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El Cuartel.---
Quienes tuvimos la suerte de ser destinados a la capital, llegábamos al Cuartel con las ‘orejas tiesas’ en preaviso de las novatadas que nos esperaban por parte de los veteranos. Aunque nunca fui partidario de ellas, sin otra salida, como todos los novatos aguanté el tirón de aquellas inocentes, ridículas y pesadas bromas, después de todo veníamos de obtener un máster en el arte de asimilar putadas. Nunca las soporté, así que en cuanto pude, una vez abuelo, con la ayuda de algún compañero que pensaban de igual forma intentamos evitar que a nuestros ‘nietos’ se las hicieran, fracasamos rotundamente, la costumbre se hace Ley. Es que..., joder, nos veíamos reflejados en aquellas caras de susto aún marcadas por el sol y viento del campamento. Llegaban recelosos ante lo desconocido, cual inocentes corderos rodeados por manada de lobos hambrientos de diversión.
Una de las primeras indicaciones que nos dieron nada más poner pie en la plaza fue la asignación de camastro, armero y taquilla. Ya en la Compañía (al fondo de la foto que ilustra el texto) pude ver, ¡al fin!, toda una batería de estupendas duchas en las que podríamos quitar el polvo y sudor acumulado durante los tres meses de adiestramiento pues durante el periodo de instrucción nunca pudimos ducharnos como mandan los cánones al tener que pasar obligatoriamente, a la puta carrera, por debajo de un tubo que colgado del techo recorría un pasillo con forma de ‘U’ dejando caer delgadísimos chorros en hilillos de agua salobre; cuando a los siete segundos salías de aquel pasadizo, ya estabas seco e igual de sucio. La alegría que sentí al ver aquella estupenda instalación duró poco. Según me informaron, solamente te podrías duchar un día a la semana y a determinadas horas, siempre y cuando hubiera suficiente agua. Sinceramente, por más memoria que hago, no recuerdo si llegué a utilizarlas ya que mi cuarto de aseo quedó establecido de forma permanente en las piletas de lavar la ropa, donde nunca faltaba el agua.
Un baño turco.--
Desconozco si fue por broma o a modo de favor, pero, lo cierto es que alguien apuntó la existencia en El Aaiún de unos baños turcos frecuentados principalmente por oriundos del lugar aunque estaban abiertos a todo el público que quisiera ir, ya fueran ‘nazarenos’ o ‘musulmanes’.
Tan desaliñados y sucios nos sentíamos, que faltó tiempo para que durante el primer permiso, junto con otros siete ‘magníficos’ compañeros de arena y sudores, armados hasta los dientes con estropajo y jabón ‘chimbo’(se decía que eliminaba mejor la mugre que los jabones perfumados con glicerinas) marcháramos decididos hacia aquel ‘balneario’ semienterrado y lúgubre, oculto en uno de los arrabales de El Aaiún. En cuanto nuestros ojos se habituaron a la oscuridad del sótano, en el que nunca nos adentraríamos de no haber ido en grupo, vimos que los bañistas eran todos nativos que sin pronunciar palabra, nos dijeron de todo; ni un sólo cristiano.
La pieza de aseo estaba distribuidos en tres o cuatro salas no muy grandes: una utilizada a modo de sauna o relax, otra para extraños masajes y una tercera que podría considerarse de ‘limpieza general’. Con la ayuda de unos cubos tomábamos el agua de una pequeña balsa que había interior de aquel antro, previamente calentada con leña por un moreno, presumiblemente esclavo, y, a base de enérgicas friegas, poco a poco conseguimos quitarnos los unos a los otros la pátina de ocre roña acumulada desde nuestra llegada al territorio. Tras el ‘bruñido’, quedamos relucientes como una patena.
El agua que se empleaba, una vez cumplida su purificadora función sobre nuestros cuerpos, era recogida por medio de unos estrechos canales que recorrían todo el piso del habitáculo saliendo directamente hacia la Saguia por una hueco abierto en la pared. Nunca quise saber si tan imprescindible y escaso elemento era vertido directamente a las arenas del desierto o nuevamente ‘reciclado’.
Ni que decir tiene, que nunca regresamos a aquellos baños, ni jamás volvimos a sentirnos tan limpios.
El desierto.—
Algunos meses más tarde, el compañero Sidi Mohamed guía e intérprete en puntuales patrullas, me detalló con su pausada entonación y esa aspirada `H´, que solamente ellos saben pronunciar contradiciendo la regla de su mutismo en nuestro idioma, que la llanura pedregosa se llamaba <hamada>; las agrupaciones de arbustos, único alimento que cabras y camellos encontraban en aquel desierto, <graras>; el camello de silla un <mehari>; el arbolito de copa achatada indicadora del viento dominante, <talha>; que el ancho y seco cauce que vi desde la ventanilla del avión al que todos decían Saguia...<Saguia–el-Hamra> fue un auténtico río, hoy fósil. Entonces reparé en el error cometido al enjuiciar a primera vista aquellas tierras y arrepentido, le di las gracias a esa suerte que cual puta traté, por haberme destinado al Sáhara. Desde entonces, el calor se fue haciendo más soportable, el “Siroco,” aguantable y el frío de la noche, tolerable.
Mi asesor particular en asuntos saharianos nuevamente acertó en su pronóstico al vaticinar: ¡¡Después del campamento vivirás como dios, todo el día por la calle!!. (Y las noches Paco, las noches también por las calles y barrios de El Aaiún).
Siendo la veteranía un medio de promoción y ascenso entre la tropa, naturalmente sin reconocimiento Oficial pero sí por los soldados de a pie, a la vez que esencial en la adquisición de esa experiencia que día a día te va dando conocimiento y habilidad para ‘capear’ órdenes, mandatos y broncas, haciéndote mes a mes un experto en el arte del ‘escaqueo’, lo cierto es que para los Agentes de la Territorial, salvo trabajos burocráticos, el resto de servicios a cumplir tenían lugar siempre fuera del Cuartel, en contacto directo con la población civil y así, poco a poco la vida se fue haciendo sino placentera, al menos aceptable dentro de las lógicas limitaciones.
Siempre había Policías de servicio o de patrulla fuera de los muros del acuartelamiento, --realmente vivimos la mili en las calles del Aaiún-- y lo que resultaba más interesante, libres del férreo marcaje de sargentos y brigadas. El “ búscate la vida” empezó a funcionar con buenos resultados, podíamos ir y venir a nuestro antojo, eso sí, con la coartada preparada ante un imprevisto control por parte del superior de turno.
Aunque no todos los días amanecían para salir de patrulla en plan de excursión campestre, en los días de aparente calma y tranquilidad, alguna que otra se llevó a cabo aprovechando el recorrido de aquella. Así turisteamos por el oasis del Messeied, pozo Farachi, la hermosa <<sebja>> de sal que había en la pista de Hagunía; nos adentrábamos en la <<hamada>> por el sencillo placer de percibir la inmensidad de la llanura y sentados sobre las dunas contemplábamos en vivo y directo, las puestas de sol que hoy solamente podemos ver y disfrutar en las postales. Aquellas patrullas, nos llevaron hasta las minas de fosfato y tuvimos el privilegio de recorrer metro a metro, en pleno
desierto, la cinta transportadora a lo largo de sus 100 kilómetros, desde la explotación en Bucraa, hasta su terminal de carga en Cabeza de Playa.
Fue el único peaje cobrado al ejército a cambio de quince meses de nuestra juventud.
Cada patrulla o servicio a cumplir, estaba integrado por dos, cuatro o seis Agentes, dependiendo de las misiones a desempeñar, frecuentemente pautadas por los movimientos del ejército marroquí, la infiltración de sus agentes en el territorio y por la mayor o menor ‘actividad’ del Frente Polisario. Se controlaban calles, barrios de europeos y nativos, edificios, depósitos de agua así como todas las entradas y salidas por carretera de El Aaiún, resultando esto lo último de imposible cumplimiento, puesto que si no se pueden poner puertas al campo, más difícil resultaba tratar de colocarlas en el desierto. Los puestos de control eran fácilmente burlados por los nativos con sólo adentrarse en él a unos centenares de metros de dichos controles, cosa que hacían frecuentemente en la noche con las luces de sus Land-Rover apagadas. (no disponíamos ni de unos sencillos prismático, no digamos visores nocturnos). La falta de material adecuado era manifiesta.
Al principio de estos párrafos, había indicado la importancia del ‘santo y seña’, (...por la cuenta que nos traía le rezábamos todas las noches. Siempre lo llevábamos en la memoria, no podíamos olvidarnos de él..)
Tan seria preocupación tenía su razón de ser. Durante los servicios nocturnos, necesariamente teníamos que pasar muy cerca de los cuarteles del Aaiún, en los que lógicamente habían establecido su propio sistema de vigilancia; desde el interior en garitas y troneras, en el exterior, mediante soldados de refuerzo apostados en obscuros rincones.
Será a raíz de los atentados perpetrados contra el Cuartel y puesto de la Policía, (22 de enero de 1975) cuando la vigilancia de las instalaciones militares comenzó a hacerse de forma férrea y severa, pues los acontecimientos que empezaba a desencadenarse contra la presencia española en el Sáhara comenzaron a resultar seriamente peligrosos. Aquellas dos granadas lanzadas contra los Agentes que en formación pasaban retreta, dejando heridos a 29 Agentes 9 de ellos graves, de haber explosionado donde sus autores pretendían, es decir, en el centro de la formación, hoy con toda seguridad estaría recordando a más de 10 camaradas muertos por la metralla, alguno por su propio nombre y apellidos al formar parte de mi Unidad.
Así las cosas, ante la voz de:
--¡¡ ALTO, QUIEN VA !!,
--¡¡ SANTO Y SEÑA !! la respuesta no podía ni debía hacerse esperar, bajo pena de poner nervioso al centinela y entonces atenerse a las consecuencias: ¡SANTIAGO-SALAMANCA!,¡DE LA TERRITORIAL EN SERVICIO!.
Recuerdo especialmente un puesto de control que de forma permanente la Policía mantenía en Sidi-Buya, justo enfrente del Acuartelamiento del Tercio. Llegar hasta aquél lugar durante el servicio nocturno, frecuentemente a altas horas de la madrugada, ya suponía para nosotros todo un acto de valentía, pues los ‘legías’ debían de haber afinado el gatillo de su Cetme ‘al pelo’ y rara era la noche en la que no ‘cazaban’ un asno, perro o camello, precisamente por no saberse el “santo y seña”.
Los veteranos.---
A falta de cabo, se hacía responsable de la patrulla el Agente más veterano. Él tomaba las decisiones y daba las órdenes, incluso ante situaciones inesperadas que requerían una actuación inmediata. En aquellos tiempos no existía ese artefacto tan imprescindible en la vida actual llamado móvil, ni disponíamos de una simple emisora para comunicarnos con la Base. Reitero: La falta de material adecuado en aquellos años era manifiesta.
En honor de aquellos VETERANOS que nos precedieron y fueron NUESTROS VERDADEROS MAESTROS, he de significar que siempre cumplieron con su deber y cometido como auténticos profesionales. Fueron prudentes a la hora de tomar decisiones, valorando con cautela y precaución los posibles riesgos antes adoptar cualquier tipo de intervención que pudiera comprometer la seguridad sus compañeros, entre estos, algún que otro novato que aún mantenía imborrable las ‘pinturas de guerra’ que la ‘novatada’ había
dejado en su piel. Pero aquello había quedado atrás. Merecidamente, se ganaron el perdón por su ejemplar comportamiento y especial atención, hacia los ‘nuevos’. Nos enseñaron a donde podíamos ir y a donde no deberíamos ir nunca; nos aleccionaron en la forma de patrullar con seguridad por barrios y callejas, a intuir situaciones de peligro, a guardarnos las espaldas los unos a los otros. De ellos tomé buen ejemplo para cuando me llegara el turno.
Mateo Urrieles Dobra (De la Territorial)
sexto
En El Aaiún. De regreso.--
Nadie quería ir destinado a una base del interior ni fuerte perdido, donde decían que el siroco causaba estragos en el pensamiento de quienes permanecían mucho tiempo lejos de la civilización. Por exagerado nunca creí en tal rumor, hasta que pude ver a los compañeros que habían pasado todo un año en pequeños destacamentos situados en zonas de alto riesgo, los amigos con quienes perdí todo contacto desde el mismo día de la jura.
Cuando recalaron en el cuartel de El Aaiún esperando el deseado vuelo que los retornaría a su casa, los encontré mucho más viejos y reflexivos, moderados en el uso de la palabra, pero con ansia por conversar. No querían salir de aquellos muros protectores en los que, mientras revivían sus experiencias, permanecieron enclaustrados durante los cinco días de espera. El motivo de su voluntario encierro lo tenían asumido y claro. Según manifestaron, habían pasado 12 meses en continua alerta, durante los cuales además de soportar la dureza extrema del desierto, tuvieron que realizar innumerables salidas de sus puestos en persecución y control de pequeños grupos de soldados marroquíes que de forma provocadora, a modo de espoleta, se infiltraban en el territorio buscando intencionadamente un enfrentamiento armado entre los dos ejércitos.
Debido a su proximidad con las fronteras tras las cuales las partidas del Frente Polisario buscaban refugio después de sus ‘escaramuzas’, se vieron obligados a realizar incontables descubiertas con el fin de asegurar sus posiciones evitando así el hostigamiento a que estaban sometidos. Habiendo resultado ilesos en todo aquello, no fuera a ocurrir que a última hora, durante un simple paseo por la capital, sufrieran algún accidente que retrasara su vuelta al hogar.
Ellos no eran conscientes, pero muchos de los que fueron destinados a aquellas franjas calientes del Norte, volvían del interior ‘asirocaos’, dicho sea sin ánimo de ofensa y con el debido respeto que se merecen.
Sin necesidad de preguntas, con extraña urgencia, me explicaron detalladamente los sucesos en los que habían participado; no guardaron ningún tipo de reserva ni disimulo para confesar la angustia y recelo que los invadía cada vez que subían a los vehículos para salir de patrulla por las pistas cercanas a los países vecinos. Les tocó vivir tiempos difíciles e infames para la colonia, los más conflictivos, en los que las amenazas de invasión de la hueste marroquí junto con las intervenciones armadas de los ‘polisarios’ fueron casi continuas.
Se explicaron con desahogo y sinceridad, visiblemente preocupados por los camaradas que se quedaron en los destacamentos. Eran conscientes de que en poco más de 24 horas saldrían de allí para no volver a encontrarnos y recordar aquellos acontecimientos que les tocó vivir, ya históricos, en los que habían sido parte importante. Quise ver en sus palabras una válvula de escape, liberadora de la tensión acumulada en tantos meses de vigilia y cautela; también confesaron con valentía, impropia en el hombre ante tal reconocimiento, haberse tragado en silencio, bajo la prudente y silenciosa mirada del inevitable compañero, alguna que otra lágrima causada por las noticias que desde la distancia llegaban hasta el centro de aquella nada, para informar de los últimos acontecimientos familiares o sentimentales. Anheladas noticias que de modo ineludible, como el viento a la lluvia, precedían disimuladas lágrimas: cuando dulces..., cuando amargas.
Interpretación,
Semántica: “ Estudio del significado de los signos lingüísticos y de sus combinaciones, desde un punto de vista sincrónico o diacrónico ”(Diccionario de la RAE de la lengua).
Aquellos encuentros entre Territoriales y soldados marroquíes, en los que ocasionalmente había algún disparo de por medio –no siempre los hubo-, no eran considerados por los Estados con intereses sobre el territorio como un altercado entre ejércitos, pues que dentro del organigrama militar, técnicamente los Agentes de Policía no eran propiamente soldados, aunque militarizados, a todos los efectos estaban dotados de carácter civil. Esta hábil distinción no resulta baladí para una colonia limítrofe con tres países.
Según tengo entendido, la P. Territorial del Sáhara, aunque de origen militar (¿T.N.?) fue desposeída de tal condición para desempeñar funciones de carácter estrictamente civil, evitando con su intervención en determinado tipo de disputas fronterizas, las consecuencias que acarrearia un enfrentamiento entre miliares de distintos ejércitos.
Así, un encuentro entre soldados del reino alauita y agentes , solía ser interpretado como una simple ‘escaramuza’ o ‘altercado’ de menor grado; incluso el Gobierno de la época parecía hacer la ‘vista gorda’ ante tales hechos. El tema tomaba otro rumbo si aquella misma acción ocurría entre soldados marroquíes y soldados españoles, frecuentemente por su ubicación en el territorio, pertenecientes T. Nómadas y Legión,;
entonces el incidente tomaba otro cariz más serio. Aquellas refriegas sin importancia con los agentes, pasaban a palabras mayores y en el segundo caso, el altercado sufría una transformación, así en la prensa y otros medios de comunicación se conceptuaban los hechos como: ‘enfrentamiento armado’, ‘agresión’ o ‘acción
bélica entre patrullas’
A los SOLDADOS y AGENTES que vivieron todo aquello, esta forma de ver las cosas les traía sin cuidado, poco o nada les importaba la distinción semántica; para ellos, un tiro era un tiro, viniera de donde viniera y disparase quien disparase.
Realidad o Ficción.—
Resultaba difícil admitir como cierto todo cuanto me describían, a lo más la mitad, por
parecerme sus relatos de dudosa credibilidad y un tanto fabulados. Al igual que Santo Tomás, hasta que no ví, no creí.
En cuanto tuve ocasión de meter mis dedos entre los huecos que los impactos que las balas dejaron sobre la carrocería del Land-Rover, que había llegado al Cuartel procedente de aquellas zonas del Norte en las que mis camaradas habían permanecido, ininterrumpidamente, durante los 365 días del año y después recoger de su interior algunos casquillos de las disparadas desde uno de los costados del vehículo utilizado como defensa, pues todos los impactos estaban en el lateral opuesto, lo consideré prueba irrefutable; encontré justificadas y sinceras sus narraciones, dándome cuenta, que con sus relatos no trataban de hacerse los héroes ni pretendían ser parte en una nueva versión de “Beau Geste”. Fue suficiente con mirar a mi alrededor para ver que no estábamos en un escenario cinematográfico, ni eran ‘extras’ los Agentes que instalados sobre los vehículos del convoy que pertrechado con suministros para abastecer los destacamentos del interior, esperaba en el patio la orden de salida. Eran soldados reales, tan auténticos como sus uniformes, tan reglamentarios como sus emblemas, sus armas, por necesarias, no eran precisamente de ‘atrezzo’. Estaban listos para la marcha hacia un ‘plató’ tan grandioso y admirable, que podría ser envidiado por el mismísimo Edward Lawrence de Arabia.
Cuanto sucedió sobre sus llanuras, sin duda conseguiría argumentar un buen ‘guión’, pero mis compañeros no fueron comparsa en ninguna película, al contrario, fueron indiscutibles protagonistas del final que aquella triste historia ocurrida sobre las dunas de ese desierto que ayer detestamos, por cuanto nos hizo sobrellevar y al que hoy, después de 30 años seguimos añorando por ser parte de nuestra vida. El mismo SAHARA que nos hace sentir humillados, sin pundonor y deshonrados.
Desde los campamentos de Tinduf, miles de nativos nos echan en cara las treinta monedas de plata que aquellos políticos ávidos de poder e intereses, recibieron del vecino del Norte como pago de su felonía contra el pueblo saharaui al que dejaron abandonado a su suerte, entre aquellos nativos, leales ‘áskaris’ que un día formaron a nuestro lado en Tropas Nómadas y Policía Territorial.
Si un Gobierno los privó de amparo, los sucesivos, se lavaron las manos.
Mateo Urrieles Dobra ( De la Territorial)
Los de
reemplazo.—
Con el paso de los años fui dando lectura a cuantos libros y artículos llegaron a mis manos, preferentemente relacionados con el conflicto del Sahara en el periodo descolonizador; su lectura, me ha permitido tomar conciencia de haber gozado en exclusiva de un privilegio: escuchar, entre pitillo y pitillo, esos mismo sucesos puestos directamente en boca de sus verdaderos protagonistas; acontecimientos de los que ya tuve noticia en el propio cráter de aquél volcán sahariano. Hechos que ahora me presentan y “venden” redactados en hermosos y decorados libros ilustrados con bellas estampas saharianas. Alguno objetivo y fiel con la realidad; otros, escritos desde la distancia que el paso de los años va estableciendo de forma inexorable, en los que más que informar al lector que ha vivido gran parte de todo aquello, contribuyen a sumirlo en un mar de preguntas sin respuesta, situándolo ante un laberinto de dudas sobre la forma en que sucedieron realmente determinados incidentes, pues obvian no solamente su causa, también evitan las concretas circunstancias que intervinieron en la producción del hecho, con lo cual dificultan una sana valoración crítica al lector. De tal forma, alguno de aquellos sucesos, amparado quizá por el secreto oficial o por el exceso de ‘proteccionismo político’ hacia determinado grupo, ha quedado perdido en el limbo de la historia.
Fueron contados los autores que preguntaron al personal militar sin graduación, al peón de la milicia, por su experiencia vivida en época difícil y peligrosa, en la que el acontecer diario llegó a posicionarlos ante una auténtica situación prebélica, donde todos daban por cierto que sucedería lo inevitable: la invasión marroquí seguida de la ineludible batalla. Afortunadamente, sin llegar a un enfrentamiento abierto, todo terminó con una huída disfrazada de retirada estratégica. La traición había sido silenciosamente preparada, cuidadosamente dispuesta, sumisamente servida al rey Hassan II en bandeja de oro mediante los Acuerdos de Madrid, (14-XI-75), acuerdos que fueron el germen de la semilla que sobre aquellas arenas yermas, hizo brotar la vergüenza de un gobierno, el deshonor de una nación y la desgracia de un pueblo.
En esos textos --referido a mano alzada-- en los que el relato queda a medio detallar, he leído entre otros, pasajes como el concerniente al caso del desarme de los soldados nativos. Han tenido que pasar 30 años para que gracias a los nuevos sistemas de comunicación y en particular a la página de nuestro compañero Juan, lograra entrar en contacto con antiguos camaradas de armas con los que coincidí en El Aaiún en aquél nefasto año de la claudicación. Así, a través de ellos logre saber que las armas, más que entregadas con honor, les fueron semiarrebatadas de sus manos de vil manera. Tal suceso nadie me lo supo explicar mejor que mi compañero en la Territorial, J.M., quien, dicho sea, lo pasó francamente mal ante la tensa situación del momento, consecuencia de la lógica indignación de los Agentes nativos, la ignominiosa orden y el bochorno de los Agentes peninsulares que participaron en aquel triste espectáculo.
Llegaron, vieron, cumplieron.---
Curiosamente, por tenerlo asumido, pocos eran los de reemplazo que una vez ‘aclimatados’ al entorno, maldecían haber sido enviados a los confines del desierto y escasos quienes se lamentaron por las penalidades sufridas. Conforme con el adiestramiento recibido en los campamentos, en aquellos momentos de tensa espera, se entregaron con responsabilidad al cumplimiento de las misiones que les habían asignado ya fueran libradas, desde la cocina de un cuartel o en el fuerte más avanzado.
El ‘escaqueo’, la desgana y apatía quedaron arrinconadas en los cuarteles por el ruido de las explosiones, los disparos y las frecuentes revueltas civiles que día a día se iban sucediendo. Los acontecimientos fueron marcando la pauta a seguir en el comportamiento de aquellos jóvenes soldados a quienes su ocupación rutinaria les fue forjando, a la vez que les otorgaba la serenidad y entereza necesaria para afrontar las dificultades y riesgos que aún estaban por llegar. Todos los movimientos de tropa en los que participaron eran parte del quehacer diario de aquellas unidades saharianas en las que sirvieron, por eso, no supieron de ‘maniobras’ ni acciones de guerra fingida.
Nombres como: Amgala, Budher, Tah, o Chebbi, posiciones avanzadas, tiroteadas por ‘unos’ y ‘otros’, quedarán para siempre grabados en su memoria, como quedaron en el recuerdo de nuestros predecesores los nombres de Ifni, Tiulin, Telata... No me aventuro al decir que todos fueron juiciosos, conscientes del compromiso que contraían ante la necesidad de velar el sueño de sus compañeros, vigilar un pozo-depósito de agua, suministrar víveres y pertrechos a los destacamentos de primera línea o custodiar cualquier rincón de aquel desierto.
Enviados al África Occidental, por el subestimado sistema de REEMPLAZO, (vocablo empleado ocasionalmente a modo de justificación, como tapadera de errores ajenos cuando las ‘cosas’ no se hacían bien o salía mal y había que demostrar lo indemostrable), aguantaron y respondieron como auténticos profesionales; así, cuando el natural y lógico temor dejaba ver su huella en circunstancias comprometidas, supieron dominar su angustia y ‘tragárselo’ silenciosamente como el mejor de los militares asalariados.
Leyendo aquellos libros, entre sorpresa e indignación, veo como en alguno de ellos se recurre al dicho: “La tropa acantonada en el desierto del Sáhara, estaba formado por soldados de reemplazo...”, dejando entrever en estos, falta de preparación técnica, interés, adaptación al medio, valentía y otras cualidades de las que sólo parecían gozar los ‘profesionales’; nuestro honor, puesto en duda, solamente fue reconocido cuando la bandera se volvía sudario.
Fuimos tipificados por unos: como simples ‘soldaditos’; por otros: como pipiolos, soldados inexpertos, temblorosos y asustadizos. Sin embargo, durante mi paso por aquellas tierras, (confirmado por las noticias que me facilitaron los compañeros que permanecieron algunos meses más en la zona hasta su entrega a Marruecos y Mauritania y a los que expresamente pregunté), a cuantos de reemplazo tuve y tuvieron ocasión de conocer en aquellos años comprometidos, nunca los vi dar ni un solo paso atrás ante situaciones difíciles, ni temblar, ni llorar. ¿ Miedo ?. ¡¡Claro que pasaron miedo!!, pero lo sufrieron calladamente y, poco a poco, lo fueron rumiando en pequeños bocados.
La interminable espera.---
Al soldado, por razones de estrategia y lógica militar, nunca se le facilita información sobre las futuras operaciones, manteniéndose bajo secreto cualquier movimiento hasta el día “D” y hora “H”. Pero el soldado, aunque sea de reemplazo, no es memo. Lo que no le dicen, lo intuye.
Fue a finales del Ramadán, creo que en Octubre del 74, cuando a todos los Agentes de las 3 Compañías presentes en el Cuartel, nos mandaron formar en el patio en traje de campaña, con el arma y munición reglamentaria. En fila de a uno nos llevaron hasta el arsenal donde nos entregaron una mochila con ‘suministros’. Acudimos todos, desde el cocinero, hasta el ‘turuta’ que no teníamos, (los toques eran con cassette) en total unos 600 Agentes entre nativos y europeos.
Durante cuatro días consecutivos, en los que no pudimos quitarnos las botas, alternativamente nos
turnábamos por Compañías para dormir completamente pertrechados sobre una polvorienta plancha de goma-espuma, en una de las naves del recinto que estaba en obras. Por almohada, empleábamos aquél macuto que cuidadosamente colocábamos debajo de la colchoneta buscando un poco de comodidad. En su interior, cuatro granadas y cuatro cajas de cartuchos, lo que hacían un total de cien balas más las reglamentarias de las ‘trinchas’. La cosa tenía que estar pero que muy seria para armarnos con toda aquella munición. Por las funciones a desempeñar en la Policía Territorial, éramos conscientes que esas granadas no podían haber sido entregadas para utilizarlas contra la población civil y mucho menos los dos bazookas que con sorpresa vi por primera vez después de ocho meses de cuartel en manos de compañeros. Aunque nunca nos dijeron el motivo, la situación nos hacía pensar que estábamos preparados para defender El Aaiún, si era preciso, calle a calle.
¿A quien esperábamos en la capital?, ¿se adelantaría la Marcha Verde?, ¿ se estaría calentando el agua para el té que Hassan pretendía tomar en el Parador de El Aaiún ?.
Nuestros compañeros nativos (también acuartelados) escuchaban atentamente las emisoras marroquíes traduciéndonos lo que decían, aunque no era necesario, bastaba con mirar sus caras llenas de inquietud para comprenderlo todo; Marruecos amenazaba con invadir ¡ya!, así de claro.
A los pocos días, una vez levantado el estado de alerta general,--todo estaba pactado-- llegaron de la Península miles de soldados de refuerzo, carros de combate, artillería pesada, antiaérea, hasta mísiles se dejaron ver. Desde Canarias, los cazas supersónicos daban continuas pasadas sobre todo el territorio. Cuando sobrevolaban a baja altura, el ruido de sus motores aunque ensordecedor, a nosotros nos sonaba a música celestial y era interpretado su mensaje: ¡tranquilos, aquí estamos!. Por fin... respiramos. Hasta entonces, he de reconocer que nos sentíamos abandonados a nuestra suerte. De haberse producido un ataque antes de la llegada de refuerzos, el ejército marroquí habría entrado en el Sáhara, como cuchillo en mantequilla.
Durante aquellas cuatro noches de insomnio y duermevela, cuantos pasamos por tal experiencia, fuimos mentalizándonos para tomar parte en un conflicto bélico. Confiando tranquilizar nuestra conciencia, buscábamos respuesta a nuestras dudas internas sobre cómo responderíamos de llevarse a efecto la invasión; cada cual, a su modo y manera, poco a poco fue asumiendo las posibles consecuencias que acarrearía un enfrentamiento armado; todos llegamos a pensar lo mismo: Si desgraciadamente tiene que ocurrir lo que nadie desea, que sea lo que Dios quiera. No olvidemos, que todo hombre esconde en su interior un cobarde y un héroe.
Y aquellos ‘soldaditos’, merecidamente, se ganaron su profesionalidad desde el mismo momento en el que se plantearon reflexivamente, la posibilidad de que durante una patrulla, un refuerzo o una guardia..., una granada, mina, o simple bala, pudiera poner fin a su existencia. Así y todo, siguieron patrullando, haciendo refuerzos y vigilando tanto bajo el ardiente sol, como en las gélidas noches.
Quienes durante su estancia en el Sáhara nunca se vieron ante la necesidad de pensar en esto, que no lo dude, tuvo “suerte Mulana”.
Las noches, antes fastuosas, se volvieron tenebrosas; las rojizas y bucólicas puestas de sol sobre las dunas, se convirtieron en una rutinaria cuenta atrás de los días que nos faltaban por cumplir. Las cosas habían cambiado de manera radical.
Los de reemplazo, al igual que los profesionales, soportaron las mismas temperaturas; marcharon por los mismos llanos; aguantaron el mismo siroco; patrullaron kilómetros y kilómetros por las mismas pistas; acudieron en auxilio de sus compañeros cuando eran agredidos; persiguieron y sufrieron acoso; manejaron las mismas armas ( artillería, obuses, carros, blindados, ametralladoras, antiaéreos); se arriesgaron ante iguales situaciones y tuvieron las mismas dudas y reservas ante el peligro. [Gato blanco o gato negro, no importa...]
Fueron esos mismos SOLDADOS DE REEMPLAZO, los que tras recoger del suelo a sus compañeros heridos por la metralla de las granadas, con los uniformes aún marcados con la sangre de sus amigos, CUMPLIENDO ÓRDENES, se adentraron por las callejuelas y barrios del Aaiún, --incluso en aquellos en rincones en los que los veteranos nos había recomendado no entrar nunca— sin saber con lo que se podían encontrar en busca de los autores de aquellos atentados que solo Dios sabe lo que pretendían:¿un reconocimiento político mundial de su causa?(los enviados de la ONU estaban al llegar) o simple y llanamente decir al Gobierno Español, que nos fuéramos de allí. Como medida de advertencia, optaron por la vida de un puñado de soldados que sin buscar la violencia, la encontraron servida.
En aquella noche de Enero en la que nadie dormía, todos fueron conscientes de que podría haber ocurrido lo que tantas veces pensaron podría suceder cuando llegara la hora de la verdad, y sin embargo, para pesar de algunos, nadie lloró, ni tembló, ni se escondió. Fue el bautizo de sangre de aquellos ‘pipiolos’ a los que un sorteo destinó al Sáhara. Recibieron órdenes que cumplieron de forma relevante para sorpresa de sus propios
mandos (lo que nunca nos reconocieron de forma explícita , pero lo sabemos). Las ORDENES no podían ser discutidas ni tan siquiera insinuadas sobre su acierto o justicia. Nosotros, teníamos la obligación de cumplirlas y punto en boca, o a cambio, el Consejo de Guerra.
--Después de años, lejanos ya los rumores de batalla, parece ser que la Marcha Verde (6-XI-75) fue una auténtica farsa, eso sí, muy bien orquestada por el Gobierno Marroquí, proyectada en Londres bajo la dirección de EE.UU, perfectamente acompasada por España y la claque formada por Jordania, Túnez, Arabia
Saudí, entre otros.
Lograron engañar a la opinión pública española, a la vez que tramaban una coartada para mostrar ante el resto del mundo y así justificar la desdicha que estaba por llegar para los nativos con la inaplazable y espantadiza entrega. No creo que en toda la historia militar se haya dado nunca una situación similar, en la que invasor e invadido confabulen y muestren abiertamente sus planes de ataque y defensa. ( nunca llegué a saber, si los Oficiales Marroquíes que vi por el Cuartel, eran desertores, prisioneros o invitados). La verdad es que todo estaba preparado para irse; listo el cadalso para el pueblo saharaui--.
Y mientras esto sucedía entre las bambalinas de ese gran teatro que es la política, sobre las 12,00 h. de aquel triste día, ya a finales de 1975, fueron llegando al acuertelamiento de la Territorial, los Land-Rovers repletos de soldados nativos procedentes de los puestos del interior al mando de sus oficiales. Mientras tanto, en silencio, parte de los Agentes peninsulares, (entre ellos mi compañero José M., que fue quien me lo detalló) recibieron orden de apostarse estratégicamente en los balcones y terrazas del cuartel, todos armados con el nuevo modelo de subfusil Z-45 (recién estrenado). Desde su puesto pudo observar como los nativos discutían acaloradamente entre sí a la vez que miraban recelosos y sorprendidos hacia los Agentes que ocupaban las alturas. Al toque para bajar bandera, los soldados presentaron sus armas a la enseña como tantas veces lo habían hecho, pero esta vez sería la última para los saharauis. Acto seguido se les pidió que entregaran sus fusiles y aunque se negaron en un primer momento, terminaron rindiéndolas a los pies de aquellos Oficiales que siempre los habían considerado como ‘hermanos saharauis’, y así, entre sollozos y gritos de rabia, claudicaron, y, acto seguido, causaron baja en el que se decía Glorioso Ejército Español.
El momento vivido dentro de aquellos muros, no estaba exento de tensión y peligro, era un auténtico polvorín ¿ Podéis imaginar a trescientos soldados nativos --indignados y humillados sabiendo lo que les esperaba--, junto a otros tantos peninsulares armados todos hasta los dientes, en un reducido patio ?. Una vez más, Mulana los honró con su suerte, a todos.
Permiso indefinido.---
Cuando me licencié a finales de Abril del 75, me esperaba en Barajas mi amigo de la infancia Sergio. Antes de tomar el avión de regreso a mi tierra natal, decidí quedarme con él un par de días en Madrid para que me pusiera al tanto de los últimos acontecimientos nacionales y sobre todo, por afectarme personalmente, de algunos hechos que habían ocurrido en nuestra ciudad durante mi estancia en el Territorio.
Mientras cenábamos, éste fue nuestro diálogo:
-- Mateo: Durante estos dos días vengo observando tu comportamiento. No te comenté nada para que fueras lo más natural posible y la verdad es que, te veo un poco ‘raro’
- Un poco mas viejo, respondí.
-- Bueno, bastante más de lo que esperaba para el tiempo que estuviste por allí. Pero lo que me llama la atención y preocupa, es tu comportamiento: le tienes pánico a las aglomeraciones; evitas estar entre la gente, sin acercarte a los grupos donde hay más de cuatro personas reunidas y tienes miedo a dar un paseo por en centro de Madrid a las 10 de la noche.
-- Nos conocemos desde los 7 años y esta forma de actuar no es propia de tí.
-- Las pasaste jodidas, ¡a que sí!
Todo lo ocurrido era muy reciente y no deseaba entrar en explicaciones detalladas, así que únicamente pude responder:
- Los compañeros que se quedaron, sin duda, lo van a pasar peor.
Aquel comentario sobre mi conducta recién llegado del Sáhara me hizo reflexionar. No se trataba de la simple y sincera opinión de un viejo amigo , era a la vez, análisis y diagnóstico, pues Sergio disponía de
cualificación para emitirlo. [entonces, Profesor en la Facultad de Psicología, hoy titular de Cátedra].
Después de unos minutos de silencio comprendí, que al igual que mis compañeros, sin saberlo, también regresé
‘asirocao’.
Pocas veces más volví a hablar sobre todo lo expuesto en estos recuerdos, salvo que mi interlocutor haya conocido el desierto del Sáhara como soldado.
Por eso, solamente vosotros, los “SOLDADITOS”, lo sabréis juzgar.
Con todo mi respeto, admiración y reconocimiento , a los de REEMPLAZO.
Mateo Urrieles Dobra ( de la Territorial)
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