A partir de los años 1957-1958, fecha del altercado bélico con Marruecos por el enclave de Sidi Ifni, los sucesivos Gobiernos españoles trataron de encubrir toda noticia política o militar relacionada con el territorio del Sáhara español. Sin embargo, la censura impuesta no podía ocultar de forma absoluta las noticias que sobre los hechos ocurridos en aquel territorio seguían llegando a la Península. Fue a través de amigos, familiares o conocidos que había hecho la mili en África, como pude ir enterándome de los datos referidos a aquella zona: costumbres, fauna, temperaturas; en infinidad de ocasiones, nos habían contado sus “batallitas” en Ifni, Tiulin, Telata, Edchera, Cabeza de Playa..., “batallitas” que repiqueteaban en mis oídos, vírgenes aún las orejas de la arena del desierto. Más tarde, perdida aquella castidad, el verdadero alcance de sus relatos se abrió en mi entendimiento. Entonces, “in situ”, comprobé que de “batallitas” no tenían nada.
En cualquier reunión de amigos, tarde o temprano, sale a relucir el tema de la mili. No deseando caer en el error de quienes me contaron aquellos sucesos del Sáhara, por no conocer los oyentes nada del desierto y viéndoles incapaces de entender lo que verdaderamente significó la presencia de los soldados españoles en aquel territorio, así como la importancia de cuanto había sucedido en el periodo de descolonización, con prudencia, me limito a escuchar las peripecias de mis camaradas de quinta.
La mayor aventura vivida por mis convecinos, por fortuna para ellos, fueron los 3 días que los llevaron de maniobras a no sé que pueblo perdido. Además, hablaban de asuntos que a los soldados del Sáhara nunca nos preocuparon, pero a ellos parecía agobiarles mucho: Pase pernocta, vender las guardias, librar fines de semana, ropa limpia y planchada (incluso uniformes hechos a medida), permiso por el “cumple” del Coronel Zutano, o el “Santo” del General Mengano. Naturalmente, faltaría más, ninguno hizo imaginarias, guardias, refuerzos, retenes, garita, ni patrullas.
Para poner fin a las “adversidades” de mis colegas de quinta, que no de destino, jocosamente les comento: … “Ya veis camaradas, en el Sáhara el único santo que teníamos era el ‘santo... y seña’, y por la cuenta que nos traía le rezábamos todas las noches. Siempre lo llevábamos en la memoria, no podíamos olvidarnos de él; además, teníamos más que vosotros, pues también teníamos ‘contraseña’: Santiago-Salamanca-Sandia, y... si no hicisteis guardias, refuerzos, retenes o patrullas es que ya no quedaban para repartir con vosotros, las hicimos todas en el SAHARA”.
¿Cómo explicar que en los últimos años en el Sahara no hubo maniobras? ¡QUE FUERON EJERCICIOS REALES!... durante los 12 meses del año, los 30 días del mes y las 24 horas del día. Que las baterías antiaéreas de 35/90 Oerlikon colocadas estratégicamente alrededor del aeropuerto -- visitadas con frecuencia al coincidir con el recorrido de mi patrulla -- se instalaron precisamente para evitar que aviones militares marroquíes sobrevolasen El Aaiún, como ya habían hecho en alguna ocasión sin ser detectados desde tierra ---sí desde Canarias-- por falta de material adecuado. Eran baterías de última generación, con detectores de vuelo y controladores de disparo mediante radar, según me contaron los asistentes de aquéllas.
¿Cómo dar a entender que los carros de combate y piezas autopropulsadas de artillería—con alcance superior a los 40 Km.- se emplazaron a las pocas semanas de su llegada en posición de combate, o que los de soldados procedentes de Canarias y la Península no fueron enviados para hacer turismo, sino como refuerzos, trasladados e instalados en la frontera N y NO del Sáhara, al haber concentrado Marruecos gran potencial bélico en su zona Sur.
Sobre este asunto, el General Gómez de Salazar manifestó: <<los veinte mil soldados españoles del desierto estaban enfrentados a otros veinte mil marroquíes, entre los que figuraban las tropas de choque repatriadas después de su brillante actuación en las alturas del Golán durante la guerra del Yom Kippur en el 73. No cabían dudas sobre la total victoria española en la primera batalla, aunque nadie podía prever el curso posterior de una guerra en que al menos sentimentalmente estaba implicado todo el mundo árabe>>.
Cierto es, que al principio, antes de partir para el SAHARA envidié la suerte de mis compañeros que se quedaron en la Península, pero nunca después de haber cumplido a “REGAÑADIENTES”, con la parte proporcional que me correspondía en el Servicio Militar, de apellido, OBLIGATORIO.
PREPARANDO LA SALIDA
El tren comenzó a moverse lentamente dejando en el andén a mi padre. Mientras se alejaba miré furtivamente desde la ventanilla. Le vi triste, más bien, preocupado. Fue mi última mirada hacia atrás.
Por todo equipaje dos cartas de recomendación --entonces se llevaba mucho-- para altos jefes, muy altos, del Sáhara y la recomendación de una madre:“...No se te ocurra fumar de esas hojas...” Sabía lo que decía. Su primo Luis, tipo simpático y aventurero, se marchó voluntario a la Legión y cual veraneante que espera agosto para disfrutar de sus vacaciones, él eligió el año 1956 para tragarse de un tirón toda la campaña de Ifni. A su regreso estaba mas ‘engrifao’ que la llave de un fontanero.
Las cartas nunca llegaron a su destino y tal como salieron, retornaron a su origen un año después.
Una curiosidad.-
¿Para qué diablos nos dieron unos cubiertos en el lugar de salida y nada más llegar al acuartelamiento en Madrid nos los quitaron?. Al día de hoy no le encuentro una explicación lógica, pues en todo el viaje, de diez o doce horas de tren, no nos dieron ni un socorrido “chusco”, ni tan siquiera un botellín de agua. Serán cosas raras del ejército, para ir acostumbrándonos, pensé con mentalidad aún civil.
En el cuartel de tránsito en Madrid, donde pasamos dos días a-bu-rri-dí-si-mos a la espera de trámites y en completar el cupo de plazas para el puente aéreo, ante un posible accidente nos entregaron poco antes de la salida hacia el aeropuerto una chapa de identificación, cuyos datos se limitaban a un número. ¡Que desilusión!, al ver que aquella placa identificadora no era como la de los “marines” que había visto en las películas de Hollywood; no tenía cadenita, ni nombre ni apellidos, sin grupo sanguíneo, no decía que religión practicabas. Me correspondió el 179 y en cuanto tuve ocasión de ver los aeroplanos en los que nos trasladarían, lo hice mi número talismán. Pues bien, junto con la chapita, nos dieron un trozo de cuerda de poco más de dos palmos para poder colocar la plaquita al cuello...
Mateo Urrieles Dobra. (De la Territorial)
segundo
.-LA DUDA.-
¿Era aquella cuerda de pita ignífuga?, porque... vamos a ver.
bsp; bsp; Si teníamos un desgraciado accidente sobre el Atlántico y encontraban nuestros cadáveres antes que los tiburones, pues vale. Pero, ¿y si el accidente tenia lugar al despegar o aterrizar?, que dicen, es donde más posibilidades de siniestro existen, y en el 97 % de los casos seguido de incendio, entonces ¿para qué diablos nos dan una cuerda?.
LA LLEGADA
El destartalado Douglas DC3, hizo un giro y comenzó a adentrarse en el continente Africano.
Desde la ventanilla observo las primeras dunas, la interminable llanura pedregosa, algunas manchas de matorrales y lo que parecía ser el cauce, por su anchura, de un enorme río. Aquel paisaje me hizo recordar el que había dejado atrás, tan sólo 48 horas antes en mi terruño de procedencia: praderías que mostraban en toda su escala la variedad del verdor, infinidad de valles y en cada valle un río en el que desembocan cientos de arroyos; bosques milenarios e impenetrables, clima templado, fantásticas montañas, es decir: un paraíso. ¿Sería capaz de resistir allí abajo?. Mi mayor preocupación eran las altas temperaturas, de las que había escuchado narraciones increíbles.
El vuelo desde Madrid duró unas tres horas largas. Supe después que tuvo que realizarse bordeando la costa al no permitir Marruecos que aviones militares españoles sobrevolaran su territorio. Era manifiesto que en los años 70 España no mantenía buenas relaciones con el Reino de Marruecos. Fue precisamente en el año 74,coincidiendo con mi llegada, cuando empiezan a desencadenarse los primeros ataques a los puestos españoles situados al N del Sáhara, no eran de gran intensidad pero sí frecuentes. Mientras tanto Hassan II comenzaba a preparar la “gran jugada”, incautarse del Sáhara ante las narices de un Gobierno español débil y temeroso.
Naturalmente las emisoras en España seguían silenciando bajo prohibición, cualquier información sobre el tema del Sáhara. Entretanto, el Rey Alauita había hecho declaraciones públicas difundidas a todo el mundo sobre su intención de invadir aquél territorio con una marea humana. “Tomaré el té en el parador de El Aaiún para las navidades del 1974”, dijo el monarca. Y lo tomó pocos meses después de la fecha indicada.
Suerte Mulana.-
Salvo los reclutas que ya en Madrid se habían tuteado con el señor DYC, al resto se les veía preocupados, con prudente temor ante lo desconocido. Tal inquietud ya había tenido ocasión de observarla en el viaje nocturno hacia la capital, reflejada en un extraño silencio en un tren repleto de los que tenían que ser bulliciosos quintos.
¿Adónde nos llevan?, ¿qué pinto yo allí?, eran las preguntas en la mente de todos, o casi todos, ya que alguno acudía a la llamada del Ejército de forma deliberada: los menos. Como anécdota diré que durante dieciocho meses fui voluntario de la Cruz Roja para poder hacer la mili, literalmente en casa, dentro de mi región y así no perder un año de trabajo. En los años 1970-1974 se podía cumplir el servicio militar en aquella institución, dentro de la región militar y en el propio ayuntamiento de procedencia, era una mili a la carta, pero al tocarme para África, a olvidarse de lo prometido y por no querer perder un año de vida laboral, como recompensa, perdí dos.
En los sorteos nunca tuve fortuna; ni lotería ni quiniela, ni tómbola de feria. Ahora bien, en el celebrado en la Caja de Reclutas, ahí sí que me tocó.
De los aproximadamente 4.500 números metidos en el “bombo”, la bola que saliera pasaría a ser la número 1, y como la mía era la siguiente a la que brotó de aquella enorme jaula redonda, por tanto, en principio conseguí el 2º premio, pero aún tuve más suerte, el recluta que tenía el uno estaba exento o pendiente de reconocimiento médico, motivo por el cual, me adjudicaron el primero.
¡ATENTOS!, dijo un sargento:
-- Del 1 al 15, “a la Policía Territorial del Sáhara”.
¿ Y qué leches es eso?. Pregunte a cuantos tenía alrededor. Nadie me supo contestar, el que más, con un encogimiento de hombros.
-- Del 16 al 2.020 “p´Africa”.
De estos, unos 400 se fueron para Ceuta y Melilla, y el resto, para el BIR de Cabeza de Playa; los restantes se quedaron en la Península; los hubo hasta “exentos”.
¡Joder con África!. ¡Puta suerte!
Qué equivocado estaba.
En el centro, siempre en el centro.-
Con su característico chirriar, el tren de aterrizaje nos dio la bienvenida. ¡Ya estáis en el Sáhara!, a partir de ahora “buscaros la vida”, frase muy al uso en todo cuartel como pude comprobar.
Un conocido que había hecho ese mismo desplazamiento un año antes me advirtió: No te quedes de los últimos para salir del avión, que les mandan barrerlo, retirar y vaciar el balde que hay en la letrina (en la más baja acepción de la palabra), era sencillamente medio bidón con asas.
Naturalmente no fui de los últimos en salir , pero tampoco de los primeros, cuestión que siempre tuve muy presente en toda la mili. Descubrí que el mejor sitio estaba en el centro. Ni voluntario, ni cagón, en medio, siempre en medio.
Todo el contingente formó delante del hangar y comenzó la selección por destinos: los BIR, aquí; los de la Territorial a este lado; los quieran apuntarse a la Legión en este otro
Formados los reclutas, acuden como moscas a la miel los banderines de enganche del Tercio con su propaganda: “En la Legión cobraréis (creo recordar) 6.000 pesetas mensuales, mientras que de soldado “normal” os darán solamente 1.000, además disfrutareis de una piscina “, ¿piscina?, ¡sííí, sííí!, pero lo que no decían era que estaba a más de 500 Km., en Villa Cisneros, motivo por el cual, el que se quedase en El Aaiún o Smara, y no digamos los destinados a otros destacamentos del interior, el mayor caudal de agua que verían sería el de las jarras a la hora de la comida. Se podían apuntar al Tercio todo recluta que quisiera, excepto los de la Territorial. Francamente, aquella exclusión aún desconociendo el motivo, me “mosqueó”.
Compañerismo.-
El primer convoy de camiones –- todos de color ocre, limpios, con sus asientos laterales, sus escalas para subir, distintivo de matrícula ET-- se acerca y sitúa en perfecta formación delante de cada grupo de reclutas formados en línea de tres. Desde un extremo de la formación una voz grita ¡arriba!, y, cual corderitos azuzados por el carea, comenzamos a subir a los camiones.
¡¡IDIOTAS!! fue el primer epíteto dirigido a los recién llegados, “graznado” por un sargento – por su edad, vislumbré que sus galones habían sido logrados a base de comer muchas raciones de pan en los cuarteles – “los de la Territorial, ¡tontos de baba! esos vehículos no son para vosotros, tenéis que esperar vuestro propio transporte” (nuevo mosqueo).
Efectivamente, cuando ya todos habían abandonado el aeropuerto, después de unos minutos de espera vemos llegar dos camiones <<Pegaso>>, con matrícula GSH, blancos, uno casi limpio, el otro, no tanto, sin asientos, sin escala para subir; (por cierto, en uno de ellos me tocó varias veces descargar a pala la basura del campamento: ¿es que los camiones que había en el Sáhara no tenían volquete?).
La caja del Pegaso le llegaba a alguno de los reclutas a la altura de la nariz, resultando para muchos imposible o muy difícil subir sin ayuda. Los primeros brazos comienzan a aparecer desde lo alto del camión. Las primeras manos de los más fuertes y ágiles se cruzan con las de los mas patosos y débiles, de esta forma, quienes no habían intercambiado ni una sola mirada, ni tan siquiera una palabra durante el vuelo de tres horas y pico, cuando llegamos al campamento después de 10 minutos, empezaron a sentirse compañeros.
Tercero
Hatarrambla.---
El
campamento “General Santiago” (Hatarrambla) estaba situado en la
carretera de Smara a unos 5 Km., del centro de El Aaiún.
Desde
el aeropuerto, nos llevaron hasta la que sería nuestra residencia
durante los tres meses siguientes a través de una pista que bordeaba el
barrio musulmán de “Casas de Piedra”, incluso nos adentraron en él,
creo que con toda intención, unos centenares de metros, ya que durante
las muchas patrullas que más tarde realicé por aquél, comprobé la
existencia de otros caminos más
directos y discretos. La
impresión al ver aquellas casuchas fabricadas con bloques, algunas
rematadas con cartones y recortes de viejas latas, me hicieron recordar
los asentamientos de chabolas que daban cobijo a quienes desprovistos de
medios para subsistir acudían a las grandes urbes en busca de
mejor fortuna, estableciéndose de cualquier manera en su periferia.
El
primer contacto con la población musulmana consistió en un breve cruce
de miradas entre aquellos a quienes se les veía acostumbrados a
soportar cada 90 días el trasiego de camiones, siempre con la misma
‘carga’, y los que por primera vez veíamos una túnica azul.
Miradas llenas de dureza por parte de los nativos, de censura, de
reproche hacia nuestra presencia. Por ser recién llegados desconocíamos
la causa de su repulsa.
Será
a raíz de ir conociendo los hechos ocurridos en la explanada de Zemla, junto con el significado que tuvo para
los saharauis aquella manifestación, cuando intuí el origen de su
saludo de bienvenida. Sencillamente: los nativos no nos querían en su
tierra y menos como Agentes de la Policía Territorial. Una
vez cumplido el periodo de instrucción, pasaríamos a ser el
equivalente de aquellos policías que en la península, durante la época
de la dictadura era conocidos como “los grises”. Fuimos entrenados
para desempeñar funciones de todo tipo: expedición del D.N.I saharaui;
inspección de aduanas; intervención de armas; control de mercancías
en el puerto y aeropuerto; vigilancia de fronteras; control del tráfico,
escoltas, atestados y orden público. Dichas tareas eran
realizadas por las 3 compañías presentes en el cuartel de la P.
Territorial de El Aaiún.(1ª, 2ª y P.M.M.) Entre los muchos servicios
prestados, que mi retentiva poco a poco va borrando, recuerdo por el
significado que mantiene en la actualidad, la creación del Censo de
saharauis existentes en todo el territorio. Eran poco más de 79.000
nativos en aquel año de 1974.
Las
cosas del destino: primero, de forma voluntaria, escasamente un año
antes, corría delante de las Fuerzas de Policía Armada y después, de
forma obligada vestido precisamente de “gris”, tendría que
perseguir a quienes defendiendo sus ideales,
corrían delante.
El Campamento.—
Lo
Civil con lo militar, al igual que
el aceite con el agua, no mezclan, emulsionan. Basta con un poco
de reposo para que cada cual vuelva a su verdadera forma.
Cuando
los camiones cruzaron la entrada del campamento, el piquete después de
arriar bandera se retiraba
hacia el Cuerpo de Guardia.
Fueron las puertas de mi infierno particular.
Antes
de partir, mi confidente Francisco --gracias Paco— que había estado
en el BIR de Cabeza de Playa me había advertido: “Mateo, prepárate
para cuando llegues a Hatarrambla, tiene fama de duro. Entrarás a paso
ligero hasta en el comedor. Las vas a pasar putas. ( quedé sorprendido,
no tanto por la advertencia, como por estar puesta en boca de un soldado
que no había pertenecido a la Territorial).
Una
vez visto y sobre todo sufrido aquel periodo de formación militar,
entiendo que la mayor o menor dureza de cualquier campamento de
instrucción por los que hemos pasado cualquiera de nosotros, no reside
solamente en las dos o tres horas seguidas marcando el paso, girando de
izquierda a derecha, rematando con media hora de paso ligero, dos
vueltas a la pista americana y para relajar nuestros músculos y
maltrechos huesos, una clase de gimnasia;
así durante 9 horas bajo un sol de justicia. La mayor o menor
dureza por tanto ejercicio,
creo que también guardaba relación con la condición física de cada recluta. Mientras algunos eran
incapaces de resistir las tres primeras horas de instrucción, otros, al
terminar tan ‘ligera’ jornada, voluntariamente (hay que joderse...),
para estar en mejor forma hacían un
recorrido a la pista americana.
Con
una técnica desconocida por los soldados peninsulares,-- de la que
nunca habían oído hablar--, nada más llegar nos “tentaron” con
los sacos terreros como se tienta al novillo con la garrocha para
conocer su casta y empuje. El fin perseguido, comprobar hasta donde se
podía llegar con los ejercicios “normales” y con los
“extra-normales”. Tal técnica, junto con el salto de altura y
alguna que otra prueba más, me permitieron, dicho sea de paso, marcar
las distancias con aquellos personajillos, que aún reclutas, ya
empezaban a apuntar sus “chorradas” hacia los más débiles.
Casi
la mitad del tiempo empleado en la preparación física, fueron horas y
horas añadidas a modo de
correctivo, por, según ellos, no haber hecho las cosas bien a la
primera, o a la trigésimocuarta..., daba igual. ¿Tan torpes éramos?.
Sin embargo no me consta que realizaran ningún tipo de examen con el
fin de valorar las condiciones mentales de aquellos aspirantes a
soldados.
(((Con
sólo 15 o 20 días de campamento, nos entregaron un Cetmetón FR-8,-- mitad “Cetme”, mitad Mauser— y
cuatro balas para hacer el primer refuerzo. Junto a un policía nativo,
que no dijo ni una sola palabra en las dos horas que pasó fumando de su
pipa un tabaco de olor dulzón, me correspondió la vigilancia del
polvorín en el turno de 2 a 4 de la madrugada.
Mientras
el cabo instructor me indicaba como cargar el mosquetón, --no me
aportaba nada nuevo siendo conocedor del manejo de aquel tipo de
“rifle” por venir practicando la caza desde hacía 4 años, con un
Sauer 270W, precisamente de cerrojo--
seguí su exposición con cara de novato sin decir esta boca es mía.
La explicación finalizó con esta advertencia: No cargues el fusil
durante el refuerzo, GUARDATE LAS BALAS EN EL BOLSILLO (¿?). ¡ Y un
huevo de pato!. Recién llegado al Sáhara, con el susto aún en el
cuerpo, vigilando un polvorín durante la noche en medio de aquella
oscuridad que se extendía kilómetros y kilómetros desierto
adentro..., sin hacerle ni puto caso, en cuanto se dio media vuelta
--pasara lo que pasara— no solamente lo cargué, metí una bala en la
recámara y activé el seguro.
¿
Cómo se atrevieron a entregar un fusil y su munición reglamentaria a
unos reclutas que no habían hecho ni tan siquiera una práctica de
tiro? )))
Retomando
el argumento: ¿ No era a caso un castigo meternos entre pecho y espalda
un paso ligero de Dios sabe cuantos kilómetros, buscando como única
e incierta justificación que al bajar bandera no se había oído
la jodida palmadita en la culata del mosquetón, a la voz de ¡presenteeen
armas! y todo ello después de una jornada de 9 horas ?. ¡Hostias! si
la escucharon desde Tenerife, ¡¡que los 300 reclutas no éramos
sordos!!, mi sargento,.... Puterar por putear.
Fue
precisamente durante la hora gimnasia en la que un compañero, el
recluta Luis, quizá por el esfuerzo, el calor, tal vez alguna dolencia
y posiblemente por la suma de todo, sin un sólo grito ni queja cayó
justo a mi lado como si hubiera sido derribado por un rayo. El resultado
de la autopsia realizada en el mismo campamento sobre una mesa del
comedor, nunca lo supimos. Su cadáver fue custodiado permanentemente
por cuatro reclutas en turnos de 3 horas durante las 72 horas que
permaneció en el cementerio cristiano de El Aaiún a la espera de un
Iberia que lo devolvería junto a sus padres, a los dos meses de su
llegada al campamento, en una caja de zinc, dentro de otra de madera.
Mateo
Urrieles Dobra ( De la Territorial)
cuarto
Autoridad.
Disciplina.—
Así las conceptué y viví en aquel ejército de los años setenta.
Resulta gratificante pensar que las cosas han cambiado con la creación de un ejército formado por voluntarios, dirigido por oficiales más cualificados y soldados favorecidos por nuevas Ordenanzas, Reglamentos y Códigos de Justicia Militar. (*)
No cabe ninguna comparación entre aquellas unidades de las que formamos parte y las actuales. Fue un ejército distinto bajo un sistema diametralmente opuesto al actual, tan diferente como la noche y el día, la dictadura y la democracia.
Por vínculos de familia, trato directo con militares que ya habían dejado el ejército y amistad con personas próximas al entorno militar, antes de ser llamado a filas conocía en gran medida las cualidades, virtudes y defectos que concurrían en la personalidad del militar profesional. Tal noción me había hecho entender que el paso por la ‘mili’ no iba a resultar un camino fácil debido a las diferencias mantenidas con aquellos a la hora de valorar determinados principio fundamentales por naturaleza, e inseparables de la condición humana.
A pesar de observar en las nuevas normas de conducta carencias y defectos, asumí con reparo el nuevo ordenamiento por considerarlo eje sobre el cual tendría que girar la vida en todo campamento y cuartel. Autoridad y disciplina fueron aceptadas incluso con los privilegios propios del ámbito castrense, reconociendo que sin ellas reinarían el caos y el desorden; instruir a un grupo de 200 o 4000 hombres cada cual con su mundo y circunstancias propias, distintas formas de pensar y comportarse, requerían mando y obediencia.
Lo que no podía comprender por injustificable e irracional era el método empleado en su ejercicio, sobre todo, por parte de los mandos más cercanos a la tropa. El procedimiento seguido para lograr imponerse y conseguir un respeto reverencial y la sumisión ciega que buscaban a toda costa, gravitaba en torno a los conocidos lemas de: “ordeno porque mando, si mando ordeno”; “hoy por galones, mañana por cojones”.
Aquella forma de comportarse era propia de militares faltos de talento y lógica natural, incapaces de aprender de sus años de experiencia como instructores de miles reclutas que reemplazo tras reemplazo venían manteniendo un comportamiento muy similar, por no decir igual. Con tal visión irremediablemente llegaban al despotismo, al abuso de autoridad, en suma, a la injusticia del tirano.
Tal proceder requería un serio planteamiento y prudente cálculo sobre como actuar y conducirse en el futuro, o sencillamente, de continuar con mi lucha interna, --todavía quedaban muchos meses por delante-- el ánimo terminaría por ceder. Sentí envidia de quienes lograron adaptarse al nuevo régimen al poco de tiempo de llegar; respeto hacia quienes se resignaron ante las primeras broncas y admiración por cuantos resistieron hasta donde su fuerza se lo permitió [quien vence, vive].
Pues bien, como me encontraba con capacidad suficiente para sobrellevar y aguantar en lo que afectaba a la exigencia física por venir practicando de forma habitual algún que otro deporte, además de haberme preparado a conciencia antes de partir gracias a los consejos de mi amigo Paco, de igual modo, tenía que organizar en poquísimo tiempo un sistema de autodefensa para ‘fortificar’ mi punto más débil. Ya fuera por exceso de confianza o por haber sobrepasado mis cálculos, el ‘flanco más desguarnecido’ resultó ser el inmaterial: la voluntad. Fue un arreglo rudimentario, de urgencia, pero útil.
Asimilaría y almacenaría los nuevos principios y valores en un rincón estanco de mi mente, sin dar opción a que se entremezclaran ni pudieran contaminar aquellos otros que adquiridos desde la infancia venían siendo hasta entonces los rectores de mi comportamiento; después de todo el pensamiento es libre, no puede ser encadenado ni sometido.
Buscando la disciplina militar convertir a quienes la detentan y ejercen, en espejo donde los reclutas tenían que mirarse como ejemplo de abnegación, sacrificio, valentía y obediencia, mediante el empleo de aquella técnica, a mi modo de ver, se conseguía todo lo contrario al fin perseguido. Cuando se pretende incitar a un grupo de soldados --o paisanos-- teniendo como única base el "ordeno y mando..." resulta ilusorio pretender que se sientan motivados y rindan si no están convencidos de lo que hacen, ya que difícilmente van a dar lo mejor de si mismos, ni en tiempos de paz, ni de guerra.
Contrariamente a lo que imaginaban, los reclutas sabíamos perfectamente diferenciar lo racional de lo irracional, el castigo justo del impuesto por capricho. Mientras que unos toleraron aquellas ideas como única salida, otros, las hicieron propias por sentir verdaderamente aquellos ideales; mi respeto hacia a ellos, después de todo ‘unos y otros’ teníamos algo en común, estábamos bajo la misma bandera.
¿ Desconocían nuestros superiores u olvidaban en su afán adoctrinador, que a la hora de la verdad sería el instinto de cada cual quien guiara nuestro comportamiento dictando la última orden ?. Así terminaba aquel juramento:”... y derramar si es preciso hasta la última gota de vuestra sangre” ?, por cierto, juramento modificado en dos ocasiones desde nuestro paso por el ejército. El último, si mis datos son correctos en 1999.
El Sargento. El Mendrugo.---
Recuerdo que en el campamento había tres Secciones mandadas por sus respectivos sargentos. El suboficial que me tocó en suerte, --cuyo apellido voluntariamente omito, como evito otros adjetivos-- era un sujeto bravucón, de puño fácil con los reclutas a los que casi doblaba en edad.
A la hora de la comida, nos habían dicho que solamente nos darían un pequeño trozo de pan, sin opción a repetir de tan básico alimento. La ración diaria no sobrepasó durante tres o cuatro días el medio chusco. Como desconocíamos el motivo de tal racionamiento cada recluta sacó su propia conclusión. Yo, sinceramente creí que formaba parte de las actividades propias de la instrucción militar. Otro pensaría que los de Intendencia se habían olvidado de llevarnos el pan y... otras 349 razones más. ¿ Cómo iban a decir el motivo a aquellos novatos a los que se les había prohibido pensar?. ¡¡No se come pan y punto!!.
Aquella misma tarde en la que no me tocó recoger colillas por los alrededores, fui a pelar patatas a la cocina [nunca pensé que dicha ocupación resultara tan gratificante]. Mientras cumplía con mi tarea, sigilosamente, un hambriento recluta entró en la cocina y fue directo hacia el cajón donde se guardaba el pan tomando un mendrugo. Antes de poder avisarle de la presencia del ‘sargento bravucón’, el pobre infeliz recibió la mayor paliza que puedo recordar. No salía de mi asombro: ¡todos aquellos puñetazos y patadas por un trozo de pan duro!. Tan degradante y vil comportamiento, me hizo sentir vergüenza de estar a las órdenes de aquel suboficial.
Estoy convencido que de habernos dicho el motivo de la restricción, que no era ningún secreto militar, nadie tomaría ni un bocado de más. Se entendería la medida por ser una razón convincente (hasta tal punto nos ninguneaban tratando de anular nuestra autoestima). La causa, --me enteré meses después en el Cuartel-- no era otra que la falta de aprovisionamiento de harina en Intendencia, al no poder los anfibios acercarse al barco para descargar los sacos debido al temporal que duró casi una semana.(los que pertenecieron a la Cia. del Mar saben de este tipo de desembarcos).
<<<La disciplina consiste en que un imbécil se haga obedecer por otros que son más inteligentes .(Jacinto Benavente)>>>
Cuando de tarde en tarde me encuentro con el compañero y vecino Eduardo, con el que coincidí en la misma Sección en Hatarrambla, resulta inevitable recordar lo bueno y lo malo de aquellos días africanos.
Siempre comienza su conversación con la misma pregunta:
--¿ te acuerdas de aquel h... de sargento ?
--¿ cómo se llamaba...?
-Que no Eduardo..., que no me acuerdo.
-Dudo mucho que ni un solo recluta de los que sufrieron su mando diera una perra gorda por él, ¡ni después de 30 años!.
Personalmente considero buen ejemplo de militar, al superior --sin distinción de rango-- que disponiendo de poder y autoridad, por usarlas con justicia no se extralimita en el uso dichas facultades. No hay mayor muestra de dominio que el de quien pudiendo recurrir a la fuerza no lo hace y consigue el respeto y obediencia de quienes entonces sí serán sus soldados. La autoridad no es una fuerza sin más, es algo más que no está al alcance de todos; solamente quienes conocen el verdadero valor de la dignidad, es decir, los mejores, se hacen merecedores de respeto y consideración de sus subordinados.
El Capitán.---
Mandaba aquél campamento un capitán al que por su alejamiento de los reclutas nunca pude juzgar como persona, ni como oficial; podría decirse de él, que estaba y no estaba, era simplemente, el capitán.
Me viene a la memoria su estirada estampa, de rígido y arrogante caminar. Tenía por costumbre adornar su sobaco valiéndose de un bastoncito con empuñadura y cantonera de plata repujada del que nunca se desprendía -en algún sitio leí que a tal artilugio le decían:
‘estupidómetro’-. Durante las horas que permanecía al frente del Campamento siempre se hacía acompañar, a unos tres o cuatro pasos de distancia, por ‘su sombra’. Exhibía el asistente aires de gastador: alto, muy marcial, la mayoría de las veces innecesariamente engalanado con guanteletes negros de charol calzados hasta el codo y, en el pecho, cruzando de diestra a siniestra gruesos y elegantes cordones rematados con borlas del mismo color. Todo muy colonial.
Eustaquio.--
Queda inmortalizada en mis recuerdos la desgarbada figura del recluta Eustaquio. No era alto, de anchas espaldas, piernas arqueadas y rostro poco agraciado.
Su mundo se ajustaba a los límites marcados por las tapias de la dehesa en la que trabajaba como pastor de ovejas. Por más que lo intentó, nunca consiguió llevar el mismo paso que los demás sin ser capaz de sincronizar piernas y brazos; nunca logró girar a izquierda o derecha a la vez que el resto de la Sección. Esta falta de cualidades, unidas a su bondad, le hicieron ser el blanco perfecto, el chivo expiatorio de la compañía. Primero unos con sus broncas, luego otros con sus castigos, después envalentonados fueron los propios reclutas quienes cobardemente le hicieron diana de sus pesadas bromas y chascarrillos.
A las tres semanas de llegar a Hatarrambla, sin poder soportar por más tiempo la humillación y burla a la que día a día se veía sometido, el apacible Eustaquio decidió poner fin a su tormento cortándose las venas en los lavabos del campamento, buscando ante tanta crueldad una rápida salida. Aún con vida fue trasladado al Hospital de El Aaiún. Nunca supimos más de él.
Espero que siga disfrutando de su campo andaluz, quizá extremeño o salmantino.
El examen.-
-- ¡¡Atenta la compañía¡¡ los reclutas que nombre a continuación que bajen al comedor; dijo el cabo instructor.
Entre los 45 o 50 citados: el recluta Mateo.
--¿ Que haríamos mal?. Bueno, sea lo que sea, me libro de gimnasia.
El sargento de turno nos informa:
-- Habéis sido seleccionados para presentaros de forma ‘voluntaria’(?) al examen de cabo.
--¿ Para que iba a darle un disgusto diciendo que no me quería presentar?.
--¡Venga el papel¡, dije para mis adentros.
Hasta aquel día, durante mi época de estudiante había hecho unos cuantos exámenes: bachiller, reválidas, PREU y algún que otro curso más. Las notas, que nunca llegaron a matrícula honor, siempre fueron más que aceptables y causa de satisfacción. Sin embargo es de este examen para cabo del que guardo el mejor recuerdo por la alegría que me proporcionó. Resultó ser la mejor calificación de todas las obtenidas en mi etapa estudiantil, ¡SUSPENDÍ!.
Los destinos.--
De regreso al campamento después de jurar bandera, se procedió a la adjudicación de destinos.
--Fulano: 3ª Compañía. Smara
--Zutano: 1ª Compañía. Aaiún
--Mengano: 4ª Villa Cisneros
Y así pasamos de: ‘mozos a quintos’, de ‘quintos a reclutas’ y de ‘reclutas a Agentes de la Autoridad’. Ninguno de los recién juramentados tendría ya que preguntar:¿ y que leches es la POLICÍA TERRITORIAL DEL SÁHARA ?
Esa misma tarde, después de tres meses de averno y lucha interna, salí de Hatarrambla con sensación de bienestar, eufórico y optimista. Había logrado mantener mi cerebro civil, bajo su gorra militar.
(*) ( diez años después) Ley Orgánica 13/1985, de 9 de diciembre (modificada L. 3/2002 )
<<< a los que hicieron la mili siendo: fontaneros, albañiles, mecánicos, pintores , carpinteros, electricistas, etc,etc,etc...>>>
ARTÍCULO 103
El superior que, abusando de sus facultades de mando o de su posición en el servicio, irrogare un perjuicio grave al inferior, le obligare a prestaciones ajenas al interés del servicio o le impidiere arbitrariamente el ejercicio de algún derecho será castigado con la pena de tres meses y un día a cuatro años de prisión.
<<< al recluta que cogió un trozo de pan, y a tantos otros >>>
ARTÍCULO 104
El superior que maltratare de obra a un inferior será castigado con la pena de tres meses y un día a cinco años. Si causare a la persona objeto del maltrato lesiones graves, se impondrá la pena de cinco a quince años de prisión. Si le causare la muerte, se impondrá la pena de quince a veinticinco años.
<<< a quienes se sintieron así.>>>
ARTÍCULO 106
El superior que tratare a un inferior de manera degradante o inhumana será castigado con la pena de tres meses y un día a cinco años de prisión.
Aquellas técnicas, superadas en las actuales Fuerzas Armadas, fueron sustituidas por otras más favorecedoras para la tropa. No obstante, las nuevas normas orientadoras del comportamiento que deben guardar los mandos con sus subordinados, pueden conducir fácilmente al extremo opuesto.
¿ Quién no ha vivido esta escena, o muy similar, ocurrida en el año 1997 ?.
Por razones de espacio resumo:
<<< "Resultan ser hechos probados, (...) cuando el (rango del militar) Don.... se encontraba en el campo de (ubicación del campo), al mando de la Linea de Tiro de las prácticas con cetme con los reclutas (...), y una vez finalizada una serie de cinco disparos, al disponerse los reclutas a extraer el cargador de sus respectivas armas, se dirigió al soldado ( C.B.P.), de forma rápida y enérgica diciéndole: ""no gires el cetme"", a la vez que le propinaba un golpe con el puño en la parte trasera del casco, colocándose frente a él arrebatándole el cetme con una mano a la vez que con la otra le daba un empujón retrocediendo el citado Soldado un paso como consecuencia del mismo, (...) Igualmente se declara probado que el Soldado corregido se movió con el cetme, que había una línea de tiro de 18 soldados...
SEGUNDO.-(...) El Tribunal Militar (...) dictó el siguiente Fallo:
"Que debemos condenar y condenamos al procesado (grado del militar) Don... , como autor responsable de un delito en grado de consumación de Abuso de Autoridad, previsto y penado en el art. 104, inciso 1º del Código Penal Militar, (...) a la pena de (...) MESES Y UN DIA DE PRISION, y las accesorias legales de (...)
[los paréntesis subrayado y negrita , son míos]
<<Sé flexible como un junco, no tieso como un ciprés. (Talmud) >>
Mateo Urrieles Dobra ( De la Territorial)
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