páginas de las 470 de
que consta su obra. En ellas describe minuciosamente las ruinas de la
ciudad de Ma el Ainin y las huellas del saqueo del teniente coronel
Mauret. Olegario Moreno en su libro MEKTUB cuenta que cuando el
general Pardo de Santayana, Gobernador General de Ifni y el Sáhara,
visita la ciudad en 1954 queda impresionado por su estado de ruina y
ordena su reconstrucción. Dicen que los legionarios trabajaron a la luz
de la luna, incapaces de hacerlo durante el día por el calor,
construyendo cuarteles y edificios que darían una nueva vida a Smara.
Pero todavía le tocará vivir a la ciudad momentos de indecisión en la
guerra contra las Bandas Armadas en el año 1957. El 6 de noviembre es
evacuada parte de la guarnición de Smara, 13 europeos y 22 nativos,
quedando unos mínimos efectivos de nativos para justificar la soberanía.
Pero abandonados a su suerte, sin radio y con una mínima munición, los
nativos desertaron, pasándose a las Bandas Armadas o buscando refugio
en sus tribus Erguibat o Ulad Delim. Restablecido
el dominio español en el territorio tras la colaboración francesa en
la operación Ecouvillon, Smara inicia un lento proceso de crecimiento.
A finales de 1958 todavía una parte de la guarnición de la VII bandera
de la Legión se aloja en la Alcazaba de Ma el Ainin, pero en la década
de los sesenta, el Teniente Coronel Lago, conocido como “El Conde
de Smara”, impulsa la construcción del nuevo cuartel de la Legión
y el año 1969 se termina la construcción de una nueva mezquita. Smara,
que en el año 1955 tenía 321 habitantes, en 1965 llega a los 2.850. Parece
que finalmente el sueño de Ma el Ainin se hace realidad. Pero el precio
será el mismo sueño: Smara ya no será el punto de encuentro de los nómadas
del Sáhara, el cruce de caravanas de un comercio milenario, el embrión
de un estado moderno que sedentarice a una población orgullosa de su
independencia y libertad en la inmensidad del desierto. La sedentarización
traerá el cambio de costumbres, el fin de las jerarquías ancestrales,
el trabajo asalariado en las empresas de la colonia, el sueldo seguro
alistándose en el ejército y nuevos sueños para una juventud que
empieza a descubrir un mundo que le atrae. Y
Smara volverá a ser el
centro de los nuevos sueños del Sáhara. Ahora no se trata de luchar
por mantener las estructuras tribales, la independencia de las tribus,
el derecho a desplazarse sin limitaciones por un desierto sin fronteras
y la expulsión del territorio de los infieles cristianos. Ahora se
trata de un nacionalismo moderno, que acepta los nuevos estados nacidos
de la descolonización, y reclamará para sí la creación de un estado
saharaui desde el Draá a Tichla y el control de las riquezas
descubiertas, rechazando las viejas jerarquías de los chiujs y la Yemaa,
manipuladas por los colonizadores. Falta un líder que aglutine el nuevo
nacionalismo, y éste aparece: se llama Bassir Mohamed uld Hach Brahim
uld Lebser, pertenece a la tribu de Erguibat, fracción Lemuadenim, y ha
nacido en Tantán el año 1942. Será conocido como “Basiri”.
Dice Tomás Bárbulo que “estudió el Bachillerato en Marrakech y
Casablanca, y Periodismo en El Cairo y Damasco. Escribió artículos en
los periódicos El Assae y Chomoa bajo el seudónimo Basiri y tuvo que
huir al Sáhara, a Smara, cuando los servicios de información marroquíes
descubrieron en uno de esos escritos la frase El Sáhara para los Sáharauis”.
Dicen que sobrevivió en Smara ayudado por su familia, vendiendo
amuletos e impartiendo clases del Corán en la nueva mezquita, que atendía
a los enfermos y se ganaba la confianza de sus vecinos mientras sembraba
la semilla del nuevo nacionalismo. Un día de diciembre de 1969 nace en
Smara el Movimiento de Vanguardia para la Liberación del Sáhara. Dice
Tomás Bárbulo que los fundadores fueron: Basiri, Abdelhay uld Sid
Enhamed, Sidi Labser, Brahin Gali, Salama Mami y Salem Lebser. En Smara
comenzaba un nuevo tiempo para el Sáhara.
El
mensaje de Basiri se extiende lentamente por el desierto y encuentra eco
entre los nativos alistados al ejército, principalmente de Tropas Nómadas,
(Salama Mami era el chofer del coronel de la Agrupación y Brahin Gali
escribiente de la oficina de este cuerpo en Smara) y de la Policía
Territorial, pero también entre los trabajadores de las pistas. Pronto
surge de Smara el lamento, la queja contra el gobierno colonial, por la
cesión a los países vecinos de parte del territorio y por el abandono
de la población nativa que contempla como sus riquezas minerales
comienzan a salir por el pantalán del puerto del Aaiún: “A nuestro país saharaui
no había entrado ningún extranjero en calidad de Presidente para
mandarnos, o gobernante para gobernarnos, o Sultán a someternos, ni Príncipe
para heredar nuestro destino, ni representante encargado de resolver
nuestras cuestiones gubernativas. Nuestra tierra y nuestro pueblo, desde
que se creó hasta el pacto con la Nación española, no había sido
gobernado por ninguna autoridad, ni gobernante, ni Sultán, ni heredero
ni representante-delegado. Fue libre e independiente y sólo Dios ejercía
sobre él su autoridad”. [....] “Ha
elegido nuestro pueblo la cultura y el idioma español como oficial, así;
pues, su lengua, su cultura y toda su vida se ha convertido en la española.
Todos sus asuntos los ha puesto en manos de España, olvidando el
pasado, o queriéndolo olvidar, ignorando y queriendo ignorar, pues todo
su futuro lo ha depositado en manos de una Nación potente cuyo
prestigio es bien patente entre las Naciones del mundo. Jamás ha
desconfiado un instante, ya que sabe que siempre velará por sus
intereses como propios y no estimará esfuerzos en protegerlos y
proteger su integridad ante los enemigos del exterior que cada día
crecen más, pero el gobierno español ha ido abandonando en todas las
regiones parte del territorio de nuestra patria, gran abandono y
negligencia”. [....] “Cedió
el Gobierno español territorio de nuestra patria a Argelia, por el
Este. A Mauritania por el Sur, y a Marruecos por el Norte. Parte de este
territorio fue entregada al Gobierno francés cuando éste colonizaba
los países vecinos a nosotros. Otros fueron cedidos a dichos países
cuando éstos consiguieron su independencia. Y el Gobierno español no
ha cesado en la entrega, todavía cede poco a poco parte de nuestra
tierra a los países vecinos, sin motivo alguno, sin que sea justo y sin
lucha que motivó tal cesión”. [....] “Si
este pueblo cada día - día tras día - ve mermada su integridad, su
unidad y se cede poco a poco, ¿cuál va a ser su futuro? ¿Cómo va a
ser el futuro de esta tierra al final, y cuál va a ser el futuro del
pueblo saharaui que es sincero y fiel con sus amigos? ¿Cuál va a ser
el futuro de este país que ha delegado en sus verdaderos amigos todos
sus asuntos y cuyos amigos es el Gobierno español?” .... “Todos
los países del mundo progresan, sean desierto o no, y a todos se les
tiende la mano del desarrollo, y todos se han desarrollado con esta
ayuda, bien procedente de las Naciones poderosas, bien de las Naciones
hermanas, bien de las Naciones amigas o bien a través de las Naciones
Unidas. Menos nuestro país saharaui que ha permanecido y permanece en
la misma situación, sin que se haya tendido la mano del desarrollo y el
progreso en nada, ni por parte de su mejor amigo, la Nación española”. ...
y el aviso de lo que puede llegar a suceder: Es
nuestro deber - nosotros pueblo saharaui - como pueblo con unidad,
derechos y obligaciones, decir nuestro sentir con toda libertad para
remediar la desgracia aunque deshaga la amistad entre algunos, pues si
permanecemos callados, se perderá nuestra patria y nosotros con ella, y
también, si permanecemos callados, nos despreciarán, y finalmente, nos
despreciará el mundo entero. Y si permanecemos callados, el pueblo
llegará a reventar y la situación empeorará y el fuego no se podrá
apagar. Nosotros, - el pueblo
saharaui - sentimos la necesidad de dejar oír nuestras palabras, la
necesidad apremiante y muy especialmente decir que la cuestión de
nuestro país camina por una senda muy peligrosa, y es muy
apremiante”. Dicen
que Basiri fue el inspirador de este manifiesto “Carta abierta del
pueblo saharaui al Gobernador General” que Basiri era un hombre
dialogante, que podía haber sido el interlocutor del pueblo saharaui
con las autoridades españolas, el líder político para un nuevo país.
Pero la tensión estalló en el Aaiún el 17 de Junio de 1970 en el
barrio de Hatarrambla, en la explanada de Zemla. Allí se produciría
por primera vez el enfrentamiento
de la población civil del Sáhara con las tropas españolas.
Con el enfrentamiento se rompieron los lazos de confianza ganados
paso a paso durante años, pero también se perdió a Basiri. Detenido
la misma noche de la manifestación sus pasos se perdieron, pocos días
después, rumbo a una frontera desconocida. El
27 de noviembre de 1975 el comandante Pardo de Santayana entregaba Smara
al coronel marroquí Dlimi y el ejercito español se retiraba. El día
28 entraban en la Ciudad Santa las fuerzas marroquíes. Dicen que
quedaban en Smara menos de 600 saharauis. No sabemos que sintió el último
soldado español que giró la vista para despedirse de la ciudad Santa
del Sahara. Tal vez igual que yo al llegar pensó “¿a quien se le
ocurrió hacer una ciudad aquí?” Porque seguro que a él tampoco
nadie le contó los sueños de Ma el Ainin. Mientras tanto la caravana
continuaría alejándose por aquella llanura cubierta de enormes
guijarros, negros del sol de siglos. A su espalda, cada vez más lejos,
una ciudad y unos habitantes abandonados a su suerte, muchas promesas
incumplidas..., un trabajo inacabado. ***
Vi
Smara por última vez desde el cielo una mañana de diciembre. La pequeña
avioneta que me trasladaba junto a otros compañeros desde Mahbes a El
Aaiún, ya de vuelta a casa, hizo escala en Smara. Apenas un momento
para recoger algún pasajero y de nuevo se elevó, dando tumbos y
vaivenes, entre ráfagas de viento y polvo. Apoyado en la ventanilla vi
como se alejaba Smara, como fueron difuminándose los contornos de sus
edificios con techo en forma de huevo, la cuadrícula de los cuarteles,
los restos de un edificio en ruinas que me había parecido una mezquita,
el pequeño palmeral, y después, envuelta en la canícula, desaparecía
Smara absorbida por la inmensa uniformidad del desierto. Más que
alejarme yo, era Smara la que huía, impaciente por perderse en su mundo
ignorado. No recuerdo si sentí algo especial, creo que no. La emoción
del regreso predominaba por encima de cualquier sensación, pero era lógico:
entonces a mí nadie me había hablado de Smara, del Chej Ma el Ainin y
de los Sultanes Azules, y tampoco conocía la historia de un poeta romántico
y aventurero llamado Michel Vieuchange que eligió “Ver Smara y
morir”. Barcelona,
8 de Septiembre del año 2004, 30 años después del día que llegué a
Smara. Epílogo Fui
al Sáhara por obligación, supongo que como casi todos, y mientras
estuve allí siempre me sentí ocupando casa ajena. Sólo el
descubrimiento de un paisaje nuevo, con unas formas de vida y con una
cultura desconocida hasta ese momento para mi, compensó en parte el
enorme sacrificio que significaba aquel cambio en mi vida. Las cartas,
diarias, de quien entonces era mi novia y hoy sigue siendo mi compañera,
me ayudaron a mantener el contacto con el mundo que había dejado tras
de mi y supongo que también evitaron que cayera en la desesperación en
algunos momentos. Cuando
salí de El Aaiún de vuelta a casa pensé: “se acabó, por fín me
largo de aquí, esto sólo habrá sido un paréntesis en mi vida
que pronto olvidaré”. ¡¡Que ingenuidad!! Nunca he podido
olvidar el Sáhara . Hay
muchos recuerdos imborrables, pero algunos perduran por encima de los
demás. El día que llegué a Smara es uno de ellos, pero también una
noche de luna llena en que nos jugamos la vida circulando a toda
velocidad por unas pistas imposibles y hacia un destino incierto, los
Land Rover con las luces apagadas, desde el sur de Smara a Amgala y
Tiffariti por una alertada, aquella luz blanquecina que desparramaba una
claridad extraordinaria y cubría el desierto de un manto de ceniza,
junto a la percepción de un peligro inminente, se quedaron grabados en
mi memoria; inolvidable la visita a una jaima cerca de las montañas de
Sidi Ahamed Erguibi para que un soldado nativo de la patrulla viera a
sus padres que nomadeaban allí, los gritos de alegría de la madre al
ver a su hijo contrastaron con la serenidad del padre, que esperó
dentro de la jaima a que el hijo se inclinara ante él antes de
abrazarlo, amables y hospitalarios hasta la exageración nos invitaron a
leche de camella y dátiles mientras nos rociaban cabeza y manos con
perfumes mauritanos que perduraron en nuestra piel durante días,
mientras, fuera de la jaima, un siroco enloquecido trasladaba de un lado
a otro todo lo que pudiera moverse en el Sáhara; también está el
recuerdo de una fría madrugada de octubre en que trasladamos un
prisionero saharaui de Smara a Hausa, hicimos una parada en el camino y
pasé ante él que estaba esposado de pie junto al Land Rover, era muy
joven, con barba rala y pelo encrespado, vestía únicamente un derrah
azul y temblaba de frió, sentí vergüenza de no atreverme a ofrecerle
una manta y alguna galleta de las que yo iba comiendo, lo dejamos en
Hausa y allí lo recogió otra patrulla que partió para Echederia o
Mahbes, muchas veces me he preguntado que habrá sido de él; y son para
recordar toda la vida los atardeceres de noviembre, en la gran Hamada al
norte de Mahbes, sin viento, con un cielo limpio y un sol rojizo y
horizontal que cubría el Sáhara de
una luz ambarina, alargando hasta el infinito las sombras de las talhas
y las pequeñas dunas, el silencio, la soledad y la quietud del inmenso
paisaje sobrecogía. No se puede olvidar el Sáhara . ****** Ángel
Benito
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