Relatos José Meneses Laserna
1 - Relato 61 - A sus órdenes mi Capitán - Historia de una falla - (17-12-2008) |
¡ A sus órdenes, mi Capitán ! - Historia de una falla) -Por José Menese Laserna - (17-12-2008) |
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¡ A sus órdenes, mi Capitán ! - (Historia de una falla) - Siempre me han dicho, que para que un pequeño relato consiga atraer la atención desde el principio, debe de mostrar la suficiente curiosidad en el que lo lea, que le obligue a seguir leyendo para saber de qué va la trama. Como que ni soy escritor (ni a estas alturas lo pretendo ser), simplemente, me decido a iniciar mi pequeño relato desde el principio (que es como se deben de hacer las cosas). Y el principio de esta historia fue el día 17 de enero de 1.970, (sábado), en que acompañado de mis amigos y familia, me presenté en el cuartel de la Alameda en Valencia, que era mi caja de reclutas (la 311) para incorporarme al Ejercito y a mi destino, que estaba en el Sahara, según “la papela” de presentarme y que buenamente me hizo llegar a mi domicilio un miembro de la guardia civil de mi pueblo. Allí estábamos todos, entre bromas, (mis amigos), alguna lágrima (mi madre, particularmente) y yo que, por una parte, intentaba tranquilizar a mi madre, por otra, recibía las chanzas de los amigos y por otra, reciclaba los últimos consejos que me había dado mi padre antes de salir de casa “!! hijo, en la mili, voluntario, ni a comer paella ¡¡”. En todas esas estábamos, cuando nos mandan formar en el patio, (ya ves tú, ni puta idea de “na”), nos dan un petate, marmita y cubierto múltiple ( si, ese, el de la cuchara, el tenedor y cuchillo que valía para toda la mili, según nos dijeron al dárnoslo) y nos dicen que a casa. Yo ya me veía “licenciao” por falta de espíritu militar, cuando la voz del sargento que mandaba aquella tropa, resonó detrás de mí, y dice con una voz de tenor engolado : “!permiso hasta el lunes a las seis de la mañana¡” “!al que no se presente, lo “empapelo” y lo mando fusilar¡”. Yo me dije, “no hay mal que por bien no venga” a la vez que pensé, “con este sargento, no voy a ir muy lejos”, así que, despidiéndome de mi madre, (a la vez que le prometía que iría el domingo a comer con toda la familia en pleno), me marché con los amigos a acabar la juerga que empezamos el viernes por la noche “de despedida”. No he querido decir nada antes de la “cena de despedida”, por que todos hemos tenido las mismas circunstancias y motivos, pero ya sabéis que es donde aprovechábamos para despedirnos de nuestras amigas, novias (algunos éramos ricos y teníamos más de una, (¡qué cara teníamos¡). Después de la comida en las Termas, nos fuimos al “Capri” (de Paterna) a continuar con dichas labores. Ni que decir tiene, que a estas alturas del viaje, a mi me quedaba poquito pelo en la otrora bien surtida melena, (por aquello de “los bitels” y “los rolins”), bien por que las chicas, en un rasgo de ternura, te cortaban… “un mechón de tu cabello, para acordarme de ti cuando estés en África…” o bien, por que los “amiguetes” te decían: ..” para que co… quieres tu el pelo, si te van a dejar como una bombilla cuando llegues..”. Bueno, para no hacerlo más largo, diré que asistí a la comida familiar del domingo, me volví a “redespedir de todos otra vez, y como llevaba una “buena guardia de corps” a las seis de la mañana del lunes, aparecimos otra vez por la caja de reclutas. Ultimas despedidas, subida a los camiones, paseo por Valencia en “descapotable”, llegada a la “estasioneta” y subida al tren “borreguero”, que entre chillidos y graznidos de nuestro sargento, (creo que perdió la voz..), a mi me dio tiempo a componerle una canción muy famosa (en el patio de mi casa) cuyo titulo era “me c.. en la leche, que tomó la oveja, que dio la lana, para hacer la sotana, del cura que te bautizó..”. Del viaje en tren desde Valencia a Cádiz, no os aburriré. Sí os digo que allí, descubrí otra España. Maños y Catalanes a los que nos uníamos (venían de atrás), Madrileños que se añadían en Alcazar de San Juan, Manchegos que se nos incorporaban y Andaluces a los que recibíamos en cada estación borreguera que parábamos, bien para hacer avituallamiento, nuestras necesidades y el necesario suministro de tabaco para los que padecían de dichos vicios. Ya en dicho trayecto, comenzaron a hacerse los primeros grupos, bien por afinidades de región (entonces no habían autonomías), bien por cercanía de asiento y vagón o bien compañeros de “timba”, ¡que en algo había que entretenerse, leches¡. Para los gaditanos que nos vieron llegar al cuartel de transeúntes, creo que no éramos nada especial, (por su costumbre de recibir a los “soldaditos” en dicho cuartel), pero para nosotros, (al menos, los que no conocíamos Cádiz) fue una sorpresa descubrir la cantidad de “pescaito” que había en los mostradores de todos los bares de dicha ciudad, que te acompañaban con la bebida que pidieses, lo bonita que era la ciudad y el descubrir una forma de hablar con un gracejo muy particular y simpático a mis oídos. Después del “tiempo reglamentario”, (en espera del Ciudad de Cádiz), se nos dio la orden de subir al barco, no sin antes, pertrecharnos de los “avituallamientos necesarios”, (ginebra, coca-cola y limones). Los limones se llevaban con la excusa de tomarlos para no sufrir de mareos, pero los mareos que algunos cogimos (y que más de uno dijimos que eran “consecuencia del oleaje”) se los debimos al “tablón que pillamos”, mas que al estado de la mar. Allí, en la cubierta del barco, siguiendo la estela que hacía en el oleaje y al alejarnos cada vez más de tierra firme, se formó un coro amalgamado de cientos de voces, cantando el “Adiós con el corazón, que con el alma no puedo…”, que a mas de uno le puso la piel “como escarpias”. Empezamos a descubrir que ya no estábamos en casa, con nuestra mamaíta cerca, que el desayuno no nos los llevaban a la cama y que “aquello” que nos daban cada día, le llamaban “rancho”, (¡más un huevo duro¡). Fue en dicho barco, cuando muchos descubrieron lo que en economía, llaman usura. Los que fumaban, (y se les había acabado los suministros), primero, acabaron con las existencias de cigarrillos del bar. Después, pedían a los amigos cercanos, y cuando se empezó a correr la voz de que ya no había tabaco en el barco, vagaban como alma en pena, prometiendo que pagarían lo que fuese por un pitillo, momento que aprovecharon los usureros, para sacar las existencias del tabaco y ponerlo a la venta, a precios más caros que los pisos actuales. ¡aquello si que era inflación¡. Ni que decir tiene, (pues los más veteranos conocen las “delicias de dicho viaje”, que más de uno añoró la tierra firme. Que aquellos grupos que se formaron a la subida del tren, su trayecto, y durante la convivencia en Cádiz, cada vez estaban mas definidos. Así juntos, llegamos un día a una costa que nos dijeron que era nuestro destino, pero que debido a las inclemencias de la mar, zarpamos en dirección a las Palmas, en cuyo cuartel de la Isleta, nos dieron un baño ¡a las tres de la mañana!. Así, bien “lavaos”, fresquitos y con mas mierda que el palo de un gallinero, después de los días de viaje que llevábamos, embarcamos otra vez y ¡rumbo a Africa ¡. Al fin, de madrugada, avistamos la costa y nos acercamos lo que más pudimos, viendo venir a nuestro encuentro, algo parecido a unas barcas, y cuyos tripulantes , (después nos dimos cuenta) hacían un olor a ron con miel que sabía a nuevo….. Se nos dijo, que nos tirásemos con nuestro petate a cuestas y así lo hicimos, unos con más fortuna que otros, pues los primeros al estar la lancha sin gente, según cómo se tiraban, rebotaban en la madera de los anfibios y más de uno hubo que “repescarlo” del agua. Tuvimos bastantes heridos, con roturas de brazos y piernas (a algunos de ellos, les duro la convalecencia hasta el día de la jura de bandera). Allí, mientras “los que mandaban”, nos metían en unos camiones “descapotables”, aún me dio tiempo para componer una canción, muy famosa en mi WC que decía así: “Me c… en la cabra que dio la leche de quien organizó dicha excursión”. Ya estamos en Africa. Hemos tocado su fina arena de cabeza playa. Una ligera brisa nos recibe, con la particularidad de que viene un poco caliente. Al instante, dos cosas me chocaron a los ojos; una, la luminosidad y claridad, sin nubes y la otra, ¡joer¡ ¿que hacían allí, dos marineros vestidos de primera comunión?. El paseo ofrecido por aquellos “lejías”, (perdonad, pero yo fui “pistolo”), y que nos condujo unos cuantos kilómetros por la orilla de la playa, nos sirvió para descubrir las primeras dunas que habíamos visto en nuestras vidas, los primeros camellos y multitud de cabras. Sin darnos apenas cuenta, (pues por allí no había ninguna señal de limitación de velocidad y los conductores de aquellos vehículos, creo que tenían la intención de demostrarnos que eran firmes candidatos a conducir en fórmula I), vimos al final de aquella carretera, algo parecido a lo que los valencianos bautizamos enseguida como “las Torres de Serrano”, es decir el Batallón de Instrucción de Reclutas, Nº 1. Nuestro destino como aspirantes a soldado y meta de nuestro viaje iniciado aquel 17 de Enero y que habíamos alcanzado el día 28 del mismo mes, es decir, tras once días de marcha, con la misma ropa, camisetas, calzoncillos, y calcetines. Ya veo que me ha salido un preámbulo muy largo, pero, particularmente os diré, que es aquí donde se inicia la historia que os querría relatar. El primer día del BIR, sirvió para que nos dieran la ropa, se nos asigno al barracon y la Compañía a la cual perteneceríamos a partir de ese momento (a mí, “me tocó” la 3ª), se nos pidieron los datos, fichas y se nos instruyo en el trato hacia los superiores, (allí, todo el mundo mandaba), y la forma en que debíamos dirigirnos a ellos. (No les debíamos decir Señor tal o señor cual, no. Había que dirigirse a todo el mundo con un “a sus órdenes, mi…… y aquí se añadía la graduación que tuviera a quien te dirigieses, que si mi auxiliar, que si mi cabo…etc.”). En esas estábamos, cuando, de pronto, a alguien se le ocurrió comentar que este año no íbamos a estar en Valencia en las fallas. De allí surgieron las primeras impresiones, comentarios y surgió el “pensat y fet” (pensado y echo) de la impronta valenciana. Unos cuantos, nos dirigimos al auxiliar, para pedir por conducto reglamentario el poder hablar con el Capitán de la Compañía. El sargento preguntó que para qué y al enterarse, trató de disuadirnos, pero insistimos. El Brigada, nos dijo que nos lo pensásemos, pero ante nuestra insistencia, concertó la visita. ¡” A sus órdenes, mi capitán, se presentan los reclutas que han solicitado una entrevista con Ud.” ¡ “descansad, vosotros diréis…” “pues mi capitán, se nos ha ocurrido, que estando a finales de Enero y siendo que este año no estaremos en Valencia para las fiestas, pues que venimos a solicitar su permiso para realizar una falla y celebrar dicha fiesta aquí con todos, como signo de hacer conocer nuestra fiesta al resto de españoles y celebrar al mismo tiempo el día “de la exaltación del trabajo….” (¡!no confundir con el 1º de Mayo, que entonces las cosas no eran como ahora, que estábamos en el 70 “so joios”¡!). No olvidaremos la mirada que nos dirigió (algo así como queriendo decir, ¿estáis locos?). Pero su siguiente pregunta nos sorprendió: “¿y como pensáis hacerla y con qué medios?”. Aquí, todos comenzamos a hablar a la vez, pues ya había sido motivo de comentario entre nosotros, entre puntos a los botones de la ropa y tragos en la cantina, “! Pues lo tenemos todo controlado, hay suficientes cartones de las cajas de cervezas y madera para hacerla, en vez de pegarle fuego cada día, hay pintura del mantenimiento del cuartel, y lo más importante, un grupo que nos hemos dicho que somos capaces de hacerla y que Ud. no quede en mal lugar ante sus superiores….¡”. El Capitán, no se si viendo nuestro ánimo o nuestra temeridad, nos empezó a contar que “estaba casado con una valenciana, que tenía tres hijos (dos varones y una hembra) y que su mujer siempre le estaba dando “la lata” con las fiestas de Valencia cuando se acercaban….. y que al día siguiente, le lleváramos por escrito qué podríamos hacer…..”. Nosotros, contentos y entusiasmados (¡pues inicialmente no nos mandó a limpiar perolas¡) fuimos por el resto de compañeros y empezamos a imaginar qué se podría hacer, cómo, quienes, etc… El siguiente día se nos fue entre vacunas y arreglos de ropa y captación de las personas que por sus diferentes oficios y conocimientos, podrían tener su acomodo en los futuros trabajos a realizar, (por si el capitán, nos daba el permiso). Cual no fue nuestra sorpresa, que a media tarde, un auxiliar nos mandó buscar (¡muy mosqueado¡) y nos dice que el capitán nos quiere ver “!ahora mismo¡”, que “!!.. a ver que hemos hecho, que nada más llegar al batallón, ya estáis metíos en líos..!!”. ¡ A sus órdenes mi capitán, se presentan etc….¡” “A ver, que me podéis enseñar de lo dicho anoche, todo sea que me fusilen”. Al escuchar sus palabras, aquello fue un clamor, ¡! estábamos escuchando que se nos ofrecía la posibilidad de plantearlo en serio. Que se nos había tomado en consideración!!. Después de hablar todos como ametralladoras, de los proyectos, las críticas (una falla sin crítica no existe), hasta dónde podíamos llegar, todo en caliente, nos dimos cuenta de la importancia de la respuesta que recibimos y pasamos a la “primera parte de la parte contratante”: “Mi capitán, necesitamos que el grupo que va a hacer la falla, esté a disposición de dichos trabajos y rebajado de servicios, pues tenemos 49 días para realizarlos y no queremos hacer corto de tiempo y aquí se debe de hacer una cosa con mucha dignidad“. “Mañana, le dais al brigada la lista de los falleros y el os indicará el lugar donde hacer los trabajos….”. Tras despedirnos con un “a sus órdenes, mi capitán”, nos fuimos a celebrarlo con los demás, y así, de golpe y porrazo, (como se suele decir), nos vimos convertidos en falleros “militarizados”. Se nos asignó al lado de la cantina un local que pertenecía a mantenimiento del batallón. (Por cierto, nunca un local fue tan “estratégicamente” bien situado, pues creo que el consumo en cervezas creció por encima de la media….). Nuestra primera misión, fue la recogida de materiales que pensábamos nos servirían para dichos fines, (maderas, cajas de queso, cajas de cartón, pinturas etc.) y a todo esto, las ideas, iban y venían, haciendo propuestas que unas se tomaban en serio y otras, se desechaban por descabelladas. Y surgió que “una falla, sin fallera mayor, no es una falla…” “..una falla, sin tracas, nos es una falla…” “una falla, sin música, no es una falla…”, y a esto se añadía el “llibret”, “la barraca”, “la despertá”, los buñuelos, la “chocolatá”. Todos los falleros nos comprometimos a pedir cosas de Valencia (instrumentos musicales, los que los tocábamos, “traca” y cualquier cosa que sirviera a nuestros fines). Nuestra falla, iba a representar, (en forma de bromas), nuestra nueva vida. En cada ángulo inferior, estarían representados: el viaje al BIR, el temor a lo desconocido, el desembarco y la alegría del futuro regreso. La basamenta en cada lado, criticarían las situaciones de la cantina (donde los veteranos gozaban de preferencia); los jaleos de la formación, el lavadero y el “hotel imaginaria”, (siempre dispuesto a recibir nuevos “clientes”. Cerrando la basamenta, continuaba un friso con caricaturas de lo que ocurría cuando se “cambiaba una gorra de sitio”, cuando nos vacunaban, etc. Ya en lo alto, el pito, que dirigía nuestra nueva vida soplado por los auxiliares, y que serviría de base para la gran luna, esa, donde muchas veces se encontraban nuestras pensamientos y que ni ella misma se libraba de las moscas, (permanentes invitadas a cualquier actividad en el campamento). De aquellos bocetos iniciales, salieron unas medidas, y de aquellas medidas, la distribución del trabajo. No todos los valencianos son falleros, (¡!ni todos los andaluces saben bailar garrotín!!), pero el que más o el que menos, teníamos noción de por donde había que empezar. De aquellas arenas mezcladas con yeso, salieron los moldes de un soldado, que, con aquellas cajas de cartón, (previamente mojadas) y acompañadas con un engrudo realizado con harina de amasar, nacían al sol del desierto cada día, unos “ninots”, que iban tomando forma y al que adaptábamos a su personaje con diferentes posturas, bien serrando los brazos y volviéndoselos a empalmar en actitud de saludo, o bien, haciendo simplemente la mitad de frente, (para pegarlos al friso de la falla), con lo que nos ahorrábamos más trabajos. (eso, sí; mezclado a dosis justas y necesarias del correspondiente “cocacola con “güisqui” ó con ginebra). De aquellas maderas, se realizaban las estructuras, y de alambre se formó la luna que cerraba en todo lo alto nuestro monumento. Y de esta forma, día a día, se formaba un conglomerado todo disperso y que daba la sensación de que aquello no tendría encaje en ningún lugar. A la vez, por las tardes-noches, aprovechamos para ir ensayando algunas canciones y el himno del Maestro Padilla (Valencia), aunque al final, acabábamos con rumbitas de Peret y música más o menos moderna, con el consiguiente “cabreo” de los auxiliares, los cuales, nos prometían no se qué de “imaginarias” y “cocinas” ¡! Hasta que os licencieís ¡! (pero que en aquellos momentos no podían por que “estábamos rebajaos pá tó”.) Ni que decir tiene que todos los días, recibíamos la visita de nuestro capitán, acompañado de algún que otro oficial incrédulo. No hizo falta rogarle mucho para que aceptara que su hija fuera la Fallera Mayor (creo que aceptó, cuando vio que aquello ya tomaba forma…). A falta de tres días para la planta, se nos informó que el barco que hacía el trayecto de la península, no llegaría a tiempo (debido al mal estado de la mar), con lo cual, volvimos al conocido “!!A sus órdenes mi capitán, tenemos un problema ¡! Yo creo que temiendo algo más grave, nos preguntó preocupado : “Descansad, ¿qué pasa?. Mi capitán, una falla sin “mascleta” (es decir, la traca, los petardos, el ruido en fin) no es una falla, y hemos pensado que ¿por que no solicita “a quien corresponda” que el día de la fiesta, venga un grupo de obuses, ingenieros ó lo que haga falta, y que a la hora convenida, se pongan a soltar “pepinos” y hacer el consiguiente ruido, simulacro muy parecido a nuestra “mascleta”?. Creo que nos volvió a mirar como el primer día, y creo que algo masculló, (como que “si no sabíamos que estábamos en el ejercito, que estábamos locos..” o algo parecido. El caso es que se marchó riendo entre dientes. Los tres últimos días fueron de locura, ensamblando piezas, dando retoques a la pintura, organizando las cosas con cocina para las comidas más o menos valencianas, ensayando con la rondalla, haciendo funcionar la “vietnamita” con los “llibrets”, y hasta haciendo que nos trajeran “arena del desierto” para la base de la falla. ( ¡! Qué morro le echamos ¡! ). Así, llegamos a la noche del 18 de Marzo del 70. Toda la comisión nos citamos en la cantina, para cumplir el rito de la “cena de sobaquillo y de plantá”. Mientras nuestros compañeros de Batallón dormían, nosotros, instalamos y montamos la falla con todo el cariño del mundo, orgullosos, contentos, viendo, (incluso nosotros mismos, pues al hacer cada uno unas cosas, no la habíamos visto en su conjunto) el fruto de aquellos 48 días de trabajo (“y escaqueo”). De madrugada, nos fuimos a ducharnos, nos pusimos nuestros trajes de “reclutas de gala” y cuando llegó la hora de la diana, por los altavoces, empezaron a sonar los acordes de “el fallero”, (del Maestro Serrano) y de nuestro Valencia. Con pasodobles de música, se dirigió la tropa desde sus respectivas Compañías, al comedor, en el que, con un desayuno en el que no faltaron los típicos “buñuelos”, los que formábamos parte de la rondalla, amenizamos aquel inicio del día con nuestras canciones populares, cantadas a plena voz por todos. Iba el día transcurriendo según lo previsto. A las 11 menos cuarto, toda la Comisión fallera, recibíamos a la puerta de nuestro BIR a nuestro capitán: Don Alberto Rosillo, a quien, (sin olvidarnos que estábamos en el Ejercito), dimos nuestras últimas novedades, poniéndole al corriente de lo vivido por la mañana. Allí mismo, lo nombramos Presidente de la Falla del BIR, y le “ordenamos” que recibiera a todas las autoridades que habían sido invitadas a tal efecto. Uno de los primeros en llegar, fue nuestro Coronel del BIR, quien iba acompañado de algunos Ilustres Saharauis de la “Yemaa”, así como de un nutrido grupo de oficiales con sus hijos y Señoras. A las 11 en punto, hizo entrada en el BIR, la señorita Mª José Rosillo, nuestra Fallera Mayor, del brazo de nuestro Presidente y su padre. Aquella chiquilla-mujer, (¡!estaba preciosa con su traje de fallera ¡!), representaba a nuestros ojos en aquellos momentos, a la mujer valenciana y española. A los acordes del himno de Valencia, se le impuso la Banda, (y creo recordar alguna furtiva lágrima en su bello rostro, de la emoción del momento). Después de saludarnos a todos los Miembros de la Comisión, nos trasladamos a la tercera Compañía, (donde en el espacio que dejaban cuatro barracones), teníamos montada la Falla. La Falla. Nuestra Falla. Allí estaba imponente a la vista de
todos, el trabajo de 48 días, el resultado de la cabezonería
de un grupo de españoles, que con ilusión la habíamos
realizado. ¡! La primera Falla de Africa ¡!. Teníamos nuestro “casal”, donde se servía una especie de “sangría”, pero que aliviaba los rigores del verano incipiente del desierto. Durante todo el día, hubo música valenciana y española en los altavoces, se hicieron los clásicos concursos, partidos, en fin, había que entretenerse. Llegado el momento de la “mascleta”, habíamos dispuesto la poca “traca” que habíamos recibido, y nos dispusimos a sacar el micrófono de los altavoces, para que suplieran con más ruido la poca cantidad que teníamos. En aquel momento, el capitán, (que tenía a su lado al cornetín de órdenes), cogiendo el micrófono, dijo aquello que le dijimos un día: “una falla sin “mascleta”, no es una falla” y mandando tocar al cornetín (una especie de “floreada”), fue rápidamente callado por el estruendo que desde el otro lado “del campo de las margaritas” producían una serie de explosiones de material militar “en mal estado”. ¡! El capitán, había logrado lo que en un principio parecía imposible “. ¡! Los falleros, no cabíamos más, de gozo y alegría ¡! El día transcurrió como previsto. ¡!Hubo paella, faltaría más ¡!. No hubo nada que empañara aquel día de asueto. Llegada la hora (después de la entrega de premios a los ganadores de los diferentes concursos), con la poca traca de que disponíamos, nos acercamos a nuestra Falla. Rodeamos a nuestra Fallera Mayor, a su Padre (nuestro capitán, nuestro Presidente) a su Madre y a sus hermanos y a los acordes de nuestra eterna “Valencía”, aquel monumento, empezó a arder. Soy valenciano de nacimiento. He visto muchas fallar arder. Pero aquella, fue mágica. Por las circunstancias, los motivos, los compañeros, el ambiente, por toda la ilusión que supimos dar (y que recibimos con creces…). Acabó de arder la falla, y cuando ya se disponían a marcharse las autoridades, Oficiales y demás invitados, el mismo grupo que fuimos el primer día a hacerle tan extraña solicitud, nos cuadramos y dijimos : ¡! A sus ordenes, mi Capitán, misión cumplida ¡!. (El tiempo nos deparó otras circunstancias, pero eso sería motivo de otro relato, gracias por leerme). José Meneses Laserna. Fallero en el BIR N1. 3ª Compañía. Artificiero con destino en Villa Cisneros. Artillero antiaéreo en la Agrupación Mixta de Artillería del Sahara. 3ª Batería. Saharaui de corazón. Comisión Fallera: Luis Miñambres Puig, Vicente Moltó, Ramón Merenciano, Miguel “el catalá”, José Mocholí, Félix Mendoza, Ramón Mocholí, Antonio Pérez,“el pelailla”, Francisco Merino, Antonio Molina, Vicente Moliner, Vicente Mercader, Juan Mena, Melgarejo, y algunos otros que me perdonen, pero el tiempo no pasa en balde Fotos de la falla: en las galerías de fotos personales: Miguel García Riera nº 292 (Se renumeran esporádicamente) José Meneses Laserna - Fallero en el BIR N1. 3ª Compañía. Artificiero con destino en Villa Cisneros. Artillero antiaéreo en la Agrupación Mixta de Artillería del Sahara. 3ª Batería. Saharaui de corazón. |
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