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UNA DIA EN EL BIR
Un día en el BIR, desde el toque de diana hasta el de silencio, se podía hacer
muy corto, precisamente por la cantidad de cosas que tenías que hacer a lo largo
del mismo, en el que desarrollabas una hiperactividad digna de mérito, sobre todo
porque hicieras lo que hicieras, todo tenía que ser a la puta carrera.
Un día un poco especial podía ser así: a una docena de reclutas, mas o menos,
se nos había leído la noche anterior que nos había sido asignado un servicio de
“piedras”, así como suena, y que consistía en proveer de piedras de tamaño medio
al BIR, para utilizarlas en las obras de ampliación y mejora de sus instalaciones.
En el otoño de 1968 se debía haber acabado con toda piedra digna de ser seleccionada
por los alrededores, así que los convocados a tal servicio, de diferentes Compañías,
fuimos transportados en dos camiones de caja abierta, sin techo, hasta una distancia
que calculo de unos diez a doce kilómetros del BIR, saliendo del mismo en dirección sur.
Los conductores de los camiones le pegaron a éstos toda la tralla que pudieron, pisando
el acelerador a tope, y teniendo en cuenta que la pista estaba bastante deteriorada, cada
vez que pillábamos un bache, saltábamos como monos dentro de la caja, así que no nos
quedaba mas remedio que agarrarnos con pies y manos a todo lo que sobresalía, so pena de
salir despedidos hacia el exterior, con grave riesgo para nuestro cuerpo de recluta, todavía
tierno cual cordero lechal.
Al poco tiempo llegamos al centro de la nada, arena y matojos, matojos y arena, con bastantes
piedras de tamaño variable por todas partes. El sargento que comandaba el grupo no estaba
dispuesto a pasar con nosotros toda la mañana, así que tras darnos las pertinentes instrucciones,
fáciles de ejecutar, pues consistían en recoger piedras con las manos y amontonarlas en un
determinado lugar, se subió de nuevo al camión, y junto con el otro vehículo, desaparecieron
en el horizonte, no sé si de vuelta al BIR o a tomarse unos cafés por la zona de Cabeza de
Playa. En todo caso, nos dejaron completamente solos, y ni siquiera nos proporcionaron
agua o herramientas. Así que allí nos quedamos, sin muchas ganas de empezar a currar, pues
es sabido que cuando el gato está dormido los ratones bailan, de modo que la ausencia de
mandos no nos animaba a hacerlo, así que unos se tumbaron sobre la arena, otros exploraron
el paisaje, sin descubrir nada de interés, y los mas curiosos nos dio por ver como entre
matojo y matojo se distinguían perfectamente pisaditas de bichos, como una especie de
surco. No se tardó prácticamente nada en descubrir a los primeros alacranes, no muy grandes,
tal vez ocho centímetros de cabeza a cola estando ésta estirada, y como siempre sucede en
todo grupo humano surgió el primer “experto”, para cogerles por la cola, pero sin clavarse
el aguijón, y jugar a tirar el bicho al compañero mas próximo o mas despistado, mas que nada
para echar unas risas, porque aquel que se convertía en objeto del lanzamiento, se alejaba
rápidamente, mientras mentaba a la madre del lanzador. Al final nos entró la responsabilidad,
y con unas piedras finas, les “capábamos” el aguijón, para poder jugar sin peligro con los
animalillos, y también ponérselos por la cara, tres o cuatro a la vez, lo que quedaba muy
curioso, aunque un poco repulsivo Hay que tener en cuenta, que por no dejarnos, tampoco
teníamos ni medios de comunicación, tipo teléfono. ni caja de medicamentos, en el caso de
que algún alacrán nos hubiera picado. A todo esto, el sol seguía avanzando, y de las
piedras nadie quería ser el primero en ponerse a recogerlas, aunque sabíamos que en
cualquier momento podían aparecer los camiones con el sargento a bordo a ver como lo
llevábamos, y claro está que de seguir tocándonos los huevos, lo acabaríamos pagando.
En todo grupo se forman líderes, y en el nuestro se gestó una división: parte del
grupo, la mitad más o menos, decidió seguir sin hacer nada, y si alguno del resto
hacía intención de coger alguna piedra, recibía insultos y abucheos. Pero de la
minoría también surgen líderes, y un chaval, gitano por más señas, fue reclutando
adeptos, hasta que siendo ya un grupillo de una media docena, empezamos a recoger
y amontonar las piedras, sin hacer caso de los silbidos y abucheos de los otros,
que seguían en su huelga particular. Nuestro particular líder nos iba animando por
lo “bajinis”, diciéndonos que cuando volviera el sargento le íbamos a enseñar el
montón de piedras, pero que ni se les ocurriera a los otros encubrirse con nuestra
labor. Así que continuamos dale que te pego hasta formar una pequeña montañita de
pedruscos, y cuando nos pareció suficiente, lo dejamos, teniendo en cuenta que el
grupo disidente seguía en su actitud pasiva, aunque ya se habían cansado de
dedicarnos silbidos y gestos de burla.
De modo que cuando en el horizonte vimos aparecer de nuevo los dos camiones, los
currantes nos pusimos junto a nuestra montañita sin dejar acercarse a los otros,
y desde luego ya era demasiado tarde para que éstos se pusieran a recoger piedras,
porque los camiones se aproximaban otra vez a toda pastilla. Llegado que hubo el
sargento, nuestro líder gitano, con esa capacidad étnica de negociador que todos
llevan dentro, hizo las presentaciones de nuestro equipo así como la de los
pedruscos recogidos, dejando claro quienes habíamos participado en la recogida y
quienes no habían dado todavía un palo al agua. Bien, el sargento, en justa
resolución, ordenó que para nosotros se había acabado el curro por el resto
de la mañana y que eran los que habían estado descansando hasta entonces quienes
iban a hacer a partir de ese momento todo el trabajo, o sea recoger mas piedras
y subirlas todas, incluso las nuestras, a las cajas de los camiones.
Como nos quedamos ociosos, y nuestro nuevo líder no podía quedarse quieto,
hiperactivo que era el chico, propuso jugar a lo que en Madrid al menos se
llamaba “Pídola”, ese juego en el que uno hace de burro, agachado y doblado
sobre su cintura, y los demás saltan por encima, apoyando las manos en la
espalda del burro. Este juego admite variantes, y sigo con la jerga madrileña,
siendo uno el de “tabaca”, que consiste en dar a la vez que saltas un golpe con
el lateral interior del pie en las nalgas del que hace de burro, y otro el de
“lique”, en que el golpe lo das con el talón. Para aumentar la dificultad, se
traza una raya en el. suelo, para que tengas que iniciar el salto, primero a
un metro del burro, luego un poco mas, y otro poco mas, y así. De esa manera
se logra que alguien falle, y el “burro” pueda ser rotativo.
A lo que iba, el sargento, viéndonos jugar, le apeteció unirse a nosotros
(aunque le veíamos como mas mayor no creo que llegara a los cuarenta años,
y además estaba en forma, ni tripita siquiera), y como era previsible, le
tocó también hacer de burro, lo que aceptó con entereza y disciplina militar.
Y esa escena me pareció tan surrealista que todavía la recuerdo, la de los
reclutas saltando sobre el sargento, propinándole “tabacas” y “liques”, en una
democrática representación del espíritu sahariano. Ni por lo mas remoto me hubiera
imaginado que podías darle una patada (no muy fuerte, claro) en el culo a un
sargento sin que te pasara nada. Pero el hombre aceptó las reglas del juego, cosa
que es de agradecer, incluso después de cuarenta años.
Así finalizó nuestra mañana de “piedras”, ya que como digo, los “castigados”
fueron los encargados de hacer todo el trabajo del resto de la mañana. No debía
ser muy urgente la recolección de piedras, porque tras subirnos de nuevo a los
camiones con nuestra correspondiente carga, regresamos al BIR a la hora del
almuerzo, con la orden de incorporarnos ya a nuestras respectivas Compañías.
Y para por la tarde, emoción y aventura. Orden abierto en la duna madre.
La 5ª Compañía, imagino que como todas, se componía de dos Secciones, cada una
al mando de un Teniente, de personalidades muy diferentes. El de la 1ª
Sección ya había pasado por sus mejores años románticos, y procuraba cumplir
con su trabajo, pero con las mínimas exigencias, así que respecto al tema del
orden abierto, no era de los más cumplidores. Su costumbre era llevarse a su
Sección a un lugar poco concurrido, y proponer a la reclutada dos opciones:
orden abierto o concurso de chistes. Naturalmente, la segunda opción era
elegida mayoritariamente, y de esa manera las horas pasaban de una manera
más agradable. Pero al Teniente de la 2ª Sección el cuerpo le pedía aventura
a sus 23 o 24 años, y tras haber pasado unos meses en las Tropas de Alta
Montaña en Jaca (Huesca), había decidido darle una vuelta al mapa, y del
Norte irse al Sur en busca de mejores experiencias guerreras. Con eso quiero
decir que sus prácticas de orden abierto lo eran con toda la puesta en escena
que uno se pudiera imaginar, con muchas carreras y tripazos en los cuerpos a
tierra. Aquella tarde nos dividió en dos grupos, uno de defensores, que tuvieron
que excavar a mano, un agujero en la arena, si bien hay que decir que tampoco
es que se entusiasmaran con la faena, porque quitaron la arena justa para meter
el culillo, como mucho, con lo que se les veía perfectamente de cintura para
arriba, y otro de atacantes, que tenía que tomar las posiciones defensivas
que nuestros compañeros se habían distribuido en la duna madre. Se suponía
que avanzábamos apoyados nada menos que por fuego de mortero y ametralladoras,
pero tanto unos como otros solo disponíamos del Cetme y descargado, para hacer
de ametralladora, mortero, fusil de asalto y granada de mano, y uno de nuestros
compañeros, de apodo “Alí” por sus rasgos árabes, le decía al Teniente:
“Mire mi teniente, si hacemos prácticas, que sean un poco, al menos un poco
mas reales, pero claro, sin balas, sin ruidos, sin armas de apoyo, esto parece
un juego de niños ¿gritamos pum pum cada vez que se supone que disparamos? Para
eso me quedo en casa o, si es por hacer ejercicio, jugamos al fútbol
o al baloncesto”.
Pero el Teniente estaba ilusionado por vernos desplegados por el arenal,
levantándonos y volviéndonos a tirar a cada golpe de silbato, mientras se
oía la voz de Alí gritando “pero no me digas que me han sacado de casa para
esto, es que si lo cuento a mi familia, se ríen de mi”. La cuestión está en
que, naturalmente, nos íbamos acercando a las posiciones de los defensores
de la duna, sin tener ni una baja, claro está, y cuando llegó la orden del
último ataque, elegí el agujero que iba a atacar, le lancé dos granadas de
mano (dos guijarros) , me incorporé y seguí corriendo hasta que le toqué la
barriguilla al ocupante del agujero con la punta del Cetme , a pesar de que,
según él, había tenido tiempo de sobra para freírme con una ráfaga, por lo
que el “muerto” era yo, y no él, como yo le proponía. Así que no hubo
vencedores ni vencidos aquella tarde en la duna madre. Lo mas divertido estaba
por llegar, alguien transportaba un equipo de radio portátil, con su antena
desplegada y su auricular al lado, si bien no tenía baterías o las tenía muy
bajas, de modo que si manipulabas unos botones, el equipo soltaba un pitido de
aviso, y si los conectabas y desconectabas rápido, emitía unos sonidos tipo
Morse, algo así como “pi-pi-pi-piiiiiiii-pi-pi-piiiiiii” . Total, que el
cachondo que le dio por hacer que manejaba el equipo y empezó a simular que
hablaba por teléfono, con Sevilla !!! y nada menos que con su familia. Como
el compañero tenía su gracia, contando supuestamente a sus padres y hermanos
como lo pasaba en el BIR, lo que habíamos hecho esa misma tarde, y se
acompañaba, como efectos de sonido, de los “pi-pi-piiiii” manipulando
los botones, empezaba a tener su público, pero lo mas chocante (y os juro
que es verdad) fue ver como un recluta se acercó poco a poco y con los ojos
brillantes de emoción a decirle a nuestro artista:
“Quiyo, que yo también soy de Sevilla, cuando acabes me lo pasas”, Lo que
provocó un descojone total en la concurrencia, aunque hay que reconocer que
la ingenuidad de nuestro compañero le provocó un sentimiento de frustración,
cuando se percató de que todo era una “vacilada” de un compañero con dotes de
humorista. Pero esos ratos, a fin de cuentas, eran los que nos hacían más
llevadera la existencia en el BIR.
Y de esa manera acabó la tarde, volviendo al BIR tras haber intervenido en
la gran batalla de la duna madre, y sin bajas ni graves ni leves, entonando
a coro alguna cancioncilla como la “Quinto peluso, no llores mas, mira tu padre,
mira tu madre, que alegre está”, que nunca entendí si se suponía que estaban
alegres por haberse librado temporalmente de nosotros, igual que cuando los
padres vuelven a llevar al colegio a sus niños después de las largas vacaciones
del verano, o bien porque estaban contentos de vernos tan buenos
servidores a la Patria.
Por Emilio Cisneros
Emilio Cisneros
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