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¿Un baño en la playa, en pleno invierno, al lado mismo de las Islas Canarias,
en régimen de alojamiento y pensión completa, y con monitores-animadores para
practicar actividades divertidas? No lo dude caballero, la Urbanización BIR
(Buenavista Inn Ressort) le ofrece todo eso, y mucho más, no hace falta que
nos pague nada, nosotros nos hacemos cargo de todo. Eso si, venga sin novia
ni esposa, ni siquiera hermanos o padres podrán compartir con usted estas
delicias tropicales.
Tentados por este atractivo anuncio, muchos jóvenes de los años 60 y 70,
no teniendo mejores perspectivas de vacaciones y aún reconociendo que la
idea de dejar a la novia no resultaba demasiado agradable, pero al menos
con la curiosidad de conocer sitios nuevos y romper la rutina cotidiana
de nuestras vidas, se apuntaron a tan prometedor "paquete vacacional".
Incluso para aquellos que se apuntaron en los años 60, el viaje se iniciaba
con un crucero marítimo de placer, ahora tan de moda, pero que en aquellos
años solo estaba al alcance de las clases mas pudientes. Luego, más tarde,
en los años 70, se pierde el romanticismo del crucero, y el viaje se reconduce
por la vía del vuelo charter, mas rápido, pero menos adecuado para el relajo
y disfrute que supone la estancia en un auténtico hotel flotante, dotado de
todos los servicios necesarios para colmar cualquier capricho personal, por
extravagante que éste fuera.
Pero me estoy perdiendo en preámbulos, tan bien conocidos por aquellos que
como yo, gozaron de tan maravillosa experiencia. Quiero situarme en el lugar
y momento en el que llegados a nuestro destino, y comprobar, que como casi
siempre, la propaganda exagera la realidad, de modo que el alojamiento no era
para tanto, la comida no se parecía a la que cualquier hotel de 5 estrellas
(y de menos) exhibía en sus folletos, nos consolábamos con la idea de gozar
de la playa, el sol, la tumbona, la sombrilla y la cervecita del chiringuito.
La primera peguilla es que existía un horario muy rígido de baño, de modo que
no podías ir o volver cuando te apeteciera, sino únicamente cuando eras
convocado a ello, un poco antes de la hora del almuerzo. Eso provocaba, entre
otras cosas, que la playa estuviera muy concurrida a esa hora, y el resto del
día apenas aparecía nadie por allí, puesto que las prohibiciones eran
rigurosas, y los vigilantes no permitían ninguna excepción. Otra curiosa
costumbre es que debías de ir siempre que te invitasen a ello, puesto que
si pretextabas no tener muchas ganas de bañarte o excusarte con el argumento
de que habías quedado con un amigo para jugar al tenis o tomar un vermut, los
monitores-animadores se disgustaban mucho, hasta tal punto de que por no
verles con la cara larga el resto del día aceptabas el pequeño sacrificio de
ir a la playa, aunque no fuese precisamente el plan que más te apeteciese
para esa mañana.
Como digo, a la hora prevista, una sutil pero intensa melodía sonora ¿tal
vez silbatos? te avisaba de que era el momento de comparecer para la visita
a la playa, toda vez, que como digo, la organización se ocupaba de todo los
detalles, y el traslado hasta la playa corría por cuenta de los
monitores-animadores, si bien te desplazabas a pie, dado que la distancia
no era muy grande, y tampoco conviene abandonarse a la molicie cuando
se está en plena juventud.
Era curioso de ver como todos habíamos elegido en la boutique del hotel el
mismo modelo y color de bañador, quizá porque nos resultase el mas atractivo,
tal vez porque estuviera de oferta, o incluso porque al estar en temporada
alta las existencias de otros modelos estuvieran agotadas, pero de alguna
manera nos daba una sensación de igualdad, de modo que nadie te pudiera
deslumbrar con un bañador de marca. Bien es cierto, que era mas difícil
reconocer en distancias medias a los compañeros, de la misma manera que es
difícil distinguir a un pingüino en concreto en medio de una manada, pero no
era mayor problema, al fin y a la postre íbamos dispuestos a pasar el mayor
tiempo posible, incluso habíamos oído que había quien se reenganchaba, y que
la media de estancia venía a estar en los quince meses, lo que en principio,
a nosotros, recién llegados, nos parecía a todas luces excesivo y no justificado.
Conforme llegamos a la playa, no apreciamos ninguna instalación de acondicionamiento
propio de estos lugares, como las muy típicas sombrillas y tumbonas y los mas
sibaritas buscando los chiringuitos de mejor aspecto, en el que poder degustar
un aperitivo antes de la hora del almuerzo, pero enseguida uno de los
monitores-animadores nos advirtió que teníamos el privilegio de bañarnos en
una zona protegida y que se había preservado el estado natural de la playa tal
como dictaban las normas ecológicas mas exigentes. Ese argumento nos convenció,
estaba uno harto de llegar a playas concurridas, urbanizadas a tope, en que se ve
mas cemento que arena, y no íbamos a ponernos a protestar por tener el privilegio
de disfrutar de una playa de uso exclusivo para nosotros, cual clientes
privilegiados.
Por fin llegó el ansiado momento, y se nos permitió, otra vez con la melodía
sonora de fondo ¿tal vez silbatos? lanzarnos al agua, pero, caramba, estos
monitores era unas auténticas madres, y te regañaban si te ibas muy lejos,
igualico que cuando tenías diez años, pero también te llamaban la atención si,
alegabas que la temperatura del agua no estaba para muchas alegrías, y en
consecuencia no dejabas que te alcanzase la barriguilla y lo que está por
debajo de la misma. Incluso entre bromas y risas, te arrojaban bolas de arena
y algún guijarro, para animarte a vencer tu resistencia, y que al menos te
metieses hasta la cintura. Lo malo era que cuando ya por fin el agua y tú
habíais alcanzado un pacto de no agresión (Yo no me salgo pero a cambio no
me des ocasiones de tiritona) los monitores te recordaban que al almuerzo
estaba prácticamente listo, y que no convenía hacer esperar al "maitre" y
demás camareros, puesto que la reserva del restaurante era con hora fija, y
además siendo tantos, era una grosería llegar mas tarde de lo acordado. Así,
que entre quejas y muecas de disgusto íbamos saliendo del mar, pero sabiendo
que al día siguiente tendríamos oportunidad de volver a bañarnos en nuestra
playa privada, dentro de un entorno de especial protección de la naturaleza.
Además, el programa de actividades del día no acababa ahí, se nos prometían mayores
entretenimientos, y a decir verdad, cumplieron su palabra.
Emilio Cisneros
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