HAN PASADO 40 AÑOS
Domingo,
veintiuno de mayo de 1967, 10
h., el tren se pone en marcha y se empieza a alejar del andén donde
quedan mis padres, mi novia, familiares y amigos. Por delante queda la
incógnita de lo que sucederá. No sabemos exactamente cuanto tiempo
durará la separación, suponemos que como mínimo, un año.
Empezó todo el día anterior, 20 de mayo, cuando a las 9 h. de la mañana
me tuve que presentar en
zona de reclutamiento de Barcelona que estaba situada en la calle
Comercio. Allí me encontré con todos los demás reclutas que teníamos
que marchar hacia el Sahara para cumplir nuestro servicio militar. No
recuerdo que nos sintiéramos compungidos o tristes, más bien creo que
estábamos eufóricos, quizá como reacción al temor a lo desconocido.
Después de pasar lista, nos leyeron unos artículos del Código de
Justicia Militar. Recuerdo que todos menos uno terminaban en pena de
muerte, y el que no, en cadena perpetua, ¡Muy animoso para empezar!
Acabada la introducción, nos llevaron al cuartel de Intendencia que se
encontraba situado detrás del parque de La Ciudadela. Nos formaron en
el patio y nos entregaron el petate, una manta, un plato de aluminio con
dos asas, unos cubiertos también de aluminio y una cantimplora con
escudilla.
Al cabo de un tiempo de estar allí de pié sin hacer nada más, nos
dijeron que los que vivíamos en Barcelona, nos podíamos marchar a
nuestros domicilios y nos teníamos que presentar en el cuartel al día
siguiente a las 8 h. de la mañana. Ni que decir tiene que todos los que
pudimos nos largamos de allí con el petate, manta, plato, cubiertos y
cantimplora.
No nos conocíamos, pero ya teníamos algo que nos unía, un destino común,
por lo que al salir ya nos fuimos juntando, hablando, conociéndonos un
poco más.
Al día siguiente, por descontado, nadie falto a la cita, no fuera caso
que nos aplicaran alguno de los artículos que nos leyeron el día
anterior.
Formamos y pasaron lista, nos repartieron unos bocadillos de mortadela y
unos huevos duros para el viaje y nos trasladaron al la estación de
Francia.
El vagón en el que íbamos era de los de tercera, pero no estaba mal.
Íbamos unos 12 por compartimiento y los asientos estaban tapizados de
plástico marrón.
Sobre las doce de la noche llegamos a Zaragoza. El tren realizaba
paradas en todas las estaciones, apeaderos e incluso en mitad de la nada
ya que tenía que dejar paso a todo el mundo puesto que el nuestro era
un convoy militar especial y en aquel entonces los soldaditos no importábamos
mucho.
No recuerdo exactamente si fue en Zaragoza o en Casetas que se unió a
nuestro convoy el procedente del norte con el contingente de reclutas
que venían del País Vasco y Navarra, así como los procedentes de Aragón.
Lunes 22 de mayo. Llegamos por fin a Madrid. A las 8 h. de la mañana el
tren hacia su entrada en la estación de Atocha. Veintidós horas había
durado el viaje. Como puede comprobarse no era un tren de alta
velocidad.
Salimos de la estación y nos llevaron a un cuartel cercano a la estación,
es lo que recuerdo, creo que era un cuartel de la policía militar. Allí
nos obsequiaron con una especie de “bazofia” que según nos
comunicaron era café con leche, pero bien, era lo que había y estaba
caliente. Al cabo de unas dos horas aproximadamente, nos sirvieron la
comida, un potaje de alubias, ¡al fin estrenamos el plato y los
cubiertos!
Terminada la comida, a formar y otra vez hacia la estación de Atocha.
Subimos a otro tren y partimos hacia Cádiz.
Sobre las 22 h. llegamos a Linares. Parada y fonda. En la estación habían
instalado unas cocinas de campaña para servirnos la cena.
Bajamos del tren, que estaba estacionado en una vía muerta
Formamos de tres en fondo y
nos dirigimos hacia las cocinas. Al primero de los tres, según
íbamos llegando, le servían el primer plato, el segundo al segundo y
al tercero le llenaban el plato de vino y tres manzanas. Después nos
poníamos en cualquier sitio entre las vías.
Allí me aconteció mí primera anécdota. En el reparto del menú me
correspondió el vino y las manzanas. Al retirarnos para buscar un lugar
donde saborear tan selecto menú, me despisté y perdí el contacto con
los otros dos compañeros, con lo que me quedo para cenar un plato de
vino peleón y tres manzanas. Suerte que en el petate tenía buen jamón
y longaniza. Después de tan suculenta cena, el tren reemprendió la
marcha hacia nuestro destino.
Martes 23 de mayo. Llegamos a Cádiz alrededor de las 6h de la mañana y
¡O sorpresa! Nos esperaba un comité de recepción compuesto por una
banda de música que nos obsequió con un concierto compuesto por piezas
tradicionales de cada una de las regiones de donde procedíamos. A
nosotros nos interpretaron “Baixant de la font del gat”, no podía
ser otra.
Salimos de la estación y tras un paseo por las calles de Cádiz, que me
pareció una ciudad encantadora pues por donde pasamos, las casas
estaban adornadas con macetas llenas de flores, entramos en el cuartel
de artillería. Después de mostrarnos nuestro dormitorio, una sala con
colchones esparcidos por el suelo, nos citaron en el patio y procedieron
a un examen médico que más que nada consistió en examinarnos las
bajeras.
El resto del día estuvimos deambulando por el cuartel ya que no
podíamos salir de allí.
No
recuerdo exactamente lo que comimos al mediodía y a la noche, pero no
debió de estar tan mal pues de lo contrario lo recordaría.
Miércoles 24 de mayo. Primera diana. Desayunamos, El café con leche
tampoco estuvo mal. Después a formar, con los petates, y traslado a pié
hasta el puerto.
Embarcamos en el trasbordador Virgen de África. Antes de embarcar, nos
entregaron unas colchonetas y compramos
a unos vendedores ambulantes limones ya que según nos dijeron iba bien
para prevenir el mareo.
Con los compañeros, Argemí, Ariza, Arbonés, Armengol y el de Papiol
del que no recuerdo el nombre, que veníamos desde Barcelona y que ya
habíamos hecho amistad, subimos hasta la cubierta superior del buque
pues pensamos que sería mejor estar al aire libre en lugar de bajar a
las bodegas.
El barco zarpó hacia el mediodía, iniciando un crucero de casi tres días
por el Atlántico. Adiós puerto de Cádiz, adiós puerto de la Luz que
te llevas a bordo la flor de la juventud.
Recuerdo que mis sensaciones no eran de tristeza por marchar de casa. ¡Iba
a conocer el Desierto del Sahara! Aquello era fantástico. Siempre me ha
gustado la aventura, continuo practicando deportes como la espeleología,
la escalada, el alpinismo, por lo tanto era una ocasión para conocer
nuevas tierras y nuevas gentes.
Día 26 de mayo. Al amanecer del segundo día de tan placentero crucero,
vimos en el horizonte por estribor, como una franja amarilla, que a
medida que pasaban las horas se hacia más nítida. ¡Era la costa
africana!
El barco fondeó y vimos
como se acercaban unas barcazas, eran los anfibios que venían a
buscarnos. Recogimos los petates y a través de una puerta que estaba
situada a un par de metros del anfibio. Veinte minutos más tarde ya estábamos
en tierra sahariana. Nos quedaban por delante 16 MESES, 489 DÍAS PARA
SER EXACTOS.
Primeros berridos y silbatos. ¡A formar por cajas! Cualquiera no obedecía.
Petate al hombro, en fila de a tres, marchen. Frente a cada columna
marchaba el estandarte, ¡un recluta con una pancarta con el número de
la caja de reclutas!
Un fuerte viento que levantaba la arena que nos acribillaba
la cara y los brazos nos acompañó durante los dos kilómetros que nos
separaban del campamento. Más tarde nos enteramos que el vientecillo le
denominaban “Siroco” y que nos acompañaría durante bastante
tiempo.
¡Por fin el B.I.R.! Nuestro hogar en los próximos tres meses.
Entramos por la puerta grande, no había otra, dos torreones que
flanqueaban la línea de alambradas que circundaban el campamento. Unos
barracones dignos del mejor campo de prisioneros alemán.
Nos condujeron al comedor. La primera comida. Y la recuerdo con cariño.
Sopa de fideos y una especie de bistec con lo que parecía ser una
ensalada. Me supo bien, sobre todo la sopa, quizá después de la comida
en el crucero necesitaba comer algo caliente.
Después de comer nos enseñaron nuestros apartamentos. Nos dijeron que
aquella urbanización estaba
dividida en compañías. A mí y a los compañeros de Barcelona nos
albergaron en la 3ª compañía primer
barracón, el único que tenía luz eléctrica, debió de ser por algún
fallo de construcción, pero no teníamos vistas al mar.
Después de tomar posesión de la litera, primera superior entrando a la
derecha, nos volvieron a llamar para asistir a servicio de peluquería.
¡Adiós pelo, querido tupé, ahí te quedas!
Por la noche, después de cenar, nos dijeron los nombres de las personas
que estaban a nuestro servicio para atendernos en todo:
Comandante del B.I.R.: D. Hermenegildo Torres Jiménez
Tercera compañía:
Capitán: D. Agustín Bethencourt Guerra
Teniente: D. Antonio Fernández González
Cabos primeros: D. Antonio Martínez
Martínez
D. Rufino Franco Labrador
D. Eduardo Sánchez Cardús
D. Miguel Pobre Redondo
Hace
cuarenta años, que yo tuve una ilusión.
Esperando que llegara la licencia.
JUAN
ARMENDÁRIZ ANDREU |