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Adjunto te envío una carta que escribí para mí mismo después de visitar El Aaiun a los 22 años de licenciarme. Se trata de unas reflexiones sobre lo que dejamos allí y de lo que existe
hoy en día. |
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CRÓNICA
DE UN VIAJE ANUNCIADO (DE
LA ILUSIÓN A LA TRISTEZA) 1ª PARTE:
LA ILUSIÓN. Fort
Bou-Jerif, Marruecos, 11 de Diciembre de 1997. 10.45 AM. Después
de pasar una deliciosa velada la noche anterior en el camping con cena
incluida, repasar los libros de visitas, reconociendo entre ellos la
firma de nuestro amigo Pepe Gutiérrez, salimos en el Montero 4
personas: Paco Pereda, José Manuel Hachuel, Antonio Sevilla, y el que
subscribe, Pepe Sevilla, rumbo Sur, dirección El Aaiún. José
Manuel y yo vamos cargados
de ilusión, ansiosos por llegar y muy nostálgicos, aunque por motivos
distintos; él nació allí y abandonó el pueblo con seis años y yo
estuve “preso” trece meses y veinte días de mi vida cumpliendo con
los “deberes patrios”. A
los mandos del fiel Montero vamos devorando kilómetros, 490
exactamente, por una carretera de rectas interminables y firme en buen
estado, donde es posible hacer una media de 100 km./h. sin problemas,
deseosos de llegar para tener tiempo de ver todo lo posible, puesto que
al mediodía siguiente tenemos que regresar hasta Agadir donde hemos
quedado con el resto del grupo. José
Manuel me comenta los recuerdos que tiene de su casa. Solo recuerda la
forma de huevo que tenía y que se encontraba situada frente a la
residencia militar. También recuerda la calle del “piquete” y la
iglesia. Yo,
lógicamente tengo muchos mas recuerdos y poco a poco, a lo largo del
viaje, les voy dando la “paliza” a mis acompañantes. Si el 20 de
Agosto de 1975 alguien me dice que casi a los veintidós años iba a
volver a aquella “cárcel”, lo hubiese tomado por loco, sin embargo
la necesidad de hacerlo ha ido incrementándose en los últimos años. El
primer choque psicológico lo tenemos cuando alcanzamos Tan-Tan y
mentalmente nos situamos en la antigua frontera del Sahara Español.
Sentimos algo muy especial al pensar que en su día, aquello fue
territorio español a partir de ahí. Vamos
tragando kilómetros con avidez, a través de un paisaje árido a un
lado y típicamente costero al otro, con playas y acantilados
interminables. Paramos en un garito en plena carretera y tomamos un
excelente tallin de vaca y unas exquisitas tajadas de corvina asadas al
carbón. A partir de aquí, directo al Aaiún por una carretera casi desierta, con solo algún camión que otro de vez en cuando, y cuatro controles de la gendarmería marroquí en todo el recorrido, sin ningún tipo de problemas, todo lo contrario. Por supuesto, y a pesar del perfecto francés de Paco Pereda, ninguno de los cuatro hablamos ni una sola palabra del mismo, con la policía, solo español, con ello evitamos pérdidas de tiempo y la “tentación” de que con la habilidad que les caracteriza te “inviten” a que les ofrezca algún regalito.
2ª
PARTE: LA TRISTEZA. A
las 16.00 horas nos paran justo a las puertas del Aaiún un control, y
nos piden los pasaportes y la carta verde del vehículo. El policía
recoge los documentos y se dirige hacia una desvencijada garita de
madera. Apagamos el motor y nos bajamos a estirar las piernas. Estamos
nerviosos al presenciar a muy corta distancia el objetivo deseado. Al
rato nos invitan a entrar en la garita, donde un amable saharaui, y en
perfecto castellano, pregunta por los nombres de nuestros padres,
profesión y destino del viaje, deseándonos una feliz estancia en la
ciudad. Iniciamos
la entrada en la misma, y a partir de ese momento nuestra ilusión va
dando paso progresivamente a la tristeza, al desencanto y a la pena, a
medida que recorremos el pueblo. No recordamos absolutamente nada de lo
que dejamos allí hace casi veintidós años, a pesar de haber accedido
por las puertas del antiguo
tercio de la legión, atravesar la Seguiat El Hamra (ahora denominada
Puente de la Marcha Verde), y pasar por las mismísimas puertas
del cuartel de Sanidad y la Sala Avanzada.
El Aaiún ha crecido muchísimo, tanto que no reconocemos nada. Damos
varias vueltas con el coche y por fin reconozco algo; el antiguo Parador
Nacional. A partir de ahí, me sitúo y logramos llegar a mi cuartel,
Sanidad Militar. Pasamos dos veces por delante del mismo sin bajarnos
del vehículo, y aunque está todo muy cambiado, los recuerdos me
atrapan e incluso me emociono. Decidimos
dejar las visitas y fotos para el siguiente día y nos dirigimos a uno
de los hoteles nuevos que han construido, donde nos dicen que está
completo. Todo el Aaiún está completo, debido al personal destacado de
la ONU por la cuestión del referéndum, y no hay forma de encontrar una
cama. Después
de dos horas de preguntar en un sitio y en otro (incluido el Parador,
hoy llamado hotel El parador), acabamos en una especie de pensión-fonda,
lo mas cutre que he visto jamás, propiedad de unos saharauis, la
familia Bairouki, donde nos reciben con cariño. Nos invitan a te y
charlamos un buen rato de la situación del Sahara antes y después de
la vergonzosa retirada de España. Nos comentan cómo su padre (teniente
retirado del ejercito español), vive 200 km. en el interior del
desierto, con sus cabras y camellos, igual que otras muchas familias, no
queriendo saber nada de política. A José Manuel le regalan una bandera
española de la época (su padre también fue militar en la colonia).
Nos invitan a visitar a la familia en el desierto para conocer su auténtico
modo de vida, pero cortésmente declinamos la invitación por la premura
de tiempo, aunque prometo volver algún día y aceptarla. Me siento muy
reconfortado después del largo viaje y me identifico plenamente con
estas gentes. Nos
levantamos temprano y nos dirigimos hacia cabeza de playa en busca del
BIR, que según Bairouki sigue existiendo. No lo encontramos y sí que
vemos construcciones y una especie de pequeño paseo marítimo. Seguimos
buscando por una pista que conduce a la playa, donde tenemos un percance
con el coche y al final desistimos y regresamos al pueblo. Creo que nos
han desviado por un acceso nuevo a la playa y por eso no localizamos el
campamento, aunque también es posible que haya desaparecido. Una
vez en la ciudad empieza la presión sicológica. Nos dirigimos a mi
cuartel y con mucho disimulo y cuidado me paseo delante del mismo, por
la acera de enfrente, logro hacerme una foto a cierta distancia, con el
coche como señuelo. La presencia militar se deja sentir muchísimo. Vamos
hacia la residencia militar y una vez allí José Manuel se siente
impotente al no reconocer con exactitud su casa aunque sabe que es una
de ellas. Me sitúo mentalmente en esa calle, donde realizábamos la
bajada de bandera (“El Piquete”), y vuelvo a emocionarme un poco. Visitamos
la plaza de la iglesia (por cierto, el amigo Bairouki nos dijo que
estaba atendida por dos curas), la plaza y el edificio que me parece el
antiguo gobierno civil. Reconozco los cuarteles de Ingenieros e
Intendencia. Creo reconocer Artillería, Policía Territorial y algunas
cosas mas, pero no estoy muy seguro, está todo muy cambiado y sucio.
Comparo la foto de mi cuartel que llevo encima con la situación actual
y ambos sentimos mucha pena. Siento
una impotencia y una tristeza tremenda al no poder pasear libremente por
los sitios que uno recuerda. Te sientes atenazado y vigilado por todas
partes y me es imposible identificarme con nada de lo que allí dejamos.
El Aaiún es actualmente una ciudad literalmente ocupada por el ejercito
marroquí y el personal de la ONU, sin apenas vida civil, al menos en lo
que a presencia en las calles se entiende. Te sientes envuelto en una
atmósfera hostil y solo podemos hacer cuatro o cinco fotografías con
mucho cuidado y disimulo. Emprendemos
el regreso sobre el mediodía embargados de sensaciones contradictorias.
De una parte, hemos visitado una ciudad que perfectamente pudiera ser
cualquiera del país, y de otra, nos hemos emocionado, aunque por poco
tiempo, al reconocer cosas y rincones con los que hace casi veintidós años
nos identificábamos, o al menos eso creía yo. Dejamos atrás el puente
de la Marcha Verde y nos dirigimos rumbo Norte con la tristeza en el
alma pero al mismo tiempo con la satisfacción del deber cumplido.
EPILOGO:
Me habían
advertido que el Aaiún no
era el mismo. Ahora,
una vez vivida esta experiencia, ni quiero ni deseo volver mientras los
marroquíes sigan ocupando el Sahara, a pesar de no haber tenido con
ellos el mas mínimo problema. El día que la situación cambie y los
saharauis regresen a sus casas, cosa que dudo muchísimo, muy a mi
pesar, entonces me plantearé el volver para visitar a mi amigo Bairouki
y a todos los amigos saharauis. Y
para terminar, quiero manifestar mi mas profunda gratitud a mi amigo
Paco Pereda, a José Manuel Hachuel y a mi hermano Antonio, pues sin su
compañía y enorme paciencia para soportar al “Comandante”, no se
hubiera realizado este viaje. Ceuta,
16 de Diciembre de 1997 José
M. Sevilla Gómez, quinto del tercer llamamiento de 1974 destinado en
Sanidad Militar del Aaiún, antiguo Sahara Español. |