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Reflexiones personales sobre la mili en el Sahara 
Por Emilio Cisneros

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Capítulo primero

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE LA MILI EN SAHARA

Invitado por la sugerencia que hace nuestro admirado Juan Piqueras, que ha conseguido hacer revivir pasajes de nuestra vida que creíamos olvidados, me lanzo a recordar vivencias, sin ánimo autobiográfico, que quizá no consiga, ya que lo que pretendo, humildemente, es recoger las diferentes experiencias y situaciones que una parte de nuestra juventud tuvo que asumir, posiblemente como la primera vez que nos exponíamos a algo nuevo, difícil y nada atractivo.

Quisiera empezar por decir que en aquellos años de finales de los sesenta (personalmente mi experiencia empieza un 7 de Octubre de 1.968, en Madrid, y finaliza el 17 de Diciembre de 1.969, despegando de El Aaiun hacia Las Palmas, ya de civil) la sociedad española tenía una estructura diferente, que trataré de resumir: la mayoría de los soldados, que estaban entre los 21-22 años, eran trabajadores por cuenta ajena, con un alto porcentaje de trabajadores manuales y agrícolas, mucho menor de oficinistas y similares, con novia "formal" en muchos casos, y viviendo en casa de los padres, esperando la vuelta a la Península para, en cuanto fuera posible, casarse y formar una familia. Este conglomerado de personas, que van a pasar juntos mas de un año, sin conocerse de antes, forma una experiencia que solo puede compararse a la que hubieran podido tener alumnos que estudiasen en un internado, pero hay que reconocer que para la mayoría era la primera salida de casa, con todo lo que ello suponía, el cambio de las comidas de nuestras madres a dietas menos preparadas , el tener que buscar nuevos amigos entre los compañeros, y todo eso, en una disciplina de obediencia en la que había que apechugar con todo, incluso lo que no te gustaba.

Casi todo el mundo iba con cierta aprensión, por informaciones de gente que había estado allí antes, y que mitad por darse valor, mitad por acongojarte (ponerte los congojos de corbata) te contaban cosas terribles, como el calor diurno, la falta de agua dulce, los pelados al cero, las condiciones del BIR en cuanto a falta de aseos y letrinas, perolas que se limpiaban con tierra, y mas cosas en ese sentido. Todo unido a la sensación de abandonar una vida mas o menos cómoda por otra mas difícil y complicada..


Mi experiencia personal de entrada en el Sahara fue, por decirlo así, a cámara lenta, pero por eso mismo no resultó tan traumática, porque dispuse de diez días para irme acoplando, junto con otras personas. Pertenezco al colectivo, más numeroso de lo que podéis pensar, que el día anterior a la salida general, mas o menos el 25 de Septiembre de 1.968, alegó exceso de dioptrías (llevaba gafas desde los trece años) porque estaba enterado de que los reclutas que tuvieran entre diez y catorce dioptrías pasaban a servicios auxiliares, que venía a ser como una excedencia de cupo, puesto que no te asignaban destino, y obviamente no te incorporabas a filas. Junto a mí, en la Caja de Reclutas 111, de Madrid, otro miope, un sordo y un cardíaco se manifestaban de la misma forma, y tras un alegato patriótico-disuasorio de un teniente, visto que nos manteníamos firmes en nuestra decisión, nos mandó al Hospital Militar Gómez Ulla, que todavía existe por cierto, a pasar un reconocimiento médico y ser evaluados, tras dicho reconocimiento, por un Tribunal Médico-Militar.

Ese mismo día pasamos reconocimiento, quedando pendientes de convocatoria para el Tribunal Médico, y mientras el sordo y el cardiaco ingresaron en el Hospital, con sus pijamas y todo, a los dos miopes nos mandaron a casa.

El día 7 de Octubre fuimos convocados al Tribunal Médico-Militar, y comprobé, con sorpresa, que había no menos de trescientas personas haciendo cola, y que incluso había dos convocatorias mas para días sucesivos. Allí había reclutas con destino en la Península, en Ceuta, Melilla, Canarias e Infantería de Marina (éstos últimos "disfrutaban" de seis meses mas de mili, aunque no fueran a Africa, pero sí fuera de su domicilio habitual, bien en Cartagena, San Fernando o sitio de costa).

Este hecho me da motivo para una reflexión: en aquellos años, evidentemente, no existía ni se reconocía la objeción de conciencia, la insumisión se castigaba con cárcel y posterior servicio militar en batallón disciplinario, así que la única vía de escape era la objeción por motivos de salud. Por tanto, todo aquel que tenía deformidades en los pies, o en las manos, miopías, alguna taquicardia, algún proceso infeccioso anterior tipo hepatitis, lo alegaba con toda la esperanza del mundo.

No quiero entrar en cuantos casos estaban justificados o no, pero es cierto que en algunos casos se detectaron inutilidades con el recluta ya en el BIR, y por eso tengo la impresión de que el Tribunal Médico-Militar hacía tabla rasa. Mi comparecencia duró diez segundos, el tiempo justo que un Oficial, tras leer mi nombre dijera "Apto". A mi compañero "de dioptrías" le dijeron lo mismo, y ahí nos tienes en el barrio de Carabanchel de Madrid sin que nadie nos informara de los pasos a seguir, porque el Tribunal Médico-Militar no estaba, evidentemente, para esos menesteres.

Como nuestro reemplazo ya estaba en el Sahara desde finales de Septiembre, la incorporación de los "enfermitos" dados como aptos se producía de modo individual, según iban saliendo los dictámenes del Tribunal Médico-Militar. Así que, obsequiados por nuestra Caja de Reclutas con un billete gratuito hasta El Aaiun en la modalidad tren mas barco, iniciamos el mismo día 7 de Octubre de 1.968, por la noche, nuestro primer recorrido: Madrid-Cádiz. El Ejercito era tan generoso que te pagaba un billete de 3ª clase, pero incluso en aquellos tiempos RENFE se estaba modernizando y la 3ª clase estaba desapareciendo, así que de Madrid a Cádiz no había tren directo en esa clase, de modo que para ahorrarnos incomodidades, aflojamos de nuestros bolsillos la diferencia para poder subir al expreso en 2ª clase, que era la mas barata en ese tren, pero tenía la ventaja de ser sin trasbordo en Sevilla, y mas rápido. Aun así, eran diez-once horas de viaje.

La experiencia del veterano se adquiere con el tiempo de mili, pero para dos reclutas recién llegados a Cádiz, lo primero que se nos ocurrió, pues nadie nos había orientado lo mas mínimo, es ir al puerto y preguntar por el barco a Las Palmas, como si fuese tan fácil como coger un taxi, pero tras muchas preguntas y algunas respuestas, nos informaron de la existencia del cuartel de transeúntes, y decidimos darnos al pescaito frito, afeitarnos en una peluquería y disfrutar de una horas de libertad yendo al cine. Recuerdo todavía la película, "Sola en la oscuridad" en la que: Audrey Hepburn ciega, es perseguida por un asesino dentro de su propia vivienda. A última hora de la tarde, decidimos entregarnos a las fuerzas militares.

El cuartel de transeúntes de Cadiz, en el año 1968, estaba en la parte del istmo, junto a una Plaza de Toros que ya no existe, y se había dedicado parte de un pabellón para los soldados en tránsito hacia Canarias y el Sahara. Allí se encontraban nuestros nuevos compañeros, cada uno con su causa o motivo. Entre ellos, dos desertores de Paracas, que tras una pena de cárcel, iban destinados al Batallón de Cabrerizas a finalizar su período de mili pendiente. Otros dos chavales, se incorporaban tras haber sido dados de baja durante un año a causa de enfermedad , incluso uno de ellos tenía que volver al Sahara para completar cuarenta días que le quedaban, sin posibilidad de realizarlos en la Península, pese a tener los pulmones bastante delicados. El resto, como nosotros o alguna prórroga por exámenes, u otras circunstancias personales. Este pequeño colectivo, de unas diez personas, permaneció en Cádiz hasta el 12 de Octubre, sin hacer otra cosa que dormir de noche echar la siesta por la tarde y pasear en el tiempo libre por la ciudad y sus playas, hasta que ese día (El Pilar) a las 12 de la mañana, en el barco de transporte regular de pasajeros Plus Ultra, partimos hacia Las Palmas. En el barco se incorporaron unos veinte legionarios, al mando de un cabo de diecinueve años, que llevaba unas gafas Rayban de las que no se desprendía ni de noche, y que gozaba como un enano cuando a la mínima, mandaba cuadrarse a legionarios diez años mayores que él, y les soltaba unas hostias en plena cara, que me extrañó que llegara a Las Palmas sin que cayera por la borda. Nosotros, todavía de paisano, con nuestro cabello aun intocado, y sin ningún mando directo sobre nosotros, parecíamos un grupito de turistas mochileros camino de las Canarias.

El Plus Ultra, del que hay fotos en la página de Juan, había sido botado por primera vez en 1.928, desplazaba 4.300 Toneladas, y estaba un poco cascadito a sus 40 años de servicio. Disponía de tres categorías de alojamiento, camarotes de 1ª, 2ª y 3ª clase, con sus restaurantes respectivos, y el destinado a los pasajeros menos pudientes, digamos una 4ª clase, estaba situado bajo la cubierta de proa. Era una cámara dividida en dos zonas, en la que se montaban literas dobles, dotadas con una colchoneta de gomaespuma, sucia hasta decir basta. Al lado el cuarto de lavabos, letrinas y duchas, y un poco mas arriba el restaurante de 3ª clase en el que haríamos el desayuno, comida y cena durante nuestra travesía. En la cámara citada se amontonaban aparte de la reclutada y los legionarios, otros personajes, entre ellos un hombre pequeñito, que alardeaba de tener veintiún hijos, y como no le creíamos nos enseñó una foto en la que estaba retratado junto con su familia con el mismísimo Franco, y es que había sido premiado como familia numerosa de primer orden. También viajaban una pareja de suecos medio hippys, y la nórdica, típico producto escandinavo, rubia, escultural, fría y seria, supuso para algunos un desahogo mínimo, porque los pellizcos y toqueteos eran constantes, y aunque en ocasiones se defendía, junto a su novio o compañero, la verdad es que estaba en una posición de desventaja increible. No es para estar orgullosos de nuestra actitud, simplemente recuerdo lo que sucedió, de todas formas el capitán del barco les consiguió un camarote de 3ª clase para que al menos por la noche la cosa no pasara a mayores. También venía un saharaui de raza negra, que perdió todas sus pertenencias jugando a las cartas, y pretendía denunciar que le habían robado sin que nadie le hiciera caso. Todo ese pequeño universo navegó durante dos días y medio, hasta que el lunes 14, sobre las nueve de la noche atracamos en el puerto de Las Palmas. Allí, el que tenía dinero (no era mi caso ni el de la mayoría) pasó del cuartel de transeúntes y se buscó alojamiento por su cuenta, y el resto nos desplazamos al barrio de la Isleta, donde se ubicaba el alojamiento de transeúntes. Las condiciones de alojamiento eran peores que en Cádiz, dos barracones de madera en mitad de un descampado, aunque dentro del recinto militar, uno para los legionarios, otro para los reclutas, similares a los que íbamos a encontrar muy pronto en el BIR. El recuerdo mas penoso era la falta de agua, debía estar cortada o racionada, y después de una cena de garbanzos con callos regada con medio vasito de sangría dulce, asaltamos la cocina, que sí disponía de agua corriente, y bebimos toda la que pudimos hasta que nos echaron a cinchazos y golpes los veteranos del cuartel que acudieron a ayudar a sus compañeros.

Todo este viaje, que ya duraba una semana, sin ninguna obligación de tipo militar, parecía algo absurdo e ilógico, de turistas a pensión completa en ruta hacia un destino que no llegaba nunca. Lo ilógico, es que el primer trabajo que hicimos fué recoger piedrecitas de una zona, para meterlas en una latita, y depositarlas en otra parte, con la excusa de allanar un camino de tierra. Simplemente era por tenernos ocupados hasta la tarde, en que salíamos a pasear, e incluso a bañarnos en la Playa de las Canteras.

Por fin el 16 por la tarde, cuarenta y ocho horas después de haber llegado a Las Palmas, nos llevaron al puerto para tomar un último barco, de los llamados "correillos". No he conseguido recordar si era el "León y Castillo" o el "Viera y Clavijo", desde luego sé que era uno de los dos, y parecían barcos de juguete, de hecho el barco estaba por debajo del nivel del muelle, esto es que en vez de subir al barco, bajabas a él, y como de costumbre, aunque ya lo suponíamos, el que quería cama se la tenía que pagar, y respecto a comida, peor que en el Plus Ultra, con un bocadillo de mortadela por cena y un plátano de postre, emprendimos la ruta de las actuales pateras pero en dirección contraria, esto es de Canarias al Sahara. Así que tras una noche tirados como perrillos por la cubierta del barco, salvo los pudientes que, como dije antes, se pudieron pagar una cama, amanecimos en el típico dia soleado pero no caluroso con Playa Aaiun ante nuestros ojos. Un poco mas tarde, y ya mas cerca de la costa, se aproximó un anfibio que en una maniobra fácil nos trasladó sin problemas hasta la costa. Otros compañeros debían seguir viaje hasta Villa Cisneros, y según me comentaron meses después, en que tuve ocasión de ver a uno de ellos, trasladado al Aaiun, no se había previsto darles mas comida en todo el viaje así que el que no tenía ya dinero solo recibió mendrugos de pan fritos en aceite, que les daba por caridad el cocinero del barco, porque el Ejercito no había previsto que un bocata de mortadela no es suficiente para mas de veinticuatro horas. En cuanto a nosotros, como ya he dicho, un 17 de Octubre por la mañana, once días mas tarde de mi salida de Madrid, tocamos tierra del continente africano.

FIN CAPITULO PRIMERO