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Sin
darnos tiempo a reaccionar comenzó a tocar el “Silencio Americano
Floreado”.
Sin
excepción atropelladamente salimos del hangar y nos quedamos
“petrificados”. ¡Todos! Legionarios, civiles, mujeres y niños.
Todos salimos al exterior para ver incrédulos lo que estaba ocurriendo.
Carmelo se había convertido en “estatua”. Solamente sus
dedos movía martilleando las teclas de la trompeta.
Tocaba como los ángeles. ¡Creo que se oía en toda España! Ni siquiera una mosca interrumpía
la balada. Los corazones se encogieron y las lágrimas imparables
rodaron por nuestros curtidos rostros.
Ahora
sí, ahora lo hacía perfecto. ¡Hasta la trompeta suspiraba! El muy
canalla sabía que nos había partido el alma y que aquel “silencio”
sería respetado.
No se movió. En un palmo de terreno cuatro veces giró
repitiendo el toque en sus cuatro giros.
No queríamos que aquello acabase nunca. Explicar lo que sentíamos
es inenarrable. Aún hoy al recordarlo, me mueve el alma.
Nos dejó tan “suaves”, que cuando terminó caminamos sumisos
y en silencio para dormir.
Por
la mañana me enteré, que los Jefes habían perdonado el atrevimiento
de Carmelo al utilizar su trompeta. Todos nos alegramos y le agradecimos
el momento sublime que nos hizo pasar.
La
mañana fue muy ajetreada. En el puerto tuvimos que esperar la subida de
la marea para que el “Conde Venedetto” entrara.
Cuando lo hizo, bajó la enorme puerta que cerraba sus inmensas
bodegas y penetramos en su “vientre” con los vehículos en marcha.
Uno tras otro.
Los marineros muy simpáticos se encargaron de amarrarlos en los
cepos para inmovilizarlos.
Más
tarde nos requisaron el armamento y quedamos rebajados de todos los
servicios.
Con los brazos apoyados en la borda y la vista vuelta atrás.
Centenares de ojos humedecidos por la brisa y la emoción, despedían
para siempre aquel territorio árido...
¡Atrás dejábamos! ¡La
última Colonia!
Salvador
Roncero Marín
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