|
LA NOCHE EN EL MAR (DEL 16 AL 17 DE OCTUBRE DE 1968)
El día 18 de Octubre de 1968, y en los Juegos Olímpicos de México, un
atleta negro de EE.UU., de nombre Bob Beamon, consiguió la medalla de
oro de salto de longitud con un récord que pareció de otro planeta: ocho
metros con noventa centímetros, superando en 55 centímetros el record
anterior, y consiguiendo algo que no se sabía entonces, que dicho record
iba a permanecer en lo mas alto durante casi 23 años, hasta 1991, lo que
constituyó un record paralelo, el de duración de la marca mas alta en dicha
prueba, y que a día de hoy permanece, a mayor gloria de dicho atleta. La
noticia dio la vuelta al mundo, fue primera plana de todos los noticiarios,
y durante mucho tiempo se habló del salto del “marciano”, pues Beamon pareció
que había desobedecido la ley de la gravedad terrestre.
Como podeis comprobar, en nuestro planeta sucedían cosas de gran impacto
informativo, pero por otro lado, solo cuarenta y ocho horas antes, en otra
parte del mundo se desarrollaba otra historia mas modesta y desconocida, en
la que un grupo de reclutas, recién llegados de la Península, esperaban en
el cuartel de transeúntes de Las Palmas, ubicado en La Isleta, a que se
culminara la última etapa de su viaje al Sahara, donde mal que les pesara,
deberían permanecer un mínimo de catorce meses ininterrumpidos, cumpliendo
las obligaciones militares que el Estado imponía a todos los varones españoles
que llegaban a la edad de 21 años. Esta situación, que no trascendía a los
noticiarios, era sin embargo la de mas impacto personal en el grupo de reclutas,
que veían como poco a poco se acercaba el momento definitivo, y a fin de cuentas,
con el deseo de empezar a descontar hojas de calendario, aún con el largo porvenir
que se nos antojaba casi eterno.
El grupo de reclutas, que provenía de Cádiz, había llegado a Las Palmas dos días
antes, viajando a bordo del “Plus Ultra” en una travesía de casi tres días, y se
componía de unas quince personas, que por variadas circunstancias, se habían quedado
fuera de los viajes ordinarios en que la práctica totalidad de los reclutas eran
trasladados al Sahara, primero en tren, luego en barco. Al haber quedado en la
Península, las incorporaciones posteriores venían a ser una especie de “goteo”
continuado, pero con un mismo destino para la mayoría: el BIR nº 1.
Y digo la mayoría y no la totalidad, porque las situaciones eran diferentes
para algunos, ya que había excepciones, como los que se “reincorporaban” al
servicio militar tras un período de enfermedad y convalecencia prolongado, que
se volvían a encontrar en camino a su acuartelamiento, un año mas tarde de haberlo
dejado, víctimas de enfermedades infecciosas de larga recuperación.
Pues siguiendo la historia, el día 16 de Octubre, sobre las seis de la tarde,
nos informaron de que debíamos preparar la maleta, mochila o bolsa, que esa
misma noche, se nos embarcaba con destino al Sahara. Allí formamos, vestidos de
paisano, con nuestras melenas (todavía) al viento, y pasito a pasito, que el
andar es muy sano, bajamos desde la Isleta hasta el puerto, pasando por delante
de los puticlubs que ya comenzaban a abrir sus puertas, así que por si acaso,
aprovechamos para echar un postrer vistazo a las ajadas carnes de las “lumis”,
no fuera a ser que en el futuro perdiéramos referencia concreta de los atributos
sexuales de las hembras, y tuviéramos alguna falta de concentración en las
“manualidades” con las que presumíamos iban a ejecutarse nuestros placeres
mas a mano, y nunca mejor dicho.
Al llegar al muelle, nos impresionó, por lo pequeño, el tamaño del barco llamado
“correíllo”, al que apenas se le veía sobresalir sobre el nivel del muelle. Los
utilizados en aquellos tiempos eran el “Viera y Clavijo” y el “Leon y Castillo”,
que habían sido botados en 1.912, por lo que tenían una edad respetable, y una
apariencia un tanto obsoleta. Sus dimensiones eran de una eslora total de 67 metros
y una manga de 9, para quien se quiera hacer una idea del tamaño del buque, una
ridiculez en comparación con los modernos cruceros de hoy en día, con mas de 200
de eslora y manga de 37. El Plus Ultra, en el que habíamos viajado de Cádiz a Las
Palma, tenía 99 metros de eslora y 14 de manga.

No lo podría asegurar al 100%, pero si tuviera que apostar creo que
fue el Viera y Clavijo el que nos llevó, a lo largo de aquella noche,
desde Las Palmas hasta Playa Aaiun.
Por lo que he leído posteriormente, el “Viera y Clavijo” fue utilizado por el General
Franco en vísperas del comienzo de la Guerra Civil, para trasladarse de Santa Cruz de
Tenerife a Las Palmas, desde donde tomó el ya mas famoso avión “Dragón Rapide”. Así que
el barco era parte de la Historia de España, aunque en aquel momento lo ignorásemos todos,
y de haberlo sabido, tampoco le hubiéramos dado excesiva importancia, dadas nuestras
otras preocupaciones.
Pero bueno, como digo, no había elección, y allí nos metimos o nos metieron, esperando
la hora de zarpar, que aún faltaba tiempo. Nuevos pasajeros, también reclutas, se
incorporaron en el propio barco con destino al Sahara, y nos comentaron que habían
hecho el viaje hasta ese momento por su cuenta, sin apoyo logístico del Estado, al
que al parecer no le importaba ni mucho ni poco si viajabas a su costa o pagándolo
de tu bolsillo, siempre que aparecieras algún día en el acuartelamiento. Que duda
cabe que si disponías de dinero, siempre era mejor tener tu propio camarote, tu comida
en el restaurante del barco y tu hotel en Cádiz o Las Palmas, pero eso no era sino la
confirmación de una cosa bien sabida y es que siempre ha habido clases, hasta para
ir a la mili.
Tras recorrer el barco, cosa que no nos llevó mucho tiempo, descubrimos una zona
noble, a nivel de cubierta, y otra mas modesta, en una cubierta inferior, que
disponía de una serie de compartimentos con literas, separados por tabiques, y
sin puertas, algo así como los departamentos con literas de los trenes. Pero
nuestra ilusión duró poco, pues resulta que la zona noble no era para nosotros,
cosa que nos imaginábamos, pero la zona de literas, era de pago, y aunque no
recuerdo su precio, no era nada barato, pero bueno, en función de sus posibilidades
cada uno eligió su modo y manera de pasar la noche. Tampoco teníamos acceso al
restaurante, pero el Ejército nos había suministrado un bocadillo de mortadela y
un plátano de postre, así que por ese lado nos podíamos ahorrar el condumio.
La cuestión está en que la mayoría de nosotros teníamos un cierto desasosiego
monetario, porque el que llevábamos de origen se nos iba de las manos, en
pequeños gastos y algunas cervezas y bocatas de refuerzo a la dieta militar,
y no sabíamos cuando se nos podría reponer al no poder dar a nuestra familia
un destino concreto y definitivo durante nuestro periplo para que nos mandaran
el oportuno giro. En mi caso, llevaba nueve días fuera de casa, cuando pensaba
que el viaje duraría tres o cuatro días, y prefería economizar los
extras no necesarios.
Así que la opción mas económica por ser gratuita era la cubierta, pero sin manta,
estera o simple tela o trapo en que envolverte, que la noche se Venía encima.
Menos mal que el clima de las Islas Canarias es el que es, y aquella noche era cálida
y sin oleaje, aunque muy oscura, por lo que al poco de zarpar no podíamos distinguir
mas que lucecillas lejanas y mas tarde ni eso.
Poco a poco nos íbamos tumbando en cualquier parte, intentando coger una postura
cómoda, pero no era nada fácil, que los duros cabos de maniobra no eran precisamente
un colchón, y en mi caso, repartí la noche entre un felpudo de entrada a la zona
noble y el interior de una barca de salvamento, pero no creo que llegara a dormir
mas que minutos sueltos. Mientras tanto, en la zona noble se oían risas y voces
femeninas hablando en idioma no reconocible, cosa que me sorprendió, aunque alguien
nos comentó que no eran pasajeras “normales” sino ligues de algún miembro de la
tripulación. Fuera lo que fuese no se dejaron ver por la cubierta, cosa que no me
extraña, al estar ocupada por individuos sucios, desarrapados, y tumbados a lo largo
y a lo ancho del barquito, que debíamos dar una impresión no muy grata a la vista e
incluso al olfato.
Las meditaciones y pensamientos de aquella noche no fueron muy diferentes a los de
días anteriores, y se componían de una mezcla de tristeza, nostalgia e inquietud,
pero acompañado por dosis recargables de fortaleza interior y también curiosidad
por ver por nuestros propios ojos lo que hasta ahora no habían sido sino relatos,
que además sospechábamos exagerados, o al menos eso queríamos creer. Hay momentos
en la vida de cada persona en que te enfrentas por vez primera a nuevas situaciones,
ya desde niño, con el primer día de colegio, o mas adelante en el primer día de
trabajo, y desde luego todos sabíamos desde muchos años antes que el servicio militar
estaba en nuestras vidas esperando a que cumpliésemos la edad reglamentaria para
marcar otra muesca en nuestras vivencias y experiencias personales. Así que, una
vez llegado el día, lo mejor era empezar cuanto antes.
Cuando por fin la oscuridad dejó paso a las primeras luces del alba, distinguimos
en el horizonte una franja amarillenta que cubría todo nuestro campo visual.
Estábamos viendo por primera vez en nuestra vida el continente africano, pero
la impresión de vacío, de desolación, de desierto, en suma, no contribuyó a
levantar nuestra decaída moral.
El encargado de las literas había preparado café con leche, previo pago, claro
está, y ese fue el “especial” desayuno en cubierta que nos tomamos mientras
hacíamos comentarios, y no muy alegres, sobre el paisaje que teníamos
ocasión de ver.
Poco a poco la costa se fue haciendo mas próxima, el sol ya había salido,
y el día era espléndido, con el mar como una balsa, y aunque distinguimos
algunos edificios, eran tan pocos y de dimensiones tan reducidas, que la
imagen primera del gigantesco arenal seguía imperando en nuestro
afligidos corazones.
Al pronto vimos acercarse un vehículo anfibio, que para los pocos que éramos,
ya era suficiente, y me acordé de cómo otros reclutas habían relatado las
dificultades para saltar del barco al anfibio, en situaciones de mar movida,
y que incluso en algunas ocasiones se habían producido golpes, esguinces, y
hasta alguna fractura. Por suerte para nosotros, la escasa altura de la borda
del correillo hacía muy facil el acceso al anfibio, tanto es así que ni siquiera
hubo que saltar, pues desplegaron una escalera cuyo último escalón coincidía con
la cubierta del anfibio, así que realmente fue cómodo y sin problemas.
Con todo el grupo dentro del anfibio, nos dirigimos rumbo a la costa hasta encallar
en la arena, donde con un rugido de motores, el pez se hizo mula, y ascendió por la
playa tierra adentro, con lo que nos dimos cuenta que el anfibio, una vez sobre sus
ruedas, tenía mas altura de la que parecía. El vehículo continuó su trayecto hasta
detenerse en zona asfaltada, y de ahí al suelo, en un deportivo salto, que si había
o no escalerilla para bajar, no nos la ofrecieron, pero bueno, tampoco es para poner
pegas según llegas de invitado a una casa.
Así pisamos el continente africano un grupillo de reclutas el 17 de Octubre de
1968. Pero como dije al principio, la noticia que dio la vuelta al mundo veinticuatro
horas mas tarde fue el salto de Bob Beamon. Otras noticias, otras historias mas
anónimas, empezaban a contarse aquel día para otros muchos, entre ellos los recién
llegados al Sahara español, camino del BIR nº 1.
Por Emilio Cisneros
Emilio Cisneros
|