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Pinceladas
saharianas |
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El reparto del correo había terminado. Cada cual se retiró a su litera, unos aprisionando en sus manos el tesoro oculto por el sobre, con su nombre estampado bien claro; otros haciendo bromas y riendo, con el corazón encogido por no tener noticias de los que tan lejos estaban. Habría que esperar al siguiente día. Pasados unos minutos uno de los compañeros comenzó a blasfemar. Estaba fuera de sí. Nos aproximamos a él con temor. - ¿Qué pasa, Cheli? - ¡Mis padres!, contestó. - Pero… ¿les ha pasado algo? - ¡Qué se han casado! ¡Serán gilipollas! Nos miramos extrañados y perplejos, sin saber qué hacer o decir. - Después de treinta años viviendo juntos, después de cinco hijos, ahora van y se casan. ¡Hay que ser gilipollas! - Vamos a ver, Cheli, explícate. Y el Cheli nos contó que eran una familia quinqui del barrio de Orcasitas, en Madrid. Que los quinquis se casaban según sus costumbres, no como los payos, ni como los gitanos, y que nunca seguían las normas de bautizo, inscripción en el registro civil, bodas, etc. Y ahora sus padres se habían casado legalmente, por él. - Sí, por mí. Yo tengo una novia paya y por eso estoy en el Sahara. Me bauticé, hice la comunión y me inscribí en el registro , por lo que tuve que hacer la mili. Todo por mi novia, porque quiere casarse por la iglesia. Pero mis padres no tenían porqué cambiar sus costumbres. Lo han hecho por mí, por eso estoy cabreado, ¡joder! Y, saltando de cama en cama, se lió a cabezazos con las taquillas, como era su costumbre, hasta que el dolor físico solapó el dolor mental, la rabia, la distancia. Manuel López Sanz |
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